Mons. Blanchoud celebrará sus bodas de oro episcopales
Santa Fe, 19 Abr. 10 (AICA)
Monseñor Moisés Julio Blanchoud, arzobispo emérito de Salta,
Monseñor Moisés Julio Blanchoud, arzobispo emérito de Salta,
El arzobispo emérito de Salta, monseñor Moisés Julio Blanchoud, celebrará el próximo 24 de abril los cincuenta años de su ordenación episcopal, oportunidad en la que eligió como lema pastoral “Servir incansablemente”.
El prelado dará gracias a Dios por este jubileo el domingo 25 de abril, a las 20, con una misa en la catedral Santa Rosa de Lima, Avellaneda 332, de la arquidiócesis de Santa Fe de la Vera Cruz.
Por este motivo, la curia santafesina, jurisdicción eclesiástica en la que reside actualmente, invita a los fieles, especialmente a los dirigentes de las asociaciones y movimientos arquidiocesanos, y también a los consagrados, a participar de la celebración eucarística.
Monseñor Blanchoud nació en Esperanza, provincia de Santa Fe, el 4 de setiembre de 1923, y fue ordenado sacerdote el 14 de diciembre de 1947.
El 13 de febrero de 1960 Juan XXIII lo designó obispo titular de Belali y auxiliar de Río Cuarto, y recibió la ordenación episcopal el 24 de abril de 1960, en la catedral de Salta. El entonces arzobispo de Santa Fe, monseñor Nicolás Fasolino, luego cardenal, fue el consagrante principal, y los co-consagrantes monseñor Alfonso María Buteler, obispo de Mendoza, y monseñor Manuel Marengo, obispo de Azul.
Posteriormente fue designado obispo diocesano de Río Cuarto el 6 de setiembre de 1962, y promovido a arzobispo de Salta el 7 de enero de 1984, cargo del que tomó posesión el 31 de marzo de 1984.
Juan Pablo II le aceptó el 6 de agosto de 1999 la renuncia que había presentado por haber alcanzado el límite de edad, 75 años.
A pesar de ello, unos años mas tarde fue nombrado administrador apostólico de la arquidiócesis de Santa Fe de la Vera Cruz el 1 de octubre de 2002 hasta el 30 de marzo de 2003.+
Escuela de Ministerios y Diaconado Permanente "Pablo VI" y Diáconos Permanentes de la Diócesis de San Justo, provincia de Buenos Aires, Argentina. Noticias, comentarios, recursos e informaciones varias del quehacer pastoral.
lunes, 19 de abril de 2010
domingo, 18 de abril de 2010
"en cada momento de la vida dependemos completamente de Dios"
En su homilía de la Eucaristía que presidió esta mañana (hora local) desde en la localidad de Floriana en Malta, el Papa Benedicto XVI destacó, ante miles de fieles presentes, que "en cada momento de la vida dependemos completamente de Dios" y solo la confianza en Él y el seguimiento de sus enseñanzas permitirá obtener grandes frutos.
En su sermón ante miles de fieles presentes, el Santo Padre alentó al pueblo de Malta a seguir siendo hospitalarios con quienes los visitan y alertó a recordar que "no todo lo que el mundo de hoy propone es digno de ser asumido por el pueblo maltés. Muchas voces tratan de convencernos de dejar de lado nuestra fe en Dios y su Iglesia, y elegir por nosotros mismos los valores y las creencias con que vivir. Nos dicen que no tenemos necesidad de Dios o de la Iglesia".
"Cuando nos sentimos tentados de darles crédito, hemos de recordar el episodio que nos narra el Evangelio de hoy, cuando los discípulos, todos ellos pescadores expertos, habiendo bregado toda la noche, no consiguieron un solo pez. Después, presentándose en la orilla, Jesús les dijo dónde echar las redes y la pesca fue tan grande que apenas podían sacarla. Abandonados a sí mismos, sus esfuerzos resultaron inútiles; cuando Jesús se puso a su lado, lograron una multitud de peces. Mis queridos hermanos y hermanas, si ponemos nuestra confianza en el Señor y seguimos sus enseñanzas, obtendremos siempre grandes frutos".
Seguidamente explicó que a ejemplo de San Pablo cuando naufragó en Malta, "también nosotros debemos poner nuestra confianza sólo en Dios. Nos sentimos tentados por la idea de que la avanzada tecnología de hoy puede responder a todas nuestras necesidades y nos salva de todos los peligros que nos acechan. Pero no es así. En cada momento de nuestras vidas dependemos completamente de Dios, en quien vivimos, nos movemos y existimos. Sólo Él nos puede proteger del mal, sólo Él puede guiarnos a través de las tormentas de la vida, sólo Él puede llevarnos a un lugar seguro, como lo hizo con Pablo y sus compañeros a la deriva ante las costas de Malta". "Hicieron como Pablo les exhortó y, así, ‘todos llegaron sanos y salvos a tierra’. Más que cualquier bagaje que podamos tener con nosotros –nuestros logros humanos, nuestras posesiones, nuestra tecnología–, lo que nos da la clave de nuestra felicidad y realización humana es nuestra relación con el Señor. Y él nos llama a una relación de amor".
Seguidamente el Papa pidió recordar la "pregunta que hizo por tres veces a Pedro en la orilla del lago: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas?’. Basándose en la respuesta afirmativa de Pedro, Jesús le encomienda una tarea, la tarea de apacentar su rebaño. Aquí vemos el fundamento de todo ministerio pastoral en la Iglesia. Nuestro amor por el Señor es lo que debe dirigir todos los aspectos de nuestra predicación y enseñanza, nuestra celebración de los sacramentos y nuestra preocupación por el Pueblo de Dios. Nuestro amor por el Señor es lo que nos impulsa a amar a quienes Él ama, y a aceptar de buen grado la tarea de comunicar su amor a quienes servimos".
Al hablar luego sobre el pasaje del Evangelio de la pesca milagrosa, el Santo Padre dijo que ésta "pone de manifiesto que los Apóstoles dependían de Dios para el éxito de sus proyectos en la tierra. El diálogo entre Pedro y Jesús subraya la necesidad de la misericordia divina para curar sus heridas espirituales, las heridas del pecado. En cada ámbito de nuestras vidas, necesitamos la ayuda de la gracia de Dios. Con Él, podemos hacer todo; sin Él no podemos hacer nada".
Poniendo luego como ejemplo de esta confianza al primer santo de Malta, P. Dun Ġor Preca, Benedicto XVI se dirigió de manera especial a los sacerdotes poniendo al presbítero como ejemplo: "que os sirva de modelo e inspiración en vuestros esfuerzos por cumplir la misión recibida de apacentar la grey del Señor. Recordad también la pregunta que el Resucitado hizo por tres veces a Pedro: ‘¿Me amas?’ Esta es la pregunta que hace a cada uno de vosotros. ¿Lo amáis? ¿Queréis servirle con la entrega de toda vuestra vida? ¿Deseáis guiar a los otros para que lo conozcan y lo amen? Como Pedro, tened el valor de responder: ‘Sí, Señor, tú sabes que te amo’; y acoged con gratitud la hermosa tarea que él os ha asignado. La misión confiada al sacerdote es verdaderamente un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere entrar en el mundo".
