domingo, 13 de junio de 2010

Comentario de Nuestro Director con relación al Celibato Sacerdotal

El celibato, técnicamente entendido, es la opción de no contraer matrimonio. Pero más allá de tecnicismos es una riqueza que muchos hombres han abrazado como una convicción personal de entregarse plenamente al servicio de Dios y de la Iglesia. Es una consagración en cuerpo y alma. La Iglesia, para ordenar sacerdotes, elige de entre esos hombres. Por lo cual no debe verse el celibato como un requisito para la ordenación sacerdotal sino como una opción previa de vida cristiana.
Por otra parte, no sería lícito ni verosímil que un presbítero pase a ser Diácono Permanente. En primer lugar porque es Presbítero, en segundo lugar porque la Iglesia permite ordenarse de Diáconos a hombres ya casados (si son célibes deben permanecer así) y en tercer lugar porque no se trata de funcionalidad sino de entrega. El Diaconado no puede usarse como premio consuelo.
P. Juan Morre
diaconos.permanentes@gmail.com

sábado, 12 de junio de 2010

Nota de Armando y Exposición de Benedicto XVI con respecto al Celibato

Hnos. Todos:
En mi personal razonamiento sobre el celibato del Sacerdote, creo no estar muy lejos de lo cierto al ver que: si un hombre se entrega en forma definitiva a un sacramento como el del orden sagrado, como es el caso del presbítero, solo le queda responder seriamente a su propia decisión.
También vemos que el Concilio Vaticano segundo: Reanuda sabiamente el orden Sagrado del Diaconado Permanente por el cuál salvando la diferencia de funciones, todo hombre puede recibir el orden Sagrado siendo casado o “soltero sabiendo que no podrá casarse”.
Por este punto de vista que (es particular) y no de la Iglesia, quiero dejar en vuestros pensamiento la posibilidad de ver que: si el sacerdote quiere tener una esposa e hijos (deseo al que renunció) al momento de Solicitar su ordenación Presbiteral, debería ver la posibilidad siempre que el código de Derecho canónico lo permita: solicitar a su Obispo la reducción el estado Diaconal Permanente, puesto que a esta Orden Sagrada si se le permite tener Esposa e Hijos.
Por otro lado pensemos que si a un Sacerdote se le permite casarse, a un esposo u esposa se les podría ¿desvirtuaría la obligación de ser célibe en su matrimonio……..?
Está claro que en La Biblia no vemos nada redactado que exija el celibato de un sacerdote, pero no es menos cierto que la Sagrada tradición ha logrado junto a los tiempos vividos que: por lo menos en el rito latino no exista la posibilidad de tener casas parroquiales con esposas, hijos y suegras de Sacerdotes.
También tengamos en cuenta que las morbosas informaciones de sacerdotes pedófilos es el 2 por ciento (2%) de las denuncias de pedofilia que se registran el todo el mundo (porcentaje inaceptable de ninguna manera) porcentaje por el cual desaparece la posibilidad de justificar el casamiento de Sacerdotes.
Llegue mis oraciones y respetos a quienes creen que esta forma personal de ver el tema no les permita coincidir con migo.

Espero sus E-mail y comentarios al respecto.
Armando Benítez
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Benedicto XVI destaca la importancia del celibato sacerdotal

Ciudad del Vaticano, 11 Jun. 10 (AICA)
Vigilia por la clausura del Año Sacerdotal

Vigilia por la clausura del Año Sacerdotal
Ante más de 15.000 sacerdotes y un número indeterminado de laicos que abarrotaron la Plaza de San Pedro para la vigilia por la clausura del Año Sacerdotal, el papa Benedicto XVI resaltó la importancia del celibato en la vida de todos y cada uno de los presbíteros, no como algo accesorio, sino como algo esencial a la vida del sacerdote.

Respondiendo, sin leer texto alguno, a una pregunta sobre este tema, el Santo Padre explicó que el celibato no solamente fortalece la vocación del sacerdote, sino que también "confirma el sí definitivo del matrimonio, que es la forma natural de ser hombre y mujer que Dios ha querido en el mundo".

El Papa dijo luego -según consigna la agencia ACI- que para el mundo además de los "pequeños escándalos" suscitados en los últimos tiempos en la Iglesia, aparece un escándalo todavía más grande: "el escándalo de quien pone su fe en Dios".

El celibato, dijo Benedicto XVI "es un gran signo de la presencia de Dios en el mundo. Debemos orar a Dios para que nos libre de los pequeños escándalos y haga presente el escándalo de nuestra fe en Dios".

Al responder luego una pregunta sobre el verdadero culto debido a la Eucaristía, realizada por un sacerdote de Japón, el Santo Padre recordó que para entender esto y para no caer en la tentación del clericalismo, es necesario ver que en este sacramento "se realiza un gran drama. Dios deja su gloria y sale y baja hasta convertirse en uno de nosotros, baja hasta la Cruz. La aventura del amor de Dios está en su humildad que se dona a nosotros. En este sentido la Eucaristía se debe considerar como la forma de entrar en ese camino de Dios".

"San Agustín en la Ciudad de Dios decía que el sacrificio de los cristianos es estar unidos en ese salir de nosotros, en el dejarse atraer por el único pan y cuerpo de la Eucaristía para así celebrar el amor de Dios", continuó.

Tras resaltar la necesidad de celebrar la Eucaristía en la unidad que Dios da, el Papa destacó que este santo sacramento es "el inicio de la realidad del amor de Dios que nos obliga al amor por los otros".

"De este modo –prosiguió– debemos aprender que la Eucaristía es lo contrario a cerrarse en sí mismos. Pensemos en la Madre Teresa: es un ejemplo de amor que se olvida de sí mismo y que va hacia los marginados, a los demás, se da totalmente a los pobres y marginados. Debemos seguir sus huellas".

La primera condición que ponía la Beata de Calcuta para comenzar una fundación era la presencia del tabernáculo, de Cristo sacramentado. "Sólo en el abandono de sí se puede dar fruto. Sólo así se puede vivir la apertura a todos. Vivir la Eucaristía en su sentido originario –concluyó Benedicto XVI– es la segura protección contra cualquier tentación de clericalismo".+

viernes, 11 de junio de 2010

Homilia proximo Domingo

Sagrada Escritura

Primera: Sa 12, 7-10.13
Segunda: Ga 2, 16.19-21
Evangelio: Lc 7, 36- 8, 3

«Tu fe te ha salvado. Vete en paz»

Lectura del segundo libro de Samuel 12, 7-10.13

«Entonces Natán dijo a David: «Tú eres ese hombre. Así dice Yahveh Dios de Israel: Yo te he ungido rey de Israel y te he librado de las manos de Saúl. Te he dado la casa de tu señor y he puesto en tu seno las mujeres de tu señor; te he dado la casa de Israel y de Judá; y si es poco, te añadiré todavía otras cosas. ¿Por qué has menospreciado a Yahveh haciendo lo malo a sus ojos, matando a espada a Urías el hitita, tomando a su mujer por mujer tuya y matándole por la espada de los ammonitas? Pues bien, nunca se apartará la espada de tu casa, ya que me has despreciado y has tomado la mujer de Urías el hitita para mujer tuya. David dijo a Natán: «He pecado contra Yahveh.» Respondió Natán a David: «También Yahveh perdona tu pecado; no morirás».

Lectura de la carta de San Pablo a los Gálatas 2, 16.19-21

«Conscientes de que el hombre no se justifica por las obras de la ley sino sólo por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la justificación por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley, pues por las obras de la ley = nadie será justificado. En efecto, yo por la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios: con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí. No tengo por inútil la gracia de Dios, pues si por la ley se obtuviera la justificación, entonces hubiese muerto Cristo en vano»

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 7, 36- 8, 3

«Un fariseo le rogó que comiera con él, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa. Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume. Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí: «Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora.» Jesús le respondió: «Simón, tengo algo que decirte.» El dijo: «Di, maestro.» Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?» Respondió Simón: «Supongo que aquel a quien perdonó más.» El le dijo: «Has juzgado bien», y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas, y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra.» Y le dijo a ella: «Tus pecados quedan perdonados.» Los comensales empezaron a decirse para sí: «¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?» Pero él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz.» Y sucedió a continuación que iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de usa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes».

Pautas para la reflexión personal

El nexo entre las lecturas

Concluido el tiempo pascual y pasadas las grandes solemnida­des de Pentecostés, la Santísima Trinidad y el Corpus Christi; reto­mamos el tiempo ordinario y seguimos leyendo el Evange­lio de San Lucas, como corresponde a este ciclo C de lecturas. Las lecturas de este domingo nos hablan acerca de la misericordia y el perdón de Dios. El Evangelio nos propone una escena bellísima de la vida de Jesús ya que pone en evidencia la misericordia de Dios revelada en Cristo. La Primera Lectura termina con la sentencia del profeta Natán a David: «El Señor ha perdonado ya tu pecados, no morirás». Perdón gratuito que solamente puede venir por Jesucristo que muere y resucita para reconciliarnos con el Padre (Segunda Lectura).

Simón, el fariseo

La escena comienza cuando Jesús es invitado a comer a casa de un fariseo llamado Simón y, mientras están a la mesa, se produce una escena que deja a todos los comensa­les realmente impactados y expectantes para ver cómo va a reaccionar Jesús. En realidad, están escandalizados. San Lucas no nos dice con qué intención fue invitado Jesús, pero podemos suponer que Simón no lo invitó para hacerse discípulo suyo, sino para examinar su doctrina y su conducta, es decir, para ver quién era Jesús y verificar si respondía a la fama que tenía. Jesús había enseñado en las sinagogas de Galilea y «todos quedaban asombrados de su doctrina, porque hablaba con autoridad» (Lc 4,31); había expulsado el demonio de un hombre en medio del servicio sinagogal y los presentes «quedaron todos pasmados, y se decían unos a otros: ´¡Qué palabra es ésta! Manda con autori­dad y poder a los espíri­tus inmundos y salen»". El Evangelista observa: «Su fama se extendió por todos los lugares de la región» (Lc 4,36-37). Jesús había hecho numerosas curaciones de enfermos, de manera que de nuevo San Lucas observa como su fama se extendía cada vez más (ver Lc 5,15). Todo esto precede al episodio que nos narra hoy el Evangelio.

Era natural que los fariseos quisieran saber qué había de cierto en todo esto y quién era Jesús. Cuando le fue presentado un paralítico en una camilla y Jesús, ante todo el público, le perdona sus pecados; los escribas y fariseos piensan que está diciendo blasfe­mias [1] (ver Lc 5,20-21). En otra ocasión Jesús entró a comer a casa de Leví, que era un publi­cano, y «los fariseos murmu­raban diciendo a los discípulos de Jesús: ´¿Por qué coméis y bebéis con los publicanos y pecado­res?» (Lc 5,30). Todo esto antecede a la invitación del fariseo Simón. Finalmente arroja mucha luz sobre el relato de hoy el episodio inmedia­tamente anterior. Hablando de Juan el Bautista Jesús dice: «Todo el pueblo que lo escuchó... reconocieron la salva­ción de Dios, haciéndose bautizar con el bautismo de Juan. Pero los fariseos y los legistas, al no aceptar el bautis­mo de él, frustraron el plan de Dios sobre ellos» (Lc 7,29-30). Jesús sabía lo que pensaban sobre él los fari­seos y lo expresa así: «Ha venido Juan el Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decís: ´Demonio tiene´. Ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores» (Lc 7,33-34). Llamar a Jesús «comilón y borra­cho» es excesivo. La maledicencia de la gente puede llegar a ese extremo. No sabemos si Simón compartía este juicio sobre Jesús. En todo caso, lo invita para examinarlo, no por amistad, ni para hacerle un homenaje. Y Jesús acepta la invita­ción; pero ciertamente capta con qué intención fue invitado. San Lucas relata lo que ocurrió en ese momento con extrema delicadeza. Una mujer pecadora públi­ca, al enterarse de la presencia de Jesús, lleva un frasco de alabastro lleno de perfu­me, y poniéndo­se detrás, comienza a llorar, y con sus cabellos seca los pies cansados del Maestro. Además besa sus pies y unge con el perfume. Cualquiera se habría sentido embarazado, más aun si era objeto del examen crítico de los fariseos. Pero Jesús no. Jesús aceptó agra­decido este homena­je y este gesto de amor de la mujer y no hizo ningún movi­miento de repulsión. Ante esta actitud de Jesús, el fariseo vio confirmada su opinión negativa sobre él: ¡No puede ser un profeta! En efecto, Simón razona así: «Si éste fuera un profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocan­do, pues es una pecadora».

Jesús ciertamente había sido invitado por Simón. Pero no se le habían hecho ninguna de los gestos de hospitalidad que se usaban con un invitado al que se deseaba honrar. En esas calles polvo­rientas de Palestina, ofrecer al huésped agua para los pies era un signo valioso de hospi­talidad, pues el agua era un bien escaso y precioso. El beso con que se recibía al invitado era señal de afecto y amistad. Era costum­bre ungir la cabeza con perfume. Ninguno de estos honores y amabilidades se usaron con Jesús. Simón invita a Jesús, pero no goza con su presencia, no cree en él. Jesús no se queja por esta falta de atención y le propone una breve parábola. Un señor tenía dos deudores: uno le debía qui­nientos denarios y el otro cin­cuenta. No teniendo ellos con qué pagarle, los perdonó a los dos. Jesús pregunta a Simón: «¿Quién de ellos lo amará más?». Simón responde cautelosamente algo que es obvio: «Supongo que aquél a quien perdono más». Entonces Jesús aplica la respuesta a la situación concre­ta. Imagi­nemos la expectación de todos. «Volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con sus lágrimas y los ha secado con sus cabe­llos. Tú no me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho. A quien poco se le perdona, poco ama». Jesús maneja la situación de manera ge­nial, con total libertad, con una profundidad insuperable.

La mujer arrepentida

Pensemos ahora en la mujer pecadora. Ella entró en la casa de Simón, sin que nada la detuviera hasta llegar junto a Jesús, exponiéndose a ser expulsada y avergonzada. Amaba a Jesús porque, aunque se reconocía pecadora, sabía que Jesús la habría acogido, la habría apreciado, le habría devuelto su dignidad perdida y la habría amado. Es lo que él hace cuando, después de defenderla de la condenación de los comensales, le dice: «Tus pecados quedan perdona­dos... Tu fe te ha salvado, Vete en paz». Ella salió transformada en otra mujer. Ha nacido de nuevo por la gracia de Dios.

El episodio es un verdadero himno a la misericordia de Dios. Jesús demuestra que Él es mucho más que un profeta. El es el que vino al mundo a salvar el mundo del pecado, tal como fue anunciado por el ángel a San José: «El salvará a su pueblo de sus peca­dos» (Mt 1,21). Él nos revela aquella voluntad salví­fica del Dios verdadero: «No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva» (Ez 33,11). La mujer salió de la presencia de Jesús convertida en otra. Ella puede decir a todos lo que decía San Pablo: «Es cierta y digna de ser aceptada por todos esta afirma­ción: Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores; y el primero de ellos soy yo» (1Tim 1,15). Ojala todos pudiéramos decir lo mismo.

El arrepentimiento de David

«He pecado contra Dios» . Ante esta humilde confesión enmudece todo reproche. «Todos nosotros, dice San Ambrosio, a cada momento estamos cayendo en pecado; y con todo, ninguno aunque plebeyo, se resigna a confesarlo. Por el contrario, aquel rey, poderoso y glorioso, con inmensa amargura de su alma, confesó su pecado al Señor. ¿Qué hombre, por poco rico y noble que sea, se hallará hoy día que lleve en paciencia el menor reproche por un crimen cometido? Pues aquel rey, señor de un gran imperio, al ser reprendido por su delito, no se indignó, no montó en ira, sino que hizo una humilde y dolorosa confesión...y su confesión perpetuará a través de los siglos». La respuesta de Dios es contundente ante cualquier tipo de duda: «¡no morirás!». He aquí retratado en dos palabras el corazón misericordioso de Dios, que Jesús presenta en la parábola del Padre misericordioso (Lc 15,11ss). Apenas David reconoce sinceramente su culpa por el terrible hecho de haber mandado matar a Urías para quedarse con su mujer; Dios se apresura en darle su perdón. Nunca el rey olvidará el perdón obtenido ni el dolor de su corazón por el pecado realizado como vemos en el hermoso Salmo 50.

Una palabra del Santo Padre:

«El eros de Dios para con el hombre, como hemos dicho, es a la vez agapé. No sólo porque se da del todo gratuitamente, sin ningún mérito anterior, sino también porque es amor que perdona. Oseas, de modo particular, nos muestra la dimensión del agapé en el amor de Dios por el hombre, que va mucho más allá de la gratuidad. Israel ha cometido «adulterio», ha roto la Alianza; Dios debería juzgarlo y repudiarlo. Pero precisamente en esto se revela que Dios es Dios y no hombre: «¿Cómo voy a dejarte, Efraím, cómo entregarte, Israel?... Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas. No cederé al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraím; que yo soy Dios y no hombre, santo en medio de ti» (Os 11, 8-9). El amor apasionado de Dios por su pueblo, por el hombre, es a la vez un amor que perdona. Un amor tan grande que pone a Dios contra sí mismo, su amor contra su justicia. El cristiano ve perfilarse ya en esto, veladamente, el misterio de la Cruz: Dios ama tanto al hombre que, haciéndose hombre él mismo, lo acompaña incluso en la muerte y, de este modo, reconcilia la justicia y el amor».

Benedicto XVI. Deus caritas est, 10.

Vivamos nuestro domingo a lo largo de la semana

1. San Pablo en su carta a los Gálatas nos deja todo un programa de vida: « con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí».Toda mi vida cristiana debe de ser un conformarme con Jesucristo. ¿Vivo de mi fe desde esta opción por el Señor Jesús? l

2. ¿Me acerco al sacramento de la reconciliación con una actitud de confianza en el perdón de Dios? ¿Me motiva el amor cuando tomo conciencia de mi pecado?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 430 - 431. 734. 1439,1465, 2843,

miércoles, 9 de junio de 2010

Finalizando el año Sacerdotal

¿Año Sacerdotal? ¿De qué se trata?

Nuestro Papa –Benedicto XVI – ha proclamado un año Sacerdotal desde el 19 de de junio de 2009 –fiesta litúrgica del Sagrado Corazón de Jesús- hasta el 19 de junio de 2010
La ocasión son los 150 años de la muerte de san Juan María Vianney,(1786 -1859), Cura de Ars, un pequeñísimo pueblito de Francia. Este sencillo párroco rural no especialmente docto, no hizo nada “extraordinario”; se dedicó a ser cura “cien por cien”. La Iglesia lo proclamó patrono de los párrocos.
Al dedicarles este año especial el Papa quiere alentar a los sacerdotes a reflexionar sobre el particular don que el Señor les ha regalado: el sacerdocio.
El sacerdote –por el sacramento del Orden Sagrado –es una “nueva criatura”, está configurado con Cristo, Cabeza del Cuerpo Místico, en cuyo nombre actúa; es “otro Cristo”.
Esta realidad sobrenatural reclama en el ordenado un “nuevo estilo de vida”, el que inauguró Jesús e hicieron suyo los Apóstoles. El sacerdote está comprometido de una manera especial a buscar la perfección moral y la santidad.
Así ocurre con la inmensa mayoría de los sacerdotes, en el marco de las limitaciones y fragilidades propias de todo ser humano. Esa mayoría que no son “noticia”: la “noticia” –bien lo sabe el periodismo- no es repetir que la oveja es blanca, sino descubrir que apareció “una oveja negra”…
Sin “idealizar” su figura, los fieles sabemos que la inmensa mayoría de sacerdotes están empeñados en su misión, consumiendo su total existencia en el servicio al pueblo de Dios. Por eso la Iglesia se siente orgullosa de sus sacerdotes esparcidos por el mundo. Y los fieles sensatos no nos dejamos impresionar por la morbosa explotación que los críticos de la Iglesia Católica hacen de los escándalos que, lamentablemente, producen algunos sacerdotes. Más bien, debemos proclamar con firmeza la importancia de su presencia en la Iglesia y en la sociedad.
El Año Sacerdotal quiere alentar al sacerdote a profundizar su identidad y misión, a ser más fiel a su don, a vivirlo con alegría y a perseguir con ahínco la perfección moral y la santidad.
Pero este “hombre de Dios” (1ªTim. 6, 11) no es una “isla”: es sacerdote en y para una comunidad a la que sirve en los más variados aspectos de la evangelización, la liturgia y la caridad.
En consecuencia, el Año Sacerdotal no se circunscribe a los sacerdotes; involucra a todos los fieles y a cada comunidad en particular.
¡Qué fácil es decir que “necesitamos sacerdotes santos”! Los laicos somos tanto más exigentes con nuestros sacerdotes cuanto más condescendientes somos con nuestras propias debilidades. Por eso más que servir de “megáfono” de defectos y miserias ajenas, los fieles debemos preguntarnos que hacemos por aportar “algo” a la solución: ¿Rezamos por nuestros sacerdotes? ¿Les ofrecemos colaboración? ¿Nos interesamos por sus necesidades materiales? ¿Los acompañamos con nuestro interés y comprensión? ¿Tenemos en cuenta el lado “humano” del sacerdote, que también él pudo haber dormido mal esa noche, estar agotado, desalentado?
Como puede verse, además de ser un año de reflexión y recogimiento para los sacerdotes, de búsqueda de su identidad y misión, de vuelta a lo esencial, es también un año sacerdotal para toda la Iglesia, es decir para todos los bautizados. Todos debemos colaborar, de una u otra manera, para impulsar esta institución, querida por el mismo Jesucristo, donde se entrelazan misteriosamente la grandeza divina y la fragilidad humana.
El Año Sacerdotal, entre otras propuestas a nivel diocesano y parroquial, debe ser un año de oración de los sacerdotes, con los sacerdotes y por los sacerdotes

Arnaldo Cifelli
1ª Tes. 5, 21

miércoles, 2 de junio de 2010

Nuestro primer Diàcono

"Cuerpo y Sangre ofrecidos por ustedes
y por muchos".
 

domingo, 30 de mayo de 2010

Homilia para Corpus Christi 6-6-2010

Corpus Christi (6-6-2010)
Tiempo Ordinario
"Dadles vosotros de comer"

Ir a: Introducción - Comentario bíblico - Pautas para la homilía
Introducción

Tras el Ciclo Pascual, la liturgia nos conduce hacia dos solemnidades con solera: la Trinidad y el Corpus. La primera nos hace celebrar el misterio del Dios cristiano, Uno y Trino. La segunda, la que estamos introduciendo, es de tenor Eucarístico: desea que el Pueblo de Dios tome conciencia del significado de la presencia de Jesucristo en la misa. Lejos de las controversias teológicas de un tiempo, origen de la fiesta, y de las proyecciones catequéticas-visuales posteriores frente a interpretaciones unilaterales de esta presencia, el Corpus es una oportunidad para captar todas las dimensiones del estar dinámico y transformador de Jesucristo en la celebración cristina por excelencia. Esta presencia, además, tiene una clara finalidad: la comunión personal y comunitaria de Cristo con los suyos. Para ello, el Señor, por medio del Espíritu, transforma la realidad del pan y del vino. La comunión real y sacramental, así propiciada, alcanza su objetivo último, trasformar a la comunidad que celebra en aquel a quien recibe. De este modo, La Comunidad que celebra, hecha cuerpo de Cristo por el banquete eucarístico, queda edificada y renovada en su ser y lanzada en su misión evangelizadora. Todo un proyecto cristiano.

Ver la presentación animada de las lecturas
Comentario bíblico

Iª Lectura: Génesis (14,18-20): Un culto sencillo y original

I.1. Todos los textos ancestrales de AT tienen algo especial en la tradiciones de Israel, hasta el punto de poder considerar que un texto como el de Melquisedec podría ser una campaña militar, antigua, en la que se ha querido ver que los grandes, en este caso el rey de Salem, también ha querido ponerse a los pies del padre del pueblo, de Abrahán. Con los gestos del pan y el vino que se ofrecen, las cosas más naturales de la tierra, el rey misterioso le otorga a Abrahán un rango sagrado, casi de rey-sacerdote. Será en este sentido cómo la carta a los Hebreos c. 7,1-10 se permitirá hacer una lectura nueva de Jesucristo, de su sacerdocio no-dinástico, absolutamente distinto y original, que no tiene parangón como el sacerdocio ministerial. En el mismo sentido lo había ya intuido el Sal 110,4. Se ha discutido mucho sobre quién es este personaje, incluso tenemos un texto en Qumrán (11Q) que lo ve como un ser celeste.

I.2. El valor, pues, de nuestro texto es que sirve como plataforma teológica para un sentido nuevo y una actualización de la religión inaugurada por la vida de Cristo. El hecho de que en esa ofrenda de Melquisedec no se usen animales, sino las cosas sencillas de la tierra, apunta a una dimensión ecológica y personalista. Jesús, antes de morir, ofrecerá su vida ¡tal como suena! en un poco de pan y en un poco de vino. No hacía falta más que la intención misma de entregarse, de donarse, de “pro-existir” para los demás. Con ello se alza una protesta radical contra un culto de sacrificios de animales que no lleva a ninguna parte. Es la vida de Dios y de los hombres la que tiene que estar en comunión. El ser humano se fascina ante lo divino y deja de ser humano muchas veces, pero la “comunión vital” entre Dios y la humanidad no tiene por qué esclavizarnos a un culto externo y a veces inhumano. Porque lo que es inhumano, es antidivino.

I.3. En realidad es todo el texto de Heb 7 el que puede generar una lectura interesante en una fiesta como hoy. Quizás muchos hubieran preferido otro texto para esta fiesta. Pero debemos reconocer que la intención de la elección litúrgica del mismo se explica porque el gesto de Melquisedec es como un signo anticipado de los gestos del pan y el vino de Jesús en la última cena con sus discípulos. Se ha hablado que la intención del autor de la carta a los Hebreos era mostrar que el sacerdocio de Cristo, a imagen de Melquisedec, logra una verdadera “téléiôsis”, que se puede traducir de muchas formas, como “perfección” o incluso como “transformación”. Preferimos esto último, porque Jesús, con su vida, con sus palabra, con sus gestos, transforma una religión de culto sacrificial de animales, en una verdadera donación de vida, para introducirnos en la vida misma de Dios.


IIª Lectura: Primera Corintios (11,23-26): La tradición del Señor es vida

II.1. El cristianismo primitivo tuvo que hacerse “recibiendo” tradiciones del Señor. Pablo, que no lo conoció personalmente, le da mucha importancia a unas pocas que ha recibido. Y una de esas tradiciones son las palabras y los gestos de la última cena. Porque el apóstol sabía lo que el Vaticano II decía, que “la Iglesia se realiza en la Eucaristía”. Todos debemos reconocer que aquella noche marcaría para siempre a los suyos. Cuando la Iglesia intentaba un camino de identidad distinto del judaísmo, serán esos gestos y esas palabras las que le ofrecerá la oportunidad de cristalizar en el misterio de comunión con su Señor y su Dios. Esta tradición “recibida”, según la mayoría de los especialistas, pertenece a Antioquía (como en Lc 22,19-20), donde los seguidores de Jesús “recibieron” por primera vez el nombre de “cristianos”. Un poco distinta es la de Jerusalén (Mc y Mt).

II.2. Los gestos del Señor Jesús eran los que se hacían en cualquier comida judía; incluso si fue un cena pascual, lo que se hacía en aquella fiesta de recuerdo impresionante. Pero lo importante son las “palabras” y el sentido que Jesús pone en los gestos. Jesús, en la noche “en que iba a ser entregado”, se “entregó” él a los suyos. El término es elocuente. En los relatos de la pasión aparece frecuentemente este “entregar”. No obstante lo verdaderamente interesante es que antes de que lo entregaran a la muerte y le quitaran la vida, él la ofreció, la entregó, la donó a los suyos en el pan y en el vino, de la forma más sencilla y asombrosa que se podía alguien imaginar.

II.3. ¿Por qué se ha proclamar la muerte del Señor hasta su vuelta? ¿Para recordar la ignominia y la violencia de su muerte? ¿Para resaltar la dimensión sacrificial de nuestra redención? ¿Para que no se olvide lo que le ha costado a Jesús la liberación de la humanidad? Muchas cosas, con los matices pertinentes, se deben considerar al respecto. Tienen el valor de la memoria “zikarón” que es un elemento antropológico imprescindible de nuestra propia historia. No hacer memoria, significa no tener historia. Y la Iglesia sabe que “nace” de la muerte de Jesús y de su resurrección. No es simplemente memoria de un muerto o de una muerte ignominiosa, o de un sacrificio terrible. Es “memoria” (zikarón) de vida, de entrega, de amor consumado, de acción profética que se adelanta al juicio y a la condena a muerte de las autoridades; es memoria de su vida entera que entrega en aquella noche con aquellos signos proféticos sin media. Precisamente para que no se busque la vida allí donde solamente hay muerte y condena. Es, por otra parte y sobre todo, memoria de resurrección, porque quien se dona en la Eucaristía de la Iglesia, no es un muerto, ni repite su muerte gestualmente, sino el Resucitado.


Evangelio: Lucas (9, 11-17): La Eucaristía, experiencia del Reino de Dios

III.1. Lucas ha presentado la multiplicación de los panes como una Eucaristía. En este sentido podemos hablar que este gesto milagroso de Jesús ya no se explica, ni se entiende, desde ciertos parámetros de lo mágico o de lo extraordinario. Los cinco verbos del v. 16: “tomar, alzar los ojos, bendecir, partir y dar”, denotan el tipo de lectura que ha ofrecido a su comunidad el redactor del evangelio de Lucas. Quiere decir algo así: no se queden solamente con que Jesús hizo un milagro, algo extraordinario que rompía las leyes de la naturaleza (solamente tenían cinco panes y dos peces y eran cinco mil personas). Por tanto, ya tenemos una primera aproximación. Por otra parte, es muy elocuente cómo se introduce nuestro relato: los acogía, les hablaba del Reino de Dios y los curaba de sus males (v.11). E inmediatamente se desencadena nuestra narración. Por tanto la “eucaristía” debe tener esta dimensión: acogida, experiencia del Reino de Dios y curación de nuestra vida.

III.2. Sabemos que el relato de la multiplicación de los panes tiene variantes muy señaladas en la tradición evangélica: (dos veces en Mateo: 14,13-21;15,32-39); (dos en Marcos: 6,30-44; 8,1-10); (una en Juan, 6,1-13) y nuestro relato. Se ha escogido, sin duda, para la fiesta del Corpus en este ciclo por ese carácter eucarístico que Lucas nos ofrece. Incluso se apunta a que todo ocurre cuando el día declinaba, como en el caso de los discípulos de Emaús (24,29) que terminó con aquella cena prodigiosa en la que Jesús resucitado realiza los gestos de la última Cena y desaparece. Pero apuntemos otras cosas. Jesús exige a los discípulos que “ellos les den de comer”; son palabras para provocar, sin duda, y para enseñar también. El relato, pues, tiene de pedagógico tanto como de maravilloso.

III.3. La Eucaristía: acogida, experiencia del Reino y curación de nuestra vida. Deberíamos centrar la explicación de nuestro texto en ese sumario introductorio (v. 11), que Lucas se ha permitido anteponer a la descripción de la tradición que ha recibido sobre una multiplicación de los panes. Si la Eucaristía de la comunidad cristiana no es un misterio de “acogida”, entonces no haremos lo que hacía Jesús. Muchas personas necesitan la “eucaristía” como misterio de acogida de sus búsquedas, de sus frustraciones, de sus anhelos espirituales. No debe ser, pues, la “eucaristía” la experiencia de una élite de perfectos o de santos. Si fuera así muchas se quedarían fuera para siempre. También debe ser “experiencia del Reino”; el Reino anunciado por Jesús es el Reino del Padre de la misericordia y, por tanto, debe ser experiencia de su Padre y nuestro Padre, de su Dios y nuestro Dios. Y, finalmente, “curación” de nuestra vida, es decir, experiencia de gracia, de encuentro de fraternidad y de armonía. Muchos vienen a la eucaristía buscando su “curación” y la Iglesia debe ofrecérsela, según el mandato mismo de Jesús a los suyos, en el relato: “dadles vosotros de comer”.

III.4. Son posible, desde luego, otras lecturas de nuestro texto de hoy. No olvidemos que en el sustrato del mismo se han visto vínculos con la experiencia del desierto y el maná (Ex 16) o del profeta Eliseo y sus discípulos (2Re 4,42-44). Y además se ha visto como un signo de los tiempos mesiánicos en que Dios ha de dar a su pueblo la saciedad de los dones verdaderos (cf Ex 16,12; Sal 22,27; 78,29; 132, 15; Jr 31,14). De ahí que nos sea permitido no esclavizarse únicamente a un tipo de lectura exclusivamente cultual envejecida. El Oficio de la liturgia del Corpus que, en gran parte, es obra de Sto. Tomás de Aquino, nos ofrece la posibilidad de tener presente estos aspectos y otros más relevantes si cabe. La Eucaristía, sacramento de Cuerpo y la Sangre de Señor, debe ser experiencia donde lo viejo es superado. Por eso, la Iglesia debe renovarse verdaderamente en el misterio de la Eucaristía, donde la primitiva comunidad cristiana encontró fuerzas para ir rompiendo con el judaísmo y encontrar su identidad futura.

Fray Miguel de Burgos NúñezFray Miguel de Burgos Núñez
Lector y Doctor en Teología. Licenciado en Sagrada Escritura

Pautas para la homilía

La frase de Jesús dirigida a sus discípulos en el evangelio de hoy, “dadles vosotros de comer”, además de sobrecoger por la responsabilidad que implica, centra muy bien el tema de la solemnidad del día del Corpus: la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Jesús confía abiertamente a los suyos la tarea de alimentar a la gente, aunque el relato lucano de la multiplicación deja muy claro que el alimento que sacia el hambre de la multitud brota de la acción generosa y sorprendente del Señor. Con todo, al final, el pan multiplicado, tal y como deseaba Jesús, llega a la gente distribuido por medio de los discípulos.

Hambre y pan. Necesidad y satisfacción. Acción de Dios y acción humana. Acción de Cristo y acción de la Iglesia se avanzan como claves para entender el evangelio de la multiplicación y adentrarse en la fiesta del Corpus.

A la luz de la revelación bíblica, sobre todo cuando se considera el acontecimiento de la encarnación, se vislumbra nítidamente que los cristianos no somos ni dualistas, ni demagogos. El ser humano está constituido por una unidad psicosomática en la que, aunque podamos distinguir lo corpóreo y lo espiritual, en modo alguno se han de separar. La acción salvífica que Jesús hizo presente con su palabra y su actuación se refiere siempre a la totalidad de lo que es la persona humana. El Maestro de Nazaret, como sabemos, buscaba sanar al hombre entero, sin reduccionismos de ningún tipo. Según esto, y regresando a nuestro evangelio, no sería correcto hacer de la multiplicación de los panes una lectura espiritualista que presentara el pan como un alimento celeste para el alma desencarnada de la gente; en la misma línea, tampoco haría justicia a la verdad considerar este relato desde una perspectiva meramente social o política. Más bien, lo adecuado sería descubrir y enseñar la armonía de ambas posibilidades, puesto que tan solo el alimento que nutre la integridad de lo que es el ser humano puede salvar y madurar a la persona. Expresado de otra forma, la acción pastoral correcta que se deduce del pasaje de Lucas que comentamos, derivada en lo concreto de la palabra de Jesús “dadles de vosotros de comer” y de la distribución del pan a la gente por parte de los discípulos tras la acción del Señor, es aquella que atienda, simultáneamente, el hambre física y el hambre espiritual de la gente. La corrección fraterna que Pablo dirige a los cristianos de Corinto en torno a su peculiar y sangrante manera de celebrar la Cena del Señor, (corrección que provoca el recuerdo del relato de la institución, que recibiera y transmitiera, 2º lectura) es nítido y muy oportuno: la injusticia en el pan material es incompatible con el sentido de la eucaristía cristiana.

Avanzando en la misma línea, en la medida en que el evangelio de la multiplicación tiene un sentido eucarístico, y que, por eso, es propuesto por la Iglesia para iluminar la celebración del Corpus, es lícito subrayar la idea de que la presencia eucarística de Cristo, real y sacramental, presencia humanizante y salvadora, persigue la comunión vivificadora y salvadora con la integridad de lo que es la persona. Por consiguiente, el pan y el vino eucarísticos, convertidos en Jesucristo, tal y como el Corpus pone de relieve, son un alimento que nutre y sacia la totalidad de lo que somos los humanos. En suma, sólo Jesucristo, hombre y Dios, pan de vida, puede colmar satisfactoriamente las hambres y las necesidades de las personas.

Lo que enseña la teología eucarística a este respecto nos puede resultar de ayuda. La presencia de Cristo en la eucaristía es una presencia real y total de Cristo, pero siempre en el sacramento, en los signos. En esta presencia, la realidad transformada de las especies del banquete no destruye para nada el aspecto de alimento físico y humano del pan y el vino, al contrario, la permanencia de la materialidad de los elementos, más bien, propicia y expresa la nueva dimensión del alimento del que Jesucristo se apropia. En este alimento, lo material y mundano, lo humano, lo espiritual y trascendente se reconcilian misteriosamente. La totalidad de Jesucristo, pues, acontece en la mediación sacramental, sumándose el sentido de alimento espiritual al físico y antropológico para, a la postre, llegar a ser el verdadero alimento que hace presente, y al mismo tiempo conduce, a la vida eterna.

Además no hemos de olvidar otro dato. La presencia de Cristo en la eucaristía tiene una intención: busca el encuentro, la comunión con la comunidad celebrante y con cada uno de sus integrantes. La finalidad última de la transformación de la realidad de las especies eucarísticas, por parte del Señor, es la de poder entrar en lo más profundo de cada uno de los cristianos reunidos en la fracción del pan; ¿para qué?, para transformarlos en él, para hacerse uno con ellos. Dicho de otra manera, la conversión más importante que Cristo realiza en la eucaristía no es de cosas (pan y vino), sino de personas; o, mejor todavía, de cosas para llegar a convertir en Cristo a los que entran en comunión con él por medio del pan y del vino transformados. En efecto, aunque no siempre sea lo que más destacamos, la eucaristía ofrece la oportunidad de que los participantes, que son Cristo por el bautismo, alimentados de Cristo en la comunión, se conviertan en quien reciben y actúen conforme a quienes son. De este modo, la presencia eucarística remite a la vida cristiana y muestra que la Cena del Señor es una auténtica escuela cristiana.

Después de estas reflexiones se entenderá mejor que Jesús, en el evangelio de hoy, invite a sus discípulos a dar de comer a le gente y a distribuir el pan bendecido. Hay aquí una clara analogía eucarística. Sólo la comunidad que se alimenta de Cristo, pan de vida, puede cumplir el encargo misionero del Maestro y entregar el pan sustancial y verdadero a la gente. Jesús ha dejado a los suyos la eucaristía como legado de su presencia, del mismo modo que les ha confiado una misión. Este misión es la de hacer llegar la salvación a todos sin excepción; y la salvación consiste en que Cristo se “todo en todas las cosas”, la comunión total con Él. La celebración de la eucaristía actualiza esta misión y la empuja.

Si lo que hemos dicho posee algún sentido, el “dadles vosotros de comer” del evangelio, hay que leerlo en sintonía con la tradición que Pablo recibiera y que recuerda a la comunidad de Corinto en la segunda lectura. El Jesús que se nos da como alimento en la Eucaristía, sostiene el ser de la comunidad eclesial (“haced esto en memoria mía”) que, a su vez, transformada en lo que recibe (cuerpo de Cristo) entrega, dándose, lo que ha recibido tanto en la celebración eucarística como en la misión.

“Dadles vosotros de comer”, ¡qué responsabilidad tan misionera nos ha dejado Jesús en la eucaristía!


Fr. Vicente Botella Cubells O.P.Fr. Vicente Botella Cubells O.P.
Casa de San Alberto Magno (Valencia