viernes, 25 de mayo de 2012

El Diácono Permanente, Identidad, Función y Pospectiva - III

Aqui va la tercera entrega del trabajo que estamos publicando, cuya autoria pertenece a S.E.R.Monseñor Roberto O. Gonzalez Nieves, Arzobispo de San Juan de Puerto Rico.
El texto se publica tal como aparece en la pagina de la Congregacion para el Clero el 19-02-2000.


El Ministerio de la liturgia

El diácono manifiesta por excelencia ante la Iglesia su diakonía cuando la recapitula sacramentalmente en la liturgia. Sus acciones y actuaciones en la liturgia son partes integrales a la misma y no meros adornos. En la liturgia cada cristiano tiene el derecho y el deber de prestar su participación de diferente manera...'Cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y solo aquello que le corresponde'" (SC n.28). Recordemos que la Iglesia y liturgia no son realidades separadas; la Iglesia, tanto en su aspecto local como en su aspecto universal, está presente en la liturgia, que es su sacramento. No hay liturgia sin Iglesia y no hay Iglesia sin liturgia. La Iglesia Universal subsiste y se participa en ella a través de la liturgia. Si somos católicos, miembros vivos de la Iglesia Universal, lo somos por cuanto celebramos y entramos en su realidad plena.


Es muy importante que el diácono conozca su oficio en la liturgia; que tenga inteligencia de las rúbricas y flexibilidad para saber adaptarse a distintas circunstancias, tales como las diferentes interpretaciones de éstas que muchas veces varían de parroquia en parroquia. El diácono es responsable ante la Iglesia, presente en la asamblea de culto, de servir bien, haciendo todo y solo aquello que le corresponde. Allí, en el altar ha de ser portavoz de las plegarias y necesidades de los fieles. Desde allí proclamará al pueblo el Evangelio y se dirigirá al mismo por las moniciones propias de su oficio.

Servir sin presidir: Imitadores de Jesús que "no vino a ser servido, sino a servir" (Mar. 10, 45)

Algunas personas tienen la tendencia de circunscribir la función litúrgica del diácono a los sacramentos del bautismo y del matrimonio y a otras cosas que el diácono "puede" hacer, olvidándose del oficio que define al diaconado, esto es, servir y servir sin presidir, facilitar, y no hacer sombra a los demás ministros. Sirva el diácono a la asamblea y al celebrante y a ministros estando al tanto de todo y de todos, sin que nadie tenga que advertírselo.

El diácono es un "facilitador" tanto dentro como fuera de la liturgia. En las ceremonias "asiste a los sacerdotes y está siempre a su lado; en el altar lo ayuda en lo referente al cáliz y al misal; si no hay algún otro ministro cumple los oficios de los demás, según sea necesario" (OGMR 127). Lo que se dice de la Misa, se dice de todos los ritos de la Iglesia.

Tenga, pues, en cuanta el diácono que, si ha de asistir al celebrante, debe saber bien el "cuándo" y "cómo" y el "por qué" de lo que el celebrante hace o dice en todo momento. Sea el diácono el "brazo derecho del celebrante" con dignidad, humildad y eficiencia. Si no actúa con inteligencia de su oficio se puede decir que estorba, que interrumpe la fluidez de las ceremonias.

Dice la introducción de la edición española de la Ordenación General del Misal Romano España (Andrés Pardo, OSB. Consorcio de Editores, 1978 )que "el verdadero maestro o director de la celebración debe ser un ministro que tenga una función dentro de ella, es decir, debe ser el diácono, quien no debe quedarse en figura decorativa y en mero acompañante del celebrante principal" (Parte Introductoria n.3, Orden General del Misal Romano España).

Cuatro situaciones

Si lo que acabo de citar es correcto, cabe preguntarnos por qué la mayoría de los diáconos hoy tienen una actuación limitada en la liturgia romana. Por eso conviene que ahora consideremos algunas de las causas y circunstancias que han contribuido a tal inercia diaconal. Lo haremos en lo posible, en orden cronológico.





En primer lugar, la idea siempre viva

En primer lugar: aunque el diaconado ejercido en forma permanente cesó casi por completo en la Iglesia de occidente por, más o menos un milenio, la liturgia latina mantuvo vivo el oficio diaconal en todas las ceremonias de la Iglesia . El diaconado, ciertamente, no cesó de existir en la liturgia. Ahora bien, como en la mayoría de las veces, no había diáconos, el oficio diaconal fue desempeñado por presbíteros vestidos de diácono, esto es, en dalmática. Las reformas del Concilio Vaticano II prohibieron a los presbíteros la práctica de vestir los ornamentos propios del orden diaconal, pero mantuvieron que en ausencia del diácono, los presbíteros revestidos de ornamentos propios al presbiterado, puedan ejercer el oficio del diácono, especialmente cuando celebra el obispo.

"Los presbíteros que participen en las celebraciones episcopales, hagan sólo aquello que les corresponde como presbíteros; si no hay diáconos, suplan algunos de los ministerios de éste, pero nunca lleven vestiduras propias del diácono" (Ceremonial de los Obispos, Renovado según los decretos del Sacrosanto Concilio Vat. II y Promulgado por la Autoridad del Papa J. P. II Consejo Episcopal Latinoamericano, 1991. Números 21 y 22).