"Al mirar ahora a mi alrededor la gran multitud reunida aquí, en Floriana, para la celebración de la Eucaristía, vuelvo a pensar en la escena descrita en la segunda lectura de hoy, en la cual millares de millares unieron sus voces en un gran canto de alabanza: ‘Al que se sienta en el trono y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos’", continuó el Papa.
Finalmente el Santo Padre animó a seguir "cantando este himno, como alabanza al Señor resucitado y como acción de gracias por sus innumerables dones. Concluyo mi exhortación esta mañana con las palabras de San Pablo, apóstol de Malta: ‘L-imħabba tiegħi tkun magħkom ilkoll fi Kristu Ġesù’ [Os amo a todos en Cristo Jesús]. Ikun imfaħħar Ġesù Kristu! [¡Alabado sea Jesucristo!]"
En su sermón ante miles de fieles presentes, el Santo Padre alentó al pueblo de Malta a seguir siendo hospitalarios con quienes los visitan y alertó a recordar que "no todo lo que el mundo de hoy propone es digno de ser asumido por el pueblo maltés. Muchas voces tratan de convencernos de dejar de lado nuestra fe en Dios y su Iglesia, y elegir por nosotros mismos los valores y las creencias con que vivir. Nos dicen que no tenemos necesidad de Dios o de la Iglesia".
"Cuando nos sentimos tentados de darles crédito, hemos de recordar el episodio que nos narra el Evangelio de hoy, cuando los discípulos, todos ellos pescadores expertos, habiendo bregado toda la noche, no consiguieron un solo pez. Después, presentándose en la orilla, Jesús les dijo dónde echar las redes y la pesca fue tan grande que apenas podían sacarla. Abandonados a sí mismos, sus esfuerzos resultaron inútiles; cuando Jesús se puso a su lado, lograron una multitud de peces. Mis queridos hermanos y hermanas, si ponemos nuestra confianza en el Señor y seguimos sus enseñanzas, obtendremos siempre grandes frutos".
Seguidamente explicó que a ejemplo de San Pablo cuando naufragó en Malta, "también nosotros debemos poner nuestra confianza sólo en Dios. Nos sentimos tentados por la idea de que la avanzada tecnología de hoy puede responder a todas nuestras necesidades y nos salva de todos los peligros que nos acechan. Pero no es así. En cada momento de nuestras vidas dependemos completamente de Dios, en quien vivimos, nos movemos y existimos. Sólo Él nos puede proteger del mal, sólo Él puede guiarnos a través de las tormentas de la vida, sólo Él puede llevarnos a un lugar seguro, como lo hizo con Pablo y sus compañeros a la deriva ante las costas de Malta". "Hicieron como Pablo les exhortó y, así, ‘todos llegaron sanos y salvos a tierra’. Más que cualquier bagaje que podamos tener con nosotros –nuestros logros humanos, nuestras posesiones, nuestra tecnología–, lo que nos da la clave de nuestra felicidad y realización humana es nuestra relación con el Señor. Y él nos llama a una relación de amor".
Seguidamente el Papa pidió recordar la "pregunta que hizo por tres veces a Pedro en la orilla del lago: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas?’. Basándose en la respuesta afirmativa de Pedro, Jesús le encomienda una tarea, la tarea de apacentar su rebaño. Aquí vemos el fundamento de todo ministerio pastoral en la Iglesia. Nuestro amor por el Señor es lo que debe dirigir todos los aspectos de nuestra predicación y enseñanza, nuestra celebración de los sacramentos y nuestra preocupación por el Pueblo de Dios. Nuestro amor por el Señor es lo que nos impulsa a amar a quienes Él ama, y a aceptar de buen grado la tarea de comunicar su amor a quienes servimos".
Al hablar luego sobre el pasaje del Evangelio de la pesca milagrosa, el Santo Padre dijo que ésta "pone de manifiesto que los Apóstoles dependían de Dios para el éxito de sus proyectos en la tierra. El diálogo entre Pedro y Jesús subraya la necesidad de la misericordia divina para curar sus heridas espirituales, las heridas del pecado. En cada ámbito de nuestras vidas, necesitamos la ayuda de la gracia de Dios. Con Él, podemos hacer todo; sin Él no podemos hacer nada".
Poniendo luego como ejemplo de esta confianza al primer santo de Malta, P. Dun Ġor Preca, Benedicto XVI se dirigió de manera especial a los sacerdotes poniendo al presbítero como ejemplo: "que os sirva de modelo e inspiración en vuestros esfuerzos por cumplir la misión recibida de apacentar la grey del Señor. Recordad también la pregunta que el Resucitado hizo por tres veces a Pedro: ‘¿Me amas?’ Esta es la pregunta que hace a cada uno de vosotros. ¿Lo amáis? ¿Queréis servirle con la entrega de toda vuestra vida? ¿Deseáis guiar a los otros para que lo conozcan y lo amen? Como Pedro, tened el valor de responder: ‘Sí, Señor, tú sabes que te amo’; y acoged con gratitud la hermosa tarea que él os ha asignado. La misión confiada al sacerdote es verdaderamente un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere entrar en el mundo".
"Al mirar ahora a mi alrededor la gran multitud reunida aquí, en Floriana, para la celebración de la Eucaristía, vuelvo a pensar en la escena descrita en la segunda lectura de hoy, en la cual millares de millares unieron sus voces en un gran canto de alabanza: ‘Al que se sienta en el trono y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos’", continuó el Papa.
Finalmente el Santo Padre animó a seguir "cantando este himno, como alabanza al Señor resucitado y como acción de gracias por sus innumerables dones. Concluyo mi exhortación esta mañana con las palabras de San Pablo, apóstol de Malta: ‘L-imħabba tiegħi tkun magħkom ilkoll fi Kristu Ġesù’ [Os amo a todos en Cristo Jesús]. Ikun imfaħħar Ġesù Kristu! [¡Alabado sea Jesucristo!]"
Pedofilia ypenitencia (Homilia de nuestro PAPA"
PEDOFILIA y PENITENCIA
De la homilía del Papa
en la capilla paulina del Vaticano
15 de abril del 2010
.
“Debo decir que nosotros, los cristianos, también en los últimos tiempos, hemos esquivado la palabra penitencia, porque se nos antojaba demasiado dura. Ahora, bajo los ataques del mundo que nos hablan de nuestros pecados, comprendemos que el poder hacer penitencia es una gracia, y vemos cuánto sea necesario hacer penitencia, reconocer lo que está equivocado en nuestra vida. Abrirse al perdón, prepararse para el perdón, dejarse transformar. El dolor de la penitencia, o sea, de la purificación y de la transformación; dolor que es gracia, porque es renovación, y es obra de la Misericordia divina”.
Comentario personal
Ante el ensañamiento de las fuerzas adversas contra la Iglesia –en realidad contra los culpables, que son una parte mínima de miembros de la Iglesia-, no debemos impresionarnos demasiado, y menos tirar la toalla.
Primero, porque no son tantos casos como se lanzan al aire bien inflados por los medios de masas que se regodean de hacerlo, porque les renta suculentos ingresos por ventas, como les da ingresos a los abogados que se hacen cargo de las supuestas y sin duda muchas veces inventadas y exageradas causas. Una campaña que renta millones de dólares a sus promotores, que se creen con derecho a tirar, no sólo la primera piedra, sino una nube de piedras, como siempre en casos similares.
Pero no hacen así con los los responsables de los escándalos del hambre, de la corrupción general, de las guerras, del turismo pedofílico a nivel mundial, de la droga, de los millones de abortos diarios (que rentan cantidades astronómicas cada día a sus promotores) de criaturas inocentes que tienen los mismos derechos a vivir que las víctimas abusadas, pero no privadas de la vida.
Ese ensañamiento es una nube de humo para distraer al público de los problemas mucho más graves, además de abultar carteras y cuentas bancarias.
Por otra parte, Jesús dijo bien claro: “Dejen crecer la cizaña sembrada por el enemigo entre el buen trigo, hasta que llegue la hora de la siega”. ¿Por qué rasgar las vestiduras porque aparezca la cizaña? Más bien es necesario y rentable considerar si tal vez no somos también nosotros cizaña, cuyo destino fianal podría ser fatal si no nos convirtiéramos mos haciendo penitencia.
La postura correcta es la indicada por el Papa: oración y penitencia por nosotros, por las víctimas y por los culpables. El airear los pecados ajenos o escandalizarse no lleva a nada, ni disminuye los nuestros. “El que esté sin pecado, procure no caer”. “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”, que se salve. Dios tiene poder de transformar la cizaña en trigo bueno.
.
De esta campaña sufrida, la Iglesia saldrá más purificada, más vigorosa, más valiente, como tantas otras veces, porque su Cabeza, Cristo resucitado, la guía segura a pesar de todos los tropiezos, pecados de sus miembros, y calumnias, que "de todo hay en la viña del Señor".
Y oremos para que gocen de la alegría eterna también todas las víctimas entristecidas por toda clase de abusos, que son millonariamente más numerosas que las abusadas por eclesiásticos católicos, los cuales no tienen escusa alguna.
P. J. "El Padre Jesús Alvarez" es un Sacerdote de la Ordel de los Paulinos.
De la homilía del Papa
en la capilla paulina del Vaticano
15 de abril del 2010
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“Debo decir que nosotros, los cristianos, también en los últimos tiempos, hemos esquivado la palabra penitencia, porque se nos antojaba demasiado dura. Ahora, bajo los ataques del mundo que nos hablan de nuestros pecados, comprendemos que el poder hacer penitencia es una gracia, y vemos cuánto sea necesario hacer penitencia, reconocer lo que está equivocado en nuestra vida. Abrirse al perdón, prepararse para el perdón, dejarse transformar. El dolor de la penitencia, o sea, de la purificación y de la transformación; dolor que es gracia, porque es renovación, y es obra de la Misericordia divina”.
Comentario personal
Ante el ensañamiento de las fuerzas adversas contra la Iglesia –en realidad contra los culpables, que son una parte mínima de miembros de la Iglesia-, no debemos impresionarnos demasiado, y menos tirar la toalla.
Primero, porque no son tantos casos como se lanzan al aire bien inflados por los medios de masas que se regodean de hacerlo, porque les renta suculentos ingresos por ventas, como les da ingresos a los abogados que se hacen cargo de las supuestas y sin duda muchas veces inventadas y exageradas causas. Una campaña que renta millones de dólares a sus promotores, que se creen con derecho a tirar, no sólo la primera piedra, sino una nube de piedras, como siempre en casos similares.
Pero no hacen así con los los responsables de los escándalos del hambre, de la corrupción general, de las guerras, del turismo pedofílico a nivel mundial, de la droga, de los millones de abortos diarios (que rentan cantidades astronómicas cada día a sus promotores) de criaturas inocentes que tienen los mismos derechos a vivir que las víctimas abusadas, pero no privadas de la vida.
Ese ensañamiento es una nube de humo para distraer al público de los problemas mucho más graves, además de abultar carteras y cuentas bancarias.
Por otra parte, Jesús dijo bien claro: “Dejen crecer la cizaña sembrada por el enemigo entre el buen trigo, hasta que llegue la hora de la siega”. ¿Por qué rasgar las vestiduras porque aparezca la cizaña? Más bien es necesario y rentable considerar si tal vez no somos también nosotros cizaña, cuyo destino fianal podría ser fatal si no nos convirtiéramos mos haciendo penitencia.
La postura correcta es la indicada por el Papa: oración y penitencia por nosotros, por las víctimas y por los culpables. El airear los pecados ajenos o escandalizarse no lleva a nada, ni disminuye los nuestros. “El que esté sin pecado, procure no caer”. “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”, que se salve. Dios tiene poder de transformar la cizaña en trigo bueno.
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De esta campaña sufrida, la Iglesia saldrá más purificada, más vigorosa, más valiente, como tantas otras veces, porque su Cabeza, Cristo resucitado, la guía segura a pesar de todos los tropiezos, pecados de sus miembros, y calumnias, que "de todo hay en la viña del Señor".
Y oremos para que gocen de la alegría eterna también todas las víctimas entristecidas por toda clase de abusos, que son millonariamente más numerosas que las abusadas por eclesiásticos católicos, los cuales no tienen escusa alguna.
P. J. "El Padre Jesús Alvarez" es un Sacerdote de la Ordel de los Paulinos.
sábado, 17 de abril de 2010
próximo lunes 19 de abril las celebraciones por el Bicentenario patrio con una misa concelebrada en la catedral metropolitana.
La Conferencia Episcopal Argentina (CEA) iniciará el próximo lunes 19 de abril las celebraciones por el Bicentenario patrio con una misa concelebrada en la catedral metropolitana. La celebración eucarística estará a las 19.30 y será presidida por el arzobispo de Buenos Aires y primado de la Argentina, cardenal Jorge Mario Bergoglio, y concelebrada por un centenar de obispos. El jubileo de la patria continuará con la celebración cívico-religioso del 8 de mayo en la basílica de Nuestra Señora de Luján y en todos los santuarios del país, y culminará con la celebración del Te Deum en cada diócesis, a cargo del obispo local. La Eucaristía abrirá además la 99 Asamblea Plenaria de la CEA, cuyas deliberaciones seguirán hasta el sábado en la casa de ejercicios El Cenáculo – La Montonera, de Pilar. Informes: (011) 4328-0859, correo electrónico oficinaprensacea@gmail.com o en la página de Internet: www.episcopado.org
Tengamos en cuenta las intenciones del Santo Padre Benedicto XVI para el mes de Abril del año 2010
INTENCIONES DEL SANTO PADRE PARA EL MES DE ABRIL
Intención General: Para que toda tendencia hacia el fundamentalismo y el extremismo sea contrarrestada por el constante respeto, la tolerancia y el diálogo entre todos los creyentes.
Intención Misionera: Para que los cristianos perseguidos por causa del Evangelio, sostenidos por el Espíritu Santo, perseveren en el fiel testimonio del amor de Dios por toda la humanidad.
Intención General: Para que toda tendencia hacia el fundamentalismo y el extremismo sea contrarrestada por el constante respeto, la tolerancia y el diálogo entre todos los creyentes.
Intención Misionera: Para que los cristianos perseguidos por causa del Evangelio, sostenidos por el Espíritu Santo, perseveren en el fiel testimonio del amor de Dios por toda la humanidad.
viernes, 16 de abril de 2010
El diácono ¿signo de Cristo servidor o acólito de lujo?
El diácono ¿signo de Cristo servidor o acólito de lujo?
Lumen Gentium después de mencionar el lugar que ocupa el Episcopado y los presbíteros,esta Constitución dedica un número que, a pesar de su brevedad, fundamenta el diaconado en general y restaura el "permanente" con la repercusión que puede observarse a más de cuarenta años de su promulgación. Allí se dice la "imposición de las manos al diácono no es en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio" (Lumen Gentium, 29).
Las Normas Básicas comentan este párrafo considerando que aquí "se traza la identidad teológica específica del diácono: ...es en la Iglesia un signo sacramental específico de Cristo servidor" (RF 5). Por eso, en su ordenación se piden los "dones del Espíritu para que el ordenando esté en condiciones de imitar a Cristo como diácono" (RF 6). La firme decisión de querer identificarse con el Cristo-Servidor es a mí entender el núcleo de la vocación diaconal, es decir, del llamado de quién es primer protagonista su Espíritu. "Es él quien los llama, quien los acompaña y quien modela sus corazones para que puedan reconocer su gracia y corresponder a ella generosamente" (RF 18).
Porque es cierto que muchas de los servicios de docencia, liturgia y animación en las comunidades que realiza el diácono puede ser encomendado a laicos y laicas convenientemente designados, pero en su ordenación se presencializa una gracia-sacramento que remite a la dimensión del "signo", ya que "es constituido en la Iglesia icono vivo del Cristo servidor ... su santidad consistirá en hacerse servidor generoso y fiel de Dios y de los hombres, especialmente de los más pobres y de los que sufren…" (RF 11).
Estas tareas no tienen más limite que las normas morales, por eso que, a diferencia del presbítero, el diácono permanente puede desempeñar cargos públicos, administrar bienes de sociedades civiles, participar activamente en los partidos políticos y en la dirección de las asociaciones sindicales (ver CIC, cc. 285-288). También en ambientes cargados de tensiones y conflictos, el diácono está llamado a ser imagen viviente de Jesucristo, el Servidor.
Lumen Gentium después de mencionar el lugar que ocupa el Episcopado y los presbíteros,esta Constitución dedica un número que, a pesar de su brevedad, fundamenta el diaconado en general y restaura el "permanente" con la repercusión que puede observarse a más de cuarenta años de su promulgación. Allí se dice la "imposición de las manos al diácono no es en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio" (Lumen Gentium, 29).
Las Normas Básicas comentan este párrafo considerando que aquí "se traza la identidad teológica específica del diácono: ...es en la Iglesia un signo sacramental específico de Cristo servidor" (RF 5). Por eso, en su ordenación se piden los "dones del Espíritu para que el ordenando esté en condiciones de imitar a Cristo como diácono" (RF 6). La firme decisión de querer identificarse con el Cristo-Servidor es a mí entender el núcleo de la vocación diaconal, es decir, del llamado de quién es primer protagonista su Espíritu. "Es él quien los llama, quien los acompaña y quien modela sus corazones para que puedan reconocer su gracia y corresponder a ella generosamente" (RF 18).
Porque es cierto que muchas de los servicios de docencia, liturgia y animación en las comunidades que realiza el diácono puede ser encomendado a laicos y laicas convenientemente designados, pero en su ordenación se presencializa una gracia-sacramento que remite a la dimensión del "signo", ya que "es constituido en la Iglesia icono vivo del Cristo servidor ... su santidad consistirá en hacerse servidor generoso y fiel de Dios y de los hombres, especialmente de los más pobres y de los que sufren…" (RF 11).
Estas tareas no tienen más limite que las normas morales, por eso que, a diferencia del presbítero, el diácono permanente puede desempeñar cargos públicos, administrar bienes de sociedades civiles, participar activamente en los partidos políticos y en la dirección de las asociaciones sindicales (ver CIC, cc. 285-288). También en ambientes cargados de tensiones y conflictos, el diácono está llamado a ser imagen viviente de Jesucristo, el Servidor.
martes, 13 de abril de 2010
Normas relativas al Sagrado Orden Diáconal "Pablo VI"
Normas relativas al sagrado Orden del diaconado
Pablo VI
Para apacentar al pueblo de Dios y para su constante crecimiento, Cristo, nuestro Señor, instituyó en la Iglesia diversos ministerios, ordenados al bien todo su Cuerpo (1).
Entre esos ministerios, ya desde el tiempo de los Apóstoles, sobresale y tiene particular relieve el diaconado, que siempre ha sido tenido en gran honor por la Iglesia. Esto es atestiguado por san Pablo Apóstol, tanto en la carta a los Filipenses, donde dirige palabras de saludo no sólo a los Obispos, sino también a los diáconos (2), como en una carta dirigida a Timoteo, en la cual ilustra las dotes y las virtudes indispensables a los diáconos para que puedan estar a la altura del ministerio que se les ha confiado (3).
Más tarde, los antiguos escritores de la Iglesia, al elogiar la dignidad de diáconos, no dejan de resaltar las dotes espirituales y las virtudes que requieren para ejercer tal ministerio, es decir, fidelidad a Cristo, integridad de costumbres y sumisión al Obispo.
San Ignacio de Antioquía afirma claramente que la función del diácono no es otra cosa que el «ministerio de Jesucristo, el cual estaba junto al Padre antes de los siglos y se manifestó en estos últimos tiempos» (4), y advierte, además, lo siguiente: «Es preciso que los diáconos, como ministros que son de los misterios de Jesucristo, procuren, con todo interés, hacerse gratos a todos, pues no son ministros de los manjares y de las bebidas, sino de la Iglesia de Dios.» (5).
San Policarpo de Esmirna exhorta a los diáconos a ser «sobrios en todo, misericordiosos, celosos, inspirados en su conducta por la verdad del Señor, que se ha hecho siervo de todos» (6). El autor de la obra titulada Didascalia Apostolorum, recordando las palabras de Cristo «el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor» (7), hace a los diáconos esta fraterna exhortación: «Del mismo modo debéis comportaros vosotros los diáconos, de tal manera que, si en el ejercicio de vuestro ministerio fuera necesario dar la vida por un hermano, la deis... ; pues, si el Señor de cielo y tierra se ¬hizo nuestro siervo y sufrió pacientemente toda clase de dolores por nosotros, ¿no deberemos nosotros hacer lo mismo por nuestros hermanos, desde el ¬momento que somos los imitadores de Cristo y hemos recibido su misma misión?» (8).
Los escritores de los primeros siglos de la Iglesia, mientras resaltan la importancia del ministerio de los diáconos, explican también profundamente las múltiples y delicadas funciones a ellos confiadas y señalan abiertamente ¬la gran autoridad obtenida por ellos en las comunidades cristianas y lo mucho que contribuían al apostolado. El diácono es definido como «el oído, la boca, el corazón y el alma del Obispo» (9). El diácono está a disposición del Obispo para servir a todo el pueblo de Dios y cuidar de los enfermos y pobres (10); ¬rectamente, pues, y con razón, es llamado «el amigo de los huérfanos, de ¬las personas piadosas, de las viudas, fervoroso de espíritu, amante del bien» (11). ¬Además, se le encomienda la misión de llevar la sagrada Eucaristía a los enfermos que no pueden salir de casa (12), administrar el bautismo (13) y dedicarse a predicar la palabra de Dios según las expresas directivas del Obispo.
Por estas razones, el diaconado floreció admirablemente en la Iglesia, dando a la vez un magnífico testimonio de amor a Cristo y a los hermanos en el cumplimiento de las obras de caridad, (14) en la celebración de los ritos sagrados (15) y en la práctica de las funciones pastorales (16).
Precisamente ejerciendo la función diaconal, los futuros presbíteros daban una prueba de sí mismos, mostraban el mérito de sus trabajos y adquirían también aquella preparación que les era exigida para llegar a la dignidad sacerdotal y al ministerio pastoral.
Pero, con el pasar del tiempo, se fue cambiando la disciplina relativa a este Orden sagrado. Cada vez se hizo más firme la prohibición de conferir las órdenes per saltum, y paulatinamente disminuyó el número de los que preferían permanecer diáconos durante toda la vida, sin ascender al grado más alto. Así sucedió que casi desapareció el diaconado permanente en la Iglesia latina. Apenas es necesario recordar lo decretado por el Concilio Tridentino, el cual se había propuesto restaurar las Órdenes sagradas según su naturaleza propia, como eran los ministerios primitivos en la Iglesia (17); de hecho, solamente mucho más tarde maduró la idea de restaurar este importante Orden sagrado como un grado verdaderamente permanente.
Del asunto se ocupó también de pasada y fugazmente nuestro predecesor Pío XII, de feliz memoria (18). Finalmente, el Concilio Vaticano II acogió los deseos y ruegos de que, allí donde lo pidiera el bien de las almas, fuera restaurado el diaconado permanente como un Orden intermedio entre los grados superiores de la jerarquía eclesiástica y el restante pueblo de Dios, para que fuera de alguna manera intérprete de las necesidades y de los deseos de las comunidades cristianas, inspirador del servicio, o sea, de la diaconía de la Iglesia ante las comunidades cristianas locales, signo o sacramento del mismo Jesucristo, nuestro Señor, que «no ha venido para que le sirvan, sino para servir» (19).
Por lo cual, durante la tercera sesión del Concilio, en octubre de 1964, los Padres confirmaron el principio de la renovación del diaconado, y en el siguiente mes de noviembre fue promulgada la Constitución dogmática Lumen gentium, donde se describen las líneas fundamentales propias de este estado: «En el grado inferior de la jerarquía están los diáconos que reciben la imposición de manos “no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio” (20). Así, confortados con la gracia sacramental, en comunicación con el Obispo y su presbiterio, sirven al pueblo de Dios en la diaconía de la liturgia, de la palabra y de la caridad» (21).
Respecto a la estabilidad en el grado diaconal, la misma Constitución declara: «Teniendo en cuenta que, según la disciplina actualmente vigente en la Iglesia latina, en muchas regiones no hay quien fácilmente desempeñe estas funciones (de los diáconos) tan necesarias para la vida de la Iglesia, se podrá establecer en adelante el diaconado como grado propio y permanente en la jerarquía.» (22).
Ahora bien, esta restauración del diaconado permanente exigía, por una parte, un examen más profundo de las directrices del Concilio y, por otra, un serio estudio sobre la condición jurídica del diácono, tanto célibe como' casado. A la vez, era necesario que todo lo que atañe al diaconado de aquellos que han de ser sacerdotes fuera adaptado a las exigencias actuales, para que realmente el tiempo del diaconado ofreciese aquella prueba de vida, de madurez y de aptitud para el ministerio sacerdotal que la antigua disciplina pedía a los candidatos al sacerdocio.
Por estas razones, el día 18 de junio de 1967, publicamos en forma de motu proprio, la Carta apostólica Sacrum Diaconalus Ordinem, por la cual se determinaban las oportunas normas canónicas sobre el diaconado permanente. (23) El día 18 de junio del año siguiente, con la Constitución apostólica Pontificalis Romani Recognitio (24) establecimos el nuevo rito para conferir las Sagradas Órdenes del presbiterado y del Episcopado, definiendo a la vez la materia y la forma de la misma ordenación.
Y ahora, mientras con fecha de hoy publicamos la Carta apostólica Ministeria quaedam, para dar un ulterior desarrollo a esta materia, creemos conveniente promulgar normas precisas acerca del diaconado; deseamos igualmente que los candidatos al diaconado conozcan qué ministerios deban ejercer antes de la sagrada ordenación y en qué tiempo y de qué manera deberán ellos mismos asumir las obligaciones del celibato y de la oración litúrgica.
Puesto que la incorporación al estado clerical se difiere hasta el diaconado, no tiene ya lugar el rito de la primera tonsura, por medio del cual, anteriormente, el laico se convertía en clérigo. Sin embargo, se establece un nuevo rito, con el cual el que aspira al diaconado o al presbiterado manifiesta públicamente su voluntad de ofrecerse a Dios y a la Iglesia para ejercer e sagrado Orden; la Iglesia, por su parte, al recibir este ofrecimiento, lo elige y lo llama para que se prepare a recibir el Orden sagrado, y de este modo sea admitido regularmente entre los candidatos al diaconado o al presbiterado.
En concreto, conviene que los ministerios de lector y de acólito sean confiados a aquellos que, como candidatos al Orden del diaconado o del presbiterado, desean consagrarse de manera especial a Dios y a la Iglesia. En efecto, la Iglesia, precisamente, porque nunca «ha dejado de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo» (25),considera muy oportuno que los candidatos a las órdenes sagradas, tanto con el estudio como con el ejercicio gradual del ministerio de la palabra y el altar, conozcan y mediten, a través de un íntimo y constante contacto, este doble aspecto de la función sacerdotal. De esta manera, resplandecerá con mayor eficacia la autenticidad de su ministerio. Así, de hecho, los candidatos se acercarán a las órdenes sagradas plenamente conscientes de su vocación, «manteniéndose ardientes en el espíritu, sirviendo constantemente al Señor..., siendo asiduos en la oración, contribuyendo en las necesidades de los santos» (26).
Por tanto, habiendo ponderado todos los aspectos de la cuestión, después de haber pedido la opinión de los peritos, de haber consultado a las Conferencias Episcopales y teniendo en cuenta sus opiniones, y asimismo después de haber oído el parecer de nuestros venerables hermanos miembros de las Sagradas Congregaciones competentes, en virtud de nuestra Autoridad apostólica establecemos las siguientes normas, derogando, si es necesario y en cuanto lo sea, las prescripciones del Código de Derecho Canónico hasta ahora vigente, y las promulgamos con esta Carta:
I. a) Se establece un rito para ser admitido entre los candidatos al diaconado y al presbiterado. Para que esta admisión sea regular, se requiere la libre petición del aspirante, escrita de propia mano y firmada, así como la aceptación también escrita del competente superior eclesiástico, en virtud de la cual tiene lugar la elección por parte de la Iglesia.
Los profesos de Institutos religiosos clericales, que se preparan al sacerdocio no están obligados a este rito.
b) El superior competente para esta aceptación es el Ordinario (el Obispo y, en los Institutos clericales de perfección, el Superior mayor).
Pueden ser aceptados los que den muestras de verdadera vocación y, estando adornados de buenas costumbres y libres de defectos psíquicos y físicos, deseen dedicar su vida al servicio de la Iglesia para la gloria de Dios y el bien de las almas. Es necesario que los que aspiran al diaconado transitorio hayan cumplido al menos los veinte años de edad y hayan empezado los cursos de los estudios teológicos.
c) En virtud de su aceptación, el candidato ha de prestar especial atención a su vocación y al desarrollo de la misma; y adquiere el derecho a las ayudas espirituales necesarias para poder cultivar la vocación y seguir la voluntad de Dios, sin poner condición alguna.
II. Los candidatos al diaconado, tanto permanente como transitorio, y los candidatos al sacerdocio deben recibir los ministerios de lector y de acólito, si todavía no los han recibido, y ejercerlos durante un tiempo conveniente para mejor prepararse a las futuras funciones de la palabra y del altar.
Queda reservado a la Santa Sede el dispensar a estos candidatos de recibir los ministerios.
III. Los ritos litúrgicos por medio de los cuales se lleva a cabo la admisión entre los candidatos al diaconado y al presbiterado, y con los que se confieren los ministerios arriba indicados, deben ser realizados por el Ordinario del aspirante (por el Obispo y, en los Institutos clericales de perfección, por el Superior mayor).
IV. Deben observarse las intersticios, determinados por la Santa Sede o las Conferencias Episcopales, entre la colación -que se ha de hacer durante los cursos teológicos- de los ministerios del lectorado y del acolitado, así como entre el acolitado y el diaconado.
V. Antes de la ordenación, los candidatos al diaconado deben entregar al Ordinario (al Obispo y, en los Institutos clericales de perfección, al Superior Mayor) una declaración escrita de propia mano y firmada, con la que atestiguan que quieren recibir espontánea y libremente el Orden sagrado.
VI. La consagración propia del celibato, observado por el Reino de los cielos, y su obligatoriedad para los candidatos al sacerdocio y para los candidatos no casados al diaconado están realmente vinculadas al diaconado. El compromiso público de la obligación del sagrado celibato ante Dios y ante la Iglesia debe ser hecho, también por los religiosos, con un rito especial, que deberá preceder a la ordenación diaconal. El celibato, así asumido, constituye impedimento dirimente para contraer matrimonio.
También los diáconos casados, si quedaren viudos, son jurídicamente inhábiles, según la disciplina tradicional de la Iglesia, para contraer un nuevo matrimonio (27).
VII a) Los diáconos llamados al sacerdocio no sean ordenados si no han completado antes los cursos de estudios, como está determinado por las prescripciones de la Santa Sede.
b) Por lo que se refiere al curso de los estudios teológicos, que debe preceder a la ordenación de los diáconos permanentes, toca a las Conferencias ¬Episcopales emanar, en base a las circunstancias del lugar, las normas oportunas y someterlas a la aprobación de la Sagrada Congregación pon la Educación católica.
VIII. De acuerdo con los números 29-30 de la Ordenación general de la Liturgia de las Horas:
a) Los diáconos llamados al presbiterado, en virtud de su misma sagrada ordenación, están obligados a celebrar la Liturgia de las Horas.
b) Es sumamente conveniente que los diáconos permanentes reciten diariamente una parte al menos de la Liturgia de las Horas, según lo que disponga la Conferencia Episcopal.
IX. El ingreso en el estado clerical y la incardinación a una determinada diócesis se realizan en virtud de la misma ordenación diaconal.
X. El rito de la admisión entre los candidatos al diaconado y al presbiterado, ¬así como el de la consagración propia del sagrado celibato, serán publicados próximamente por el Dicasterio competente de la Curia Romana.
Norma transitoria: Los candidatos al sacramento del orden que ya hayan recibido la primera tonsura antes de la promulgación de esta Carta conservan todos los deberes, derechos y privilegios de los clérigos. Aquellos que ya han sido promovidos al Orden del subdiaconado están sujetos a las obligaciones asumidas, tanto por lo que se refiere al celibato como a la Liturgia de las Horas; sin embargo, deben hacer de nuevo la aceptación de la obligación del sagrado celibato ante Dios y ante la Iglesia con un rito especial, que precede a la ordenación diaconal.
Ordenamos que todo lo que ha sido por Nos decretado en esta Carta en forma de Motu proprio, tenga valor estable, no obstante cualquier disposición contraria. Establecemos también que entre en vigor a partir del primero de enero de 1973.
Vaticano, 15 de agosto de 1972
Pablo VI
Para apacentar al pueblo de Dios y para su constante crecimiento, Cristo, nuestro Señor, instituyó en la Iglesia diversos ministerios, ordenados al bien todo su Cuerpo (1).
Entre esos ministerios, ya desde el tiempo de los Apóstoles, sobresale y tiene particular relieve el diaconado, que siempre ha sido tenido en gran honor por la Iglesia. Esto es atestiguado por san Pablo Apóstol, tanto en la carta a los Filipenses, donde dirige palabras de saludo no sólo a los Obispos, sino también a los diáconos (2), como en una carta dirigida a Timoteo, en la cual ilustra las dotes y las virtudes indispensables a los diáconos para que puedan estar a la altura del ministerio que se les ha confiado (3).
Más tarde, los antiguos escritores de la Iglesia, al elogiar la dignidad de diáconos, no dejan de resaltar las dotes espirituales y las virtudes que requieren para ejercer tal ministerio, es decir, fidelidad a Cristo, integridad de costumbres y sumisión al Obispo.
San Ignacio de Antioquía afirma claramente que la función del diácono no es otra cosa que el «ministerio de Jesucristo, el cual estaba junto al Padre antes de los siglos y se manifestó en estos últimos tiempos» (4), y advierte, además, lo siguiente: «Es preciso que los diáconos, como ministros que son de los misterios de Jesucristo, procuren, con todo interés, hacerse gratos a todos, pues no son ministros de los manjares y de las bebidas, sino de la Iglesia de Dios.» (5).
San Policarpo de Esmirna exhorta a los diáconos a ser «sobrios en todo, misericordiosos, celosos, inspirados en su conducta por la verdad del Señor, que se ha hecho siervo de todos» (6). El autor de la obra titulada Didascalia Apostolorum, recordando las palabras de Cristo «el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor» (7), hace a los diáconos esta fraterna exhortación: «Del mismo modo debéis comportaros vosotros los diáconos, de tal manera que, si en el ejercicio de vuestro ministerio fuera necesario dar la vida por un hermano, la deis... ; pues, si el Señor de cielo y tierra se ¬hizo nuestro siervo y sufrió pacientemente toda clase de dolores por nosotros, ¿no deberemos nosotros hacer lo mismo por nuestros hermanos, desde el ¬momento que somos los imitadores de Cristo y hemos recibido su misma misión?» (8).
Los escritores de los primeros siglos de la Iglesia, mientras resaltan la importancia del ministerio de los diáconos, explican también profundamente las múltiples y delicadas funciones a ellos confiadas y señalan abiertamente ¬la gran autoridad obtenida por ellos en las comunidades cristianas y lo mucho que contribuían al apostolado. El diácono es definido como «el oído, la boca, el corazón y el alma del Obispo» (9). El diácono está a disposición del Obispo para servir a todo el pueblo de Dios y cuidar de los enfermos y pobres (10); ¬rectamente, pues, y con razón, es llamado «el amigo de los huérfanos, de ¬las personas piadosas, de las viudas, fervoroso de espíritu, amante del bien» (11). ¬Además, se le encomienda la misión de llevar la sagrada Eucaristía a los enfermos que no pueden salir de casa (12), administrar el bautismo (13) y dedicarse a predicar la palabra de Dios según las expresas directivas del Obispo.
Por estas razones, el diaconado floreció admirablemente en la Iglesia, dando a la vez un magnífico testimonio de amor a Cristo y a los hermanos en el cumplimiento de las obras de caridad, (14) en la celebración de los ritos sagrados (15) y en la práctica de las funciones pastorales (16).
Precisamente ejerciendo la función diaconal, los futuros presbíteros daban una prueba de sí mismos, mostraban el mérito de sus trabajos y adquirían también aquella preparación que les era exigida para llegar a la dignidad sacerdotal y al ministerio pastoral.
Pero, con el pasar del tiempo, se fue cambiando la disciplina relativa a este Orden sagrado. Cada vez se hizo más firme la prohibición de conferir las órdenes per saltum, y paulatinamente disminuyó el número de los que preferían permanecer diáconos durante toda la vida, sin ascender al grado más alto. Así sucedió que casi desapareció el diaconado permanente en la Iglesia latina. Apenas es necesario recordar lo decretado por el Concilio Tridentino, el cual se había propuesto restaurar las Órdenes sagradas según su naturaleza propia, como eran los ministerios primitivos en la Iglesia (17); de hecho, solamente mucho más tarde maduró la idea de restaurar este importante Orden sagrado como un grado verdaderamente permanente.
Del asunto se ocupó también de pasada y fugazmente nuestro predecesor Pío XII, de feliz memoria (18). Finalmente, el Concilio Vaticano II acogió los deseos y ruegos de que, allí donde lo pidiera el bien de las almas, fuera restaurado el diaconado permanente como un Orden intermedio entre los grados superiores de la jerarquía eclesiástica y el restante pueblo de Dios, para que fuera de alguna manera intérprete de las necesidades y de los deseos de las comunidades cristianas, inspirador del servicio, o sea, de la diaconía de la Iglesia ante las comunidades cristianas locales, signo o sacramento del mismo Jesucristo, nuestro Señor, que «no ha venido para que le sirvan, sino para servir» (19).
Por lo cual, durante la tercera sesión del Concilio, en octubre de 1964, los Padres confirmaron el principio de la renovación del diaconado, y en el siguiente mes de noviembre fue promulgada la Constitución dogmática Lumen gentium, donde se describen las líneas fundamentales propias de este estado: «En el grado inferior de la jerarquía están los diáconos que reciben la imposición de manos “no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio” (20). Así, confortados con la gracia sacramental, en comunicación con el Obispo y su presbiterio, sirven al pueblo de Dios en la diaconía de la liturgia, de la palabra y de la caridad» (21).
Respecto a la estabilidad en el grado diaconal, la misma Constitución declara: «Teniendo en cuenta que, según la disciplina actualmente vigente en la Iglesia latina, en muchas regiones no hay quien fácilmente desempeñe estas funciones (de los diáconos) tan necesarias para la vida de la Iglesia, se podrá establecer en adelante el diaconado como grado propio y permanente en la jerarquía.» (22).
Ahora bien, esta restauración del diaconado permanente exigía, por una parte, un examen más profundo de las directrices del Concilio y, por otra, un serio estudio sobre la condición jurídica del diácono, tanto célibe como' casado. A la vez, era necesario que todo lo que atañe al diaconado de aquellos que han de ser sacerdotes fuera adaptado a las exigencias actuales, para que realmente el tiempo del diaconado ofreciese aquella prueba de vida, de madurez y de aptitud para el ministerio sacerdotal que la antigua disciplina pedía a los candidatos al sacerdocio.
Por estas razones, el día 18 de junio de 1967, publicamos en forma de motu proprio, la Carta apostólica Sacrum Diaconalus Ordinem, por la cual se determinaban las oportunas normas canónicas sobre el diaconado permanente. (23) El día 18 de junio del año siguiente, con la Constitución apostólica Pontificalis Romani Recognitio (24) establecimos el nuevo rito para conferir las Sagradas Órdenes del presbiterado y del Episcopado, definiendo a la vez la materia y la forma de la misma ordenación.
Y ahora, mientras con fecha de hoy publicamos la Carta apostólica Ministeria quaedam, para dar un ulterior desarrollo a esta materia, creemos conveniente promulgar normas precisas acerca del diaconado; deseamos igualmente que los candidatos al diaconado conozcan qué ministerios deban ejercer antes de la sagrada ordenación y en qué tiempo y de qué manera deberán ellos mismos asumir las obligaciones del celibato y de la oración litúrgica.
Puesto que la incorporación al estado clerical se difiere hasta el diaconado, no tiene ya lugar el rito de la primera tonsura, por medio del cual, anteriormente, el laico se convertía en clérigo. Sin embargo, se establece un nuevo rito, con el cual el que aspira al diaconado o al presbiterado manifiesta públicamente su voluntad de ofrecerse a Dios y a la Iglesia para ejercer e sagrado Orden; la Iglesia, por su parte, al recibir este ofrecimiento, lo elige y lo llama para que se prepare a recibir el Orden sagrado, y de este modo sea admitido regularmente entre los candidatos al diaconado o al presbiterado.
En concreto, conviene que los ministerios de lector y de acólito sean confiados a aquellos que, como candidatos al Orden del diaconado o del presbiterado, desean consagrarse de manera especial a Dios y a la Iglesia. En efecto, la Iglesia, precisamente, porque nunca «ha dejado de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo» (25),considera muy oportuno que los candidatos a las órdenes sagradas, tanto con el estudio como con el ejercicio gradual del ministerio de la palabra y el altar, conozcan y mediten, a través de un íntimo y constante contacto, este doble aspecto de la función sacerdotal. De esta manera, resplandecerá con mayor eficacia la autenticidad de su ministerio. Así, de hecho, los candidatos se acercarán a las órdenes sagradas plenamente conscientes de su vocación, «manteniéndose ardientes en el espíritu, sirviendo constantemente al Señor..., siendo asiduos en la oración, contribuyendo en las necesidades de los santos» (26).
Por tanto, habiendo ponderado todos los aspectos de la cuestión, después de haber pedido la opinión de los peritos, de haber consultado a las Conferencias Episcopales y teniendo en cuenta sus opiniones, y asimismo después de haber oído el parecer de nuestros venerables hermanos miembros de las Sagradas Congregaciones competentes, en virtud de nuestra Autoridad apostólica establecemos las siguientes normas, derogando, si es necesario y en cuanto lo sea, las prescripciones del Código de Derecho Canónico hasta ahora vigente, y las promulgamos con esta Carta:
I. a) Se establece un rito para ser admitido entre los candidatos al diaconado y al presbiterado. Para que esta admisión sea regular, se requiere la libre petición del aspirante, escrita de propia mano y firmada, así como la aceptación también escrita del competente superior eclesiástico, en virtud de la cual tiene lugar la elección por parte de la Iglesia.
Los profesos de Institutos religiosos clericales, que se preparan al sacerdocio no están obligados a este rito.
b) El superior competente para esta aceptación es el Ordinario (el Obispo y, en los Institutos clericales de perfección, el Superior mayor).
Pueden ser aceptados los que den muestras de verdadera vocación y, estando adornados de buenas costumbres y libres de defectos psíquicos y físicos, deseen dedicar su vida al servicio de la Iglesia para la gloria de Dios y el bien de las almas. Es necesario que los que aspiran al diaconado transitorio hayan cumplido al menos los veinte años de edad y hayan empezado los cursos de los estudios teológicos.
c) En virtud de su aceptación, el candidato ha de prestar especial atención a su vocación y al desarrollo de la misma; y adquiere el derecho a las ayudas espirituales necesarias para poder cultivar la vocación y seguir la voluntad de Dios, sin poner condición alguna.
II. Los candidatos al diaconado, tanto permanente como transitorio, y los candidatos al sacerdocio deben recibir los ministerios de lector y de acólito, si todavía no los han recibido, y ejercerlos durante un tiempo conveniente para mejor prepararse a las futuras funciones de la palabra y del altar.
Queda reservado a la Santa Sede el dispensar a estos candidatos de recibir los ministerios.
III. Los ritos litúrgicos por medio de los cuales se lleva a cabo la admisión entre los candidatos al diaconado y al presbiterado, y con los que se confieren los ministerios arriba indicados, deben ser realizados por el Ordinario del aspirante (por el Obispo y, en los Institutos clericales de perfección, por el Superior mayor).
IV. Deben observarse las intersticios, determinados por la Santa Sede o las Conferencias Episcopales, entre la colación -que se ha de hacer durante los cursos teológicos- de los ministerios del lectorado y del acolitado, así como entre el acolitado y el diaconado.
V. Antes de la ordenación, los candidatos al diaconado deben entregar al Ordinario (al Obispo y, en los Institutos clericales de perfección, al Superior Mayor) una declaración escrita de propia mano y firmada, con la que atestiguan que quieren recibir espontánea y libremente el Orden sagrado.
VI. La consagración propia del celibato, observado por el Reino de los cielos, y su obligatoriedad para los candidatos al sacerdocio y para los candidatos no casados al diaconado están realmente vinculadas al diaconado. El compromiso público de la obligación del sagrado celibato ante Dios y ante la Iglesia debe ser hecho, también por los religiosos, con un rito especial, que deberá preceder a la ordenación diaconal. El celibato, así asumido, constituye impedimento dirimente para contraer matrimonio.
También los diáconos casados, si quedaren viudos, son jurídicamente inhábiles, según la disciplina tradicional de la Iglesia, para contraer un nuevo matrimonio (27).
VII a) Los diáconos llamados al sacerdocio no sean ordenados si no han completado antes los cursos de estudios, como está determinado por las prescripciones de la Santa Sede.
b) Por lo que se refiere al curso de los estudios teológicos, que debe preceder a la ordenación de los diáconos permanentes, toca a las Conferencias ¬Episcopales emanar, en base a las circunstancias del lugar, las normas oportunas y someterlas a la aprobación de la Sagrada Congregación pon la Educación católica.
VIII. De acuerdo con los números 29-30 de la Ordenación general de la Liturgia de las Horas:
a) Los diáconos llamados al presbiterado, en virtud de su misma sagrada ordenación, están obligados a celebrar la Liturgia de las Horas.
b) Es sumamente conveniente que los diáconos permanentes reciten diariamente una parte al menos de la Liturgia de las Horas, según lo que disponga la Conferencia Episcopal.
IX. El ingreso en el estado clerical y la incardinación a una determinada diócesis se realizan en virtud de la misma ordenación diaconal.
X. El rito de la admisión entre los candidatos al diaconado y al presbiterado, ¬así como el de la consagración propia del sagrado celibato, serán publicados próximamente por el Dicasterio competente de la Curia Romana.
Norma transitoria: Los candidatos al sacramento del orden que ya hayan recibido la primera tonsura antes de la promulgación de esta Carta conservan todos los deberes, derechos y privilegios de los clérigos. Aquellos que ya han sido promovidos al Orden del subdiaconado están sujetos a las obligaciones asumidas, tanto por lo que se refiere al celibato como a la Liturgia de las Horas; sin embargo, deben hacer de nuevo la aceptación de la obligación del sagrado celibato ante Dios y ante la Iglesia con un rito especial, que precede a la ordenación diaconal.
Ordenamos que todo lo que ha sido por Nos decretado en esta Carta en forma de Motu proprio, tenga valor estable, no obstante cualquier disposición contraria. Establecemos también que entre en vigor a partir del primero de enero de 1973.
Vaticano, 15 de agosto de 1972
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