Pasaron unos diez años entre el cese de la antigua Misa Solemne, con diácono y subdiácono, y la restauración del orden del diaconado. Tal parece que ese hiato fue suficiente para que la comunidad eclesial olvidara la antigua "misa de tres padres" con el ministerio diaconal tan intensivo que conllevaba. De pronto aparecieron los diáconos, pero su función en la liturgia ya era desconocida por muchos o se veía grandemente disminuida o reducida por otros. Lo que no ocurrió en un milenio, ocurrió en diez años. Ciertamente, las rúbricas de los ritos renovados fueron muy parcas. Solamente con la promulgación del nuevo Ceremonial de Obispos de 1991, se han aclarado muchos puntos oscuros y hasta mal interpretados de la renovación de los ritos litúrgicos del rito romano. Por eso tenemos que consultar el Ceremonial.

 En segundo lugar, un oficio canalizado por otras vías

En segundo lugar: con la reforma post conciliar se llegó a establecer formalmente la participación laical en muchas funciones litúrgicas (cf. Directorio n. 41), que ya venía desde los pontificados previos al de S.S. Juan XXIII en la llamada "misa dialogada" (en la cual el pueblo respondía en latín todo lo que usualmente correspondía al acólito y recitaba el ordinario en latín con el celebrante) y también en la "misa comunitaria" (donde el pueblo cantaba una paráfrasis vernácula del Ordinario de la Misa) que el movimiento litúrgico había impulsado. Así, por ejemplo, se formalizó la llamada Oración Universal o de los fieles. Al faltar el diácono y al no haber un presbítero en dalmática que tomara su oficio, las intenciones de esta Oración Universal pasaron a un laico. Esta práctica está muy generalizada hoy día aunque el ministro idóneo, sea, en primer lugar, el diácono, y así lo establecen las rúbricas (C.E. 25) y la tradición oriental como occidental.

Como sucede con la Oración Universal, también sucede con otras funciones que son propiamente diaconales. Por ejemplo, dirigir las moniciones al pueblo (Ceremonial del Obispos Número26), servir al celebrante en el altar tanto en lo referente al libro como al cáliz (Ceremonial de Obispos Número 25). 

En tercer lugar, ¿Para que un diácono aquí?

En tercer lugar, como efecto de lo antes dicho, el diaconado se restaura en el mundo que ya no le conoce. Es más, cuando llega un diácono a una parroquia que nunca ha tenido ese ministerio, tal parece que el nuevo ministro, le "quita" o le "roba" actuaciones a muchas personas, por ejemplo, al celebrante, al monitor, al turiferario, a los acólitos, a los ministros extraordinarios de la comunión, y así a otros tantos para mencionar solamente la Misa. Entonces se oye algo así: "esto siempre lo ha hecho un lector ¿Por qué se le da ahora a un diácono?".

Cabe mencionar, que en la Misa Solemne el celebrante llegó a recitar en voz baja el Introito, los Kyries, el Gloria, la Epístola, el Gradual y el Aleluya, el Evangelio, el Credo, la Antífona del Ofertorio, el Sanctus, el Agnus Dei y la Antífona de Comunión, sólo para mencionar algunas de las partes de la misa. Esto lo hacía el celebrante mientras el coro y el pueblo cantaban en latín sus partes respectivas y el subdiácono leía la epístola. El Evangelio lo leía el celebrante en voz baja primero y el diácono (presbítero vestido de dalmática) proclamaba solemnemente el Evangelio. Se llegó a pensar por algunos autores que la acción del celebrante era la única necesaria y que las funciones de los demás ministros y del pueblo eran superfluas. Lo importante era que el padre lo dijera y lo hiciera todo. Por este estado de cosas, la Constitución sobre la Sagrada Liturgia reiteró un principio muy antiguo y al parecer olvidado, y que dice así: "cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y sólo aquello que le corresponde" (SC n. 28).

Al ocupar su puesto en la nueva liturgia, el diácono debe ejercer todo su oficio y solamente su oficio. Para cumplir con este cometido, debe el diácono conocer bien su oficio. De nada sirve reclamar sin saber qué se reclama. Claro, que lo que se aplica al diácono, se aplica también al celebrante y demás ministros. Todavía hay algunos celebrantes que parecen no entender la presencia litúrgica del diácono que sirve sin presidir. Todavía lamentablemente se escucha la expresión "monaguillo glorificado".

 En cuarto lugar, la asombrosa supervivencia del maestro de Ceremonias

En cuarto lugar: En la práctica ha sobrevivido a la renovación post conciliar del Vaticano II un ministro que no aparece en ninguna de las rúbricas e instrucciones u ordenaciones de los actuales ritos: esto es, el Maestro de Ceremonias; hoy por hoy, el ceremoniero muchas veces asume una autoridad tal, que tiende a inhibir de su oficio a los demás ministros, al diácono en particular.

El Ceremonial de Obispos propone la necesidad de un maestro de ceremonias, que coordine, organice, ensaye, dirija las ceremonias como preparación a las mismas. Pero dice claramente en su número 35 que el ceremoniero "coordine oportunamente con los cantores, asistentes, ministros, celebrantes, aquellas cosas que deben hacer y decir. Dentro la celebración obre con máxima discreción; no hable nada superfluo, no ocupe el lugar de los diáconos y de los asistentes al lado del celebrante". Es de notar que el ceremonial menciona al ceremoniero en sus números 34-37 y luego no lo menciona más en sus 1210 números.

 Percepción de un Obispo

Yo, como Obispo, les puedo decir con toda sinceridad que al Obispo le resulta muy práctico tener un ceremoniero que conozca exactamente el "cómo" y el "por qué" de lo que el Obispo requiere, tanto en las celebraciones de catedral, como cuando visita otras Iglesias, una persona así lo facilita todo e inspira confianza de que todo lo que se refiere a la persona y oficio del Obispo quedará bien. Yo creo, sin embargo, que no sólo un diácono ( como lo indica el número 36 del Ceremonial) puede hacer de ceremoniero, sino que el Obispo puede elegir un cierto número de diáconos para que sean sus "familiares" y que siempre desempeñen el oficio de los dos diáconos "asistentes" (antes llamados diáconos de honor) que atiendan al Obispo a su derecha e izquierda. Estos diáconos "asistentes" se ocupan de la persona del Obispo (n.26). Cuando el Obispo visita una iglesia, lleva a sus "asistentes" que saben bien como atenderle, por ejemplo, con la mitra, el báculo, el misal, el incienso, el hisopo, etc.; mientras aquellos diáconos (o diácono) que desempeñan el oficio de "ministrante" son los que tienen a cargo lo que se hace en todas las misas, como es la proclamación del Evangelio y la atención del altar con el cáliz y el misal. También son los "ministrantes" los que se dirigen al ambón para la Oración de los Fieles y las moniciones (números 25 y 26). Como dije anteriormente, hay distintos carismas entre los diáconos y algunos serían idóneos para servir de "asistentes" al Obispo, otros, los "ministrantes" pueden desempeñar las funciones que mejor conocen porque son las usuales.

Tenemos que rogar al Señor para que conceda una tregua, la proverbial paz de Dios, en que los maestros de ceremonias y los diáconos puedan estrecharse en un abrazo de paz, de concordia, amor y respeto mutuo.

Hay otras razones y circunstancias que contribuyen a que el diácono se vea disminuido en su oficio y quede reducido a un personaje pasivo en la liturgia. Se necesita que el pueblo y demás miembros del clero, esto incluyendo a algunos diáconos, sean catequizados en cuanto a la identidad y oficio del diácono. En la mente de muchas personas se pasa por salto del laicado al presbiterado. Se habla mucho de ministerios eclesiales laicales. ¿Dónde quedan los diáconos? Que se oiga más en las oraciones de los fieles "por las vocaciones al sacerdocio, al diaconado y a la vida religiosa". Después de todo, el diácono es también "llamado" por Dios.
(Fuente Vatican.va)




SAN BEDA EL VENERABLE
Doctor de la Iglesia

(† 735


La Edad Media guarda numerosas sorpresas a todo el que desea correr la aventura de adentrarse por sus intimidades. Siglo oscuro y ruidos de armas. Señores feudales con sus mesnadas guerreras. Castillos defensores con puentes levadizas y celadas astutas por las encrucijadas de los caminos. Invasión de los bárbaros, en una palabra, que ha preparado este precario estado de cosas y ha liquidado una cultura decadente y cansada. Brilla ahora mucho más el ejercicio de las armas que el conocer la cultura clásica. Y entre los nobles llega a ser un timbre de gloria el ser analfabeto: "El señor no firma porque es noble", terminan algunos documentos del tiempo.
Pero la ciencia no ha desaparecido. Se ha refugiado en los monasterios. La Iglesia, por los monjes sobre todo, es la gran y única educadora de los pueblos. Clérigo y letrado son ahora palabras sinónimas. Para penetrar, pues, bien la Edad Media es preciso conocer también la vida apretada y fecunda de los monasterios. Entrar en ellas con el ánimo purificado y sereno, dócil y abierto a toda sugerencia. Descalzarse, previamente, de toda predisposición a lo complicado y vertiginoso, a las velocidades supersónicas y a las carreras contra reloj. Para sorprender mejor a aquellos hombres, enjambres de Dios elaborando, en, sus celdas, la miel dulcísima de las ciencias del espíritu para el bien de las almas.

Uno de estos hombres fue Beda el Venerable, nacido en Inglaterra el año 673. Figura cumbre que iluminó con su luz todo su siglo. No sólo Inglaterra, sino toda la cristiandad. No poseemos muchos datos sobre la vida de San Beda. Con todo, no siempre se tiene la feliz circunstancia de esta ocasión. Él mismo dejó una nota, escueta y sencilla, de su vida al final de su Historia eclesiástica de Inglaterra, libro de gran aliento, objetivo y exacto, que le da derecho a ostentar el título de "padre de la historia de Inglaterra".

"Yo, Beda, siervo de Cristo y sacerdote del monasterio de San Pedro y San Pablo de Wearmouth, nací en el pueblo de dicho monasterio, y a los siete años mis padres me pusieron bajo la dirección del abad Benito, primero, y, después, de Ceolfrido. Desde entonces toda mi vida discurrió dentro del claustro y puse todo mi afán en la meditación de las Sagradas Escrituras. Y entre la observancia de la disciplina regular y el cotidiano oficio de cantar en el coro, siempre me fue dulce el aprender, o enseñar, o escribir. Fui ordenado diácono a los diecinueve años y sacerdote a los treinta, de manos del obispo Juan. Desde mi sacerdocio hasta ahora, en que cuento cincuenta y nueve años, me he ocupado en redactar para mi uso y de mis hermanos algunas notas sobre la Sagrada Escritura, sacadas de los Santos Padres o según su espíritu e interpretación."
Como se ve, nada es más simple que su vida. Observar la regla y cantar el oficio divino. Todas sus delicias las ponía en aprender, enseñar y escribir. Todo su afán, meditar las Sagradas Escrituras y comentarlas para utilidad propia y de todos sus hermanos. Es decir, la regla de oro benedictina: Ora et labora. Oración y trabajo. La oración apoyando al trabajo, el trabajo nutriendo y nutriéndose de la oración. Sin estorbarse, sino al contrario, apoyándose mutuamente. "Ni el rezo estorba al trabajo ni el trabajo estorba al rezo."

Así resolvía San Beda, en perfecto maridaje, la conocida discusión sobre la prioridad de la oración o el trabajo en la vida cristiana. San Juan de la Cruz recordaría más tarde, con notable insistencia, el lugar preminente, la importancia básica y fontal de la oración. Como valor en sí y con vistas al apostolado exterior. "Ojalá que los hombres devorados por la actividad, que piensan remover el mundo por medio de sus predicaciones y otras obras exteriores, reflexionaran un instante. Comprenderían sin dificultad cuánto más útiles a la Iglesia y agradables al Señor serían —sin hablar del buen ejemplo que darían a su alrededor— si consagraran la mitad de su tiempo a la oración. En estas condiciones, y con una sola obra, harían un bien mayor y con menor esfuerzo que el logrado por miles de otros actos a los que entregan su existencia. La oración les merecería esta gracia... Sin ella todo se reduce a puro ruido... Se hace poco más que nada, a menudo absolutamente nada, e incluso mal."

Pero tampoco hay que descuidar el trabajo y caer en el angelismo. No se ha de olvidar que somos hombres y que, como tales, compuestos de cuerpo y alma, hemos de salvarnos. Ni despreciar las realidades terrenas, que nosotros hemos de transformar, y de las que hemos de servirnos para saltar hasta Dios. "¿Vale la pena desperdiciar tanto tiempo en las cosas de la vida de aquí abajo? Vale la pena, vale la pena. Hubo un tiempo en que yo mismo me preguntaba: ¿Para qué luchar por la vida de esta tierra? ¿Qué me importa este mundo? Soy un exilado del cielo y siento premura por volver a mi patria. Pero, con el tiempo, he comprendido, y he cambiado de pensar. Nadie puede entrar en el cielo si anteriormente no ha vencido en la tierra, y nadie puede vencer aquí si no lucha contra el mundo con ímpetu, con paciencia y sin descanso. El hombre no posee otro trampolín que la tierra si quiere lanzarse al cielo. Si deponemos las armas estamos perdidos, aquí abajo, en la tierra, y allá arriba, en el cielo."

¿Qué vida es, entonces, más perfecta, la activa o la contemplativa? Santo Tomás dice que la mixta, la que participa de las dos. He aquí un gran lema: "Ofrecer a los demás el fruto de nuestra contemplación".
Tan bien sabía unir San Beda, con tanto equilibrio, estos dos polos de su vida, trabajo y oración, que es difícil comprender, nota un autor antiguo, cómo pudo sobresalir tanto en ambos. "Si consideras sus estudios y numerosos escritos parece que nada dedicó a la oración. Si consideras su unión con Dios parece que no le quedó tiempo para sus estudios."

El secreto está seguramente en aquellos remansos de paz y trabajo que eran los monasterios, y en saber renunciar a distracciones que desvían del fin. "Antes de decidirse, el hombre puede escoger entre muchos caminos. Pero, cuando ha tomado uno, sólo adelantará a condición de seguir en él. Quien cambia continuamente de ruta vuelve sin cesar al punto de partida... En cada encrucijada es necesario sacrificar varios caminos para seguir uno solo. El hombre no alcanzará una perfección sino sacrificando muchas otras. Algunas personas no saben sacrificar y no llegan entonces a nada."
Esta es la gran lección que nos da San Beda. Trazarse un rumbo bien claro y seguir tras el ideal, sin mirar a la derecha ni a la izquierda, con una constancia y energía indomable. Lección, esta, de necesidad apremiante, porque hoy es terrible el peligro de la dispersión. Basta girar un botón para oír, ver y sintonizar con lo que, hace un par de horas, le ha sucedido al alguacil de cualquier alcalde de Borneo. Hay que saber mil nombres de libros, deportistas, políticos, congresos y artistas de todo género. Todo parece dispuesto para ofuscar, seducir, entretener y desviar.

El miedo del siglo XX es el acertado título de un reciente libro. "Miedo a que la técnica, la máquina, la civilización fría del fichero y la estadística, de los cerebros electrónicos y las leyes sin alma, se nos echen encima y nos asfixien, y no dejen va sitio en nuestro espíritu para el Único Necesario. Miedo porque la gran marejada de la barbarie está ante nuestras puertas". "En Europa se la esperaba tradicionalmente viniendo de Oriente. La costumbre no se ha perdido. Pero el Oriente nunca ha irrumpido más que en una Europa descompuesta. La gran marejada de la barbarie está en nuestros corazones vacíos, en nuestras cabezas perdidas, en nuestras obras incoherentes y en nuestros actos, estúpidos por cortedad de vista. No nos quejemos mañana de los bárbaros si aceptamos hoy nuestra decadencia." Tiempos de bárbaros los de San Beda. Tiempos muy parecidos los nuestros. El y los suyos tonificaron y orientaron el mundo. He aquí, también, la tarea actual de los cristianos.
Aquello de no morirse sin haber plantado un árbol, haber tenido un hijo y haber escrito un libro lo realizó San Beda muy cumplidamente. En cuanto a lo primero, plantar un árbol, en ningún sitio consta que no lo hiciera. En cambio, sí hablan las crónicas que trabajaba a veces en la huerta. Hijos, discípulos de su doctrina, los tuvo muy numerosos. Cuanto a escribir libros, es uno de los escritores más fecundos de materias espirituales y temas profanos.

Todos sus enciclopédicos conocimientos los fue distribuyendo en múltiples escritos de gramática, retórica, métrica, poesía, música, aritmética, meteorología, física, cronología, filosofía, teología. San Beda sabía que nada había ajeno a la legítima curiosidad del cristiano. Toda la creación es un reflejo de la gloria de Dios. Su fina sensibilidad de alma interior descubría en todo la huella divina.
Pero donde brilló, sobre todo, con fulgor nuevo e irreprimible la pluma de San Beda —y, en la pluma, su mente y su corazón— fue en sus homilías y en sus comentarios sobre la Sagrada Escritura. Escribió hasta sesenta libros o tratados sobre la Sagrada Escritura, según propia confesión. Todo el plan de sus estudios lo relacionaba con la interpretación de la Sagrada Escritura. A este fin dirigía sus vigilias, sus investigaciones. Para promover en su ánimo y en el de sus discípulos tan santo y laudable estudio. Tanto ha estimado sus homilías la Iglesia, que las ha introducido en la liturgia. Sobre todo en las fiestas de la Virgen, por quien Beda sentía tiernísima devoción.

Purificaba más y más su conciencia para entender el sentido de los Libros Santos. "Porque en alma maliciosa no entrará la sabiduría ni morará en cuerpo esclavo el pecado", dice el Señor. El mismo Santo nos dice que, aun prescindiendo del bien que pudiera hacer a las almas, él ya lo había conseguido meditando las palabras del Señor, que tanto estimaba, siguiendo en esto el espíritu de San Agustín. "La palabra de Jesucristo no es menos estimable que su cuerpo, y, por tanto, las mismas precauciones que guardamos para no dejar caer al suelo el cuerpo del Señor cuando nos lo entregan debemos tomar para que no caiga de nuestro corazón la palabra de Cristo que se nos predica."

Como era entonces corriente, más que obras nuevas, recogía todo lo bueno que los Santos Padres habían dicho, Con todo, su ciencia no era propiamente ciencia de archivo, ciencia de almacén, sino ciencia de fábrica. "Abeja laboriosa", sabía libar lo más exquisito, elaborarlo y transformarlo, para provecho propio y ajeno. "Miel virgen destilaban sus labios." Más que la ciencia poseía la sabiduría, dando a esta palabra su sentido exacto de saborear, degustar. Distinguir y escoger lo mejor. Resume admirablemente esta hambre infinita de saber la oración con que acabó uno de sus libros: "Te ruego, buen Jesús, ya que te has dignado concederme el beber dulcemente las palabras de tu ciencia, me concedas también la gracia de llegar un día hasta Ti, fuente de toda sabiduría, y estar siempre presente ante tu divino rostro".

De esta manera no es extraño que la fama de San Beda saltase de la isla al continente y se esparciese por toda la cristiandad. Los seiscientos monjes del monasterio porfiaban por escucharle. Otros acudían de los alrededores, ávidos de saber. El papa Sergio I le llamaba a Roma. San Bonifacio, el apóstol de Alemania, escribe al monasterio de San Beda para que le envíen "alguna partícula o chispita de ese cirio de la Iglesia que encendió el Espíritu Santo, investigador sagacísimo de las Sagradas Escrituras".

Se le llamó maestro nobilísimo, doctor eximio, cirio de Dios, sacerdote ejemplar, monje observante. Un concilio de Aquisgrán le reconoció Padre de la Iglesia. Últimamente, en 1899, el papa León XIII dio el espaldarazo oficial y canónico a su magisterio, declarándole doctor de la Iglesia.
Pero el nombre que más se divulgó y con el que sobre todo ha sido siempre conocido es el de Venerable. Un autor antiguo dice que, siendo tenido por un gran santo en la Iglesia, es el único entre los santos que no se llama santo, sino venerable. Y explica la razón con dos ingenuas leyendas: Estando ciego por su avanzada ancianidad y habiendo llegado, de manos de un discípulo, ante un montón de piedras, el discípulo empezó a persuadirle que había allí congregada una gran multitud, que esperaba, con gran silencio y devoción, su predicación. Entonces el Santo les dirigió un discurso elegantísimo, y, al acabar diciendo: "Por todos los siglos de los siglos", las piedras respondieron: "Amén, venerable presbítero". Después de muerto el Santo otro discípulo se disponía a preparar una inscripción para su sepulcro en un solo verso. Le faltaba una palabra y no encontraba ninguna a propósito, hasta que, cansado, se fue a dormir. Y he aquí que, a la mañana siguiente, encontró esculpido en el túmulo el verso completo, por manos angélicas: Hac sunt in fossa Bedae Venerabilis ossa. (En esta tumba yacen los restos del Venerable Beda.)

La razón verdadera del nombre de Venerable parece ser porque se leían sus homilías en las iglesias, viviendo él. Y, al no poder llamarle santo, decían, "del Venerable Beda", por el gran aprecio que se le tenía. Luego se confirmó, al extenderse sus sublimes escritos por toda la cristiandad.
Cargado de méritos, de años y de veneración, le llegó al Venerable la hora de morir. Un testigo ocular cuenta a su compañero, en una carta, la última enfermedad y la muerte del Santo. Pasó los últimos días dando gracias a Dios y cantando salmos. Incluso por la noche, el tiempo que le dejaba libre el sueño. A veces interrumpía el canto y se deshacía en lágrimas y lloraban todos con él.
Durante estos días, sin dejar las lecciones que daba ni el canto de los salmos, emprendió dos obras nuevas: una traducción del Evangelio de San Juan al inglés y algunos pasajes de San Isidoro de Sevilla. Luego se agravó, pero él seguía trabajando.

Todo el último día enseñaba y dictaba, Se apresuran por acabar el último capítulo. "Maestro, todavía falta un versículo." "Escríbelo pronto", respondió. Luego decía el discípulo: "Todo está acabado". "Sí —repuso el Santo— todo está acabado." Entonces, como gesto de delicadeza, repartió los pequeños recuerdos que le quedaban. Sobre todo a los sacerdotes para que dijesen misas por él. Pidió que le pusiesen en el suelo, vuelto hacia el lugar santo donde tantas veces había alabado a Dios. Y de este modo se puso a cantar por última vez: "Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo". Luego, tranquilamente, entregó su alma a Dios. Era el 25 de mayo de 735, víspera de la Ascensión. Contaba a la sazón sesenta y dos años.

Experto conocedor de las Sagradas Escrituras, tuvo siempre presentes las palabras del Señor: "Caminad mientras tenéis luz, para que no os sorprendan las tinieblas". "Mientras tenemos tiempo obremos el bien." "Viene la noche y ya nadie puede trabajar." Así murió San Beda. Rezando y trabajando. Aprovechando hasta el último día de su vida para no presentarse con las manos vacías. Una vez más la muerte había sido un reflejo fidelísimo de la vida.

      (Fuente: Mercabá .org)


jueves, 24 de mayo de 2012

El santo del día


MARIA AUXILIADORA

Los cristianos de la Iglesia de la antigüedad en Grecia, Egipto, Antioquía, Efeso, Alejandría y Atenas acostumbraban llamar a la Santísima Virgen con el nombre de Auxiliadora, que en su idioma, el griego, se dice con la palabra "Boetéia", que significa "La que trae auxilios venidos del cielo". Ya San Juan Crisóstomo, arzobispo de Constantinopla nacido en 345, la llama "Auxilio potentísimo" de los seguidores de Cristo. Los dos títulos que más se leen en los antiguos monumentos de Oriente (Grecia, Turquía, Egipto) son: Madre de Dios y Auxiliadora. (Teotocos y Boetéia). En el año 476 el gran orador Proclo decía: "La Madre de Dios es nuestra Auxiliadora porque nos trae auxilios de lo alto". San Sabas de Cesarea en el año 532 llama a la Virgen "Auxiliadora de los que sufren" y narra el hecho de un enfermo gravísimo que llevado junto a una imagen de Nuestra Señora recuperó la salud y que aquella imagen de la "Auxiliadora de los enfermos" se volvió sumamente popular entre la gente de su siglo. El gran poeta griego Romano Melone, año 518, llama a María "Auxiliadora de los que rezan, exterminio de los malos espíritus y ayuda de los que somos débiles" e insiste en que recemos para que Ella sea también "Auxiliadora de los que gobiernan" y así cumplamos lo que dijo Cristo: "Dad al gobernante lo que es del gobernante" y lo que dijo Jeremías: "Orad por la nación donde estáis viviendo, porque su bien será vuestro bien". En las iglesias de las naciones de Asia Menor la fiesta de María Auxiliadora se celebra el 1º de octubre, desde antes del año mil (En Europa y América se celebre el 24 de mayo). San Sofronio, Arzobispo de Jerusalén dijo en el año 560: "María es Auxiliadora de los que están en la tierra y la alegría de los que ya están en el cielo". San Juan Damasceno, famoso predicador, año 749, es el primero en propagar esta jaculatoria: "María Auxiliadora rogad por nosotros". Y repite: "La "Virgen es auxiliadora para conseguir la salvación. Auxiliadora para evitar los peligros, Auxiliadora en la hora de la muerte". San Germán, Arzobispo de Constantinopla, año 733, dijo en un sermón: "Oh María Tú eres Poderosa Auxiliadora de los pobres, valiente Auxiliadora contra los enemigos de la fe. Auxiliadora de los ejércitos para que defiendan la patria. Auxiliadora de los gobernantes para que nos consigan el bienestar, Auxiliadora del pueblo humilde que necesita de tu ayuda".
La batalla de Lepanto.
En el siglo XVI, los mahometanos estaban invadiendo a Europa. En ese tiempo no había la tolerancia de unas religiones para con las otras. Y ellos a donde llegaban imponían a la fuerza su religión y destruían todo lo que fuera cristiano. Cada año invadían nuevos territorios de los católicos, llenando de muerte y de destrucción todo lo que ocupaban y ya estaban amenazando con invadir a la misma Roma. Fue entonces cuando el Sumo Pontífice Pío V, gran devoto de la Virgen María convocó a los Príncipes Católicos para que salieran a defender a sus colegas de religión. Pronto se formó un buen ejército y se fueron en busca del enemigo. El 7 de octubre de 1572, se encontraron los dos ejércitos en un sitio llamado el Golfo de Lepanto. Los mahometanos tenían 282 barcos y 88,000 soldados. Los cristianos eran inferiores en número. Antes de empezar la batalla, los soldados cristianos se confesaron, oyeron la Santa Misa, comulgaron, rezaron el Rosario y entonaron un canto a la Madre de Dios. Terminados estos actos se lanzaron como un huracán en busca del ejército contrario. Al principio la batalla era desfavorable para los cristianos, pues el viento corría en dirección opuesta a la que ellos llevaban, y detenían sus barcos que eran todos barcos de vela o sea movidos por el viento. Pero luego - de manera admirable - el viento cambió de rumbo, batió fuertemente las velas de los barcos del ejército cristiano, y los empujó con fuerza contra las naves enemigas. Entonces nuestros soldados dieron una carga tremenda y en poco rato derrotaron por completo a sus adversarios. Es de notar, que mientras la batalla se llevaba a cabo, el Papa Pío V, con una gran multitud de fieles recorría a cabo, el Papa Pío V, con una gran multitud de fieles recorría las calles de Roma rezando el Santo Rosario. En agradecimiento de tan espléndida victoria San Pío V mandó que en adelante cada año se celebrara el siete de octubre, la fiesta del Santo Rosario, y que en las letanías se rezara siempre esta oración: MARÍA AUXILIO DE LOS CRISTIANOS, RUEGA POR NOSOTROS.
El Papa y Napoleón.
El siglo pasado sucedió un hecho bien lastimoso: El emperador Napoleón llevado por la ambición y el orgullo se atrevió a poner prisionero al Sumo Pontífice, el Papa Pío VII. Varios años llevaba en prisión el Vicario de Cristo y no se veían esperanzas de obtener la libertad, pues el emperador era el más poderoso gobernante de ese entonces. Hasta los reyes temblaban en su presencia, y su ejército era siempre el vencedor en las batallas. El Sumo Pontífice hizo entonces una promesa: "Oh Madre de Dios, si me libras de esta indigna prisión, te honraré decretándote una nueva fiesta en la Iglesia Católica". Y muy pronto vino lo inesperado. Napoleón que había dicho: "Las excomuniones del Papa no son capaces de quitar el fusil de la mano de mis soldados", vio con desilusión que, en los friísimos campos de Rusia, a donde había ido a batallar, el frío helaba las manos de sus soldados, y el fusil se les iba cayendo, y él que había ido deslumbrante, con su famoso ejército, volvió humillado con unos pocos y maltrechos hombres. Y al volver se encontró con que sus adversarios le habían preparado un fuerte ejército, el cual lo atacó y le proporcionó total derrota. Fue luego expulsado de su país y el que antes se atrevió a aprisionar al Papa, se vio obligado a pagar en triste prisión el resto de su vida. El Papa pudo entonces volver a su sede pontificia y el 24 de mayo de 1814 regresó triunfante a la ciudad de Roma. En memoria de este noble favor de la Virgen María, Pío VII decretó que en adelante cada 24 de mayo se celebrara en Roma la fiesta de María Auxiliadora en acción de gracias a la madre de Dios.
San Juan Bosco y María Auxiliadora.
El 9 de junio de 1868, se consagró en Turín, Italia, la Basílica de María Auxiliadora. La historia de esta Basílica es una cadena de favores de la Madre de Dios. su constructor fue San Juan Bosco, humilde campesino nacido el 16 de agosto de 1815, de padres muy pobres. A los tres años quedó huérfano de padre. Para poder ir al colegio tuvo que andar de casa en casa pidiendo limosna. La Sma. Virgen se le había aparecido en sueños mandándole que adquiriera "ciencia y paciencia", porque Dios lo destinaba para educar a muchos niños pobres. Nuevamente se le apareció la Virgen y le pidió que le construyera un templo y que la invocara con el título de Auxiliadora.
Empezó la obra del templo con tres monedas de veinte centavos. Pero fueron tantos los milagros que María Auxiliadora empezó a hacer en favor de sus devotos, que en sólo cuatro años estuvo terminada la gran Basílica. El santo solía repetir: "Cada ladrillo de este templo corresponde a un milagro de la Santísima Virgen". Desde aquel santuario empezó a extenderse por el mundo la devoción a la Madre de Dios bajo el título de Auxiliadora, y son tantos los favores que Nuestra Señora concede a quienes la invocan con ese título, que ésta devoción ha llegado a ser una de las más populares.
San Juan Bosco decía: "Propagad la devoción a María Auxiliadora y veréis lo que son milagros" y recomendaba repetir muchas veces esta pequeña oración: "María Auxiliadora, rogad por nosotros". El decía que los que dicen muchas veces esta jaculatoria consiguen grandes favores del cielo.
(Fuente: Mercabá.org)

miércoles, 23 de mayo de 2012

El Diácono Permanente: Identidad, Función y Prospectivas II


Seguimos con la publicación del trabajo preparado y presentado por S.E.R. Mons. Roberto O. Gonzalez Nieves OFM., Arzobispo de San Juan de Puerto Rico, cuya primera parte fué publicada ayer.


MINISTERIO DE LA PALABRA
El Episcopado y el Diaconado
El Concilio Vaticano II, al tratar del episcopado como cumbre del orden sagrado (y no sólo como su plenitud), lo coloca como centro de la vida de la Iglesia local. Los presbíteros y los diáconos son sus dos brazos con distintas funciones.
Durante la Oración Consecratoria de la Ordenación Episcopal, dos diáconos sostienen a los Santos Evangelios abiertos sobre la cabeza del ordenando. Terminada ésta y luego de haber ungido con el Santo Crisma la cabeza del nuevo Obispo, el consagrante principal toma el Evangelio, lo entrega al nuevo Obispo con estas palabras: " Recibe el Evangelio, y anuncia la palabra de Dios con deseo de enseñar y con toda paciencia" (Oración Consecratoria, Ordenación de Obispos, España).
El Espíritu Santo del cual el crisma es signo, es la fuerza vital que dinamiza la palabra del Evangelio que el nuevo Obispo va a predicar, porque, así como el Padre se manifiesta en este mundo por el Hijo, lo hace el poder de la vida divina, que es el Espíritu Santo. El nuevo Obispo, a quien Cristo ha llamado por su nombre, lleno del Espíritu Santo como los santos apóstoles en el día de Pentecostés, sigue sus huellas y sale a anunciar la Buena Nueva a un mundo moribundo que espera la palabra vivificadora.
Según el rito de la ordenación al diaconado, el primer aspecto del ministerio diaconal, es el ministerio de la palabra. Después de haber invocado sobre los ordenandos " el Espíritu Santo", continua el Obispo orando, "para que fortalecidos con tu gracia de los siete dones desempeñen con fidelidad su ministerio" (Oración Consecratoria, Ordenación de Diáconos, España). Una vez revestidos de estola y dalmática, reciben de manos del Obispo uno a uno, los Santos Evangelios, con estas palabras: "Recibe el Evangelio de Cristo del cual has sido constituido mensajero; convierte en fe viva lo que lees, y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado" (Ritual de Ordenes, España).
Es importante notar el paralelismo entre los dos ritos de ordenación, la episcopal y la diaconal, en lo que respecta a la entrega de los Evangelios. En ambas se confiere el Espíritu Santo para que inflame la predicación del Evangelio. No es esta una simple coincidencia. Aquí se muestra la unidad del sacramento apostólico. En las ordenaciones episcopales, presbiterales y diaconales de rito bizantino se utiliza el mismo (idéntico) texto consecratorio para las tres, haciendo las inserciones de las palabras "obispo", "presbítero" o "diácono" según aplique. Ya nos habíamos referido al misterio de la sacramentalidad del ministerio apostólico, cuyo punto de partida es la continuación de la misión de Cristo. El Obispo, sucesor de los apóstoles, tiene el oficio de anunciar el Evangelio. Los presbíteros comparten ese oficio con el Obispo. Pero los diáconos, quienes no reciben la ordenación al sacerdocio, en la ordenación diaconal reciben también como ministros de Cristo Siervo, el oficio de predicar el Evangelio y de anunciarlo en al asamblea. Es más, el diácono ha de convertirlo en fe viva, enseñarlo y cumplirlo.
Así como el episcopado es la plenitud del sacerdocio, también es la plenitud del diaconado. En días señalados, en la Eucaristía, el Obispo lleva dalmática debajo de la casulla, y en la Misa de la Cena del Señor hace el lavatorio de los pies en dalmática, como Cristo diácono.
La Palabra de Dios en boca del diácono
El ser humano, en el orden del crecimiento, en la evolución sicobiológica, al nacer, primero tiene que respirar para seguir viviendo. Más tarde, ha de estar vivo cuando piensa. Pero, para comunicar el pensamiento, es menester hablar y, para hablar tenemos que estar vivos y respirando. Sin el aliento vemos que no sólo no hay vida, si no que sin el aliento no hay habla: no se puede retener la respiración y hablar a la vez. La palabra o se pronuncia en el aliento o simplemente no se dice.
En el orden sacramental, la palabra se hace hombre en el Espíritu Santo. La Madre de Dios decimos que concibió "por obra y gracia" del Espíritu Santo. Ella pronunció el Fiat , ¡hágase!, el Fiat que, lleno del Espíritu Santo, anuncia la nueva creación. Concibió María tanto en la mente y en el corazón, como en su seno materno, porque el Espíritu Santo es la vitalidad misma, el Santo Inmortal, el aliento divino sin el que ninguna criatura puede llegar a existir, mucho menos a concebir la palabra de Dios en su mente y llevarla a la boca para predicarla con efectividad. En las alas del Espíritu va la Palabra extendiendo el Reino de Dios hasta que haga nuevas todas las cosas (Apoc.. 21, 5).
Cuando el Obispo ordenante procede a la tradición de instrumentos de la ordenación diaconal, hemos visto que resuenan las palabras "has sido constituido mensajero" del Evangelio de Cristo. El texto latino dice, Accipe Evangelium Christi, cuius præco effectus es... La palabra que aquí llama la atención es la palabra præco. (Conocemos el oficio del pregonero; El diácono por virtud de la ordenación se convierte en præco, pregonero, del Evangelio. El texto castellano lo traduce como "mensajero". El texto inglés lo traduce como "herald". La traducción inglesa es más feliz porque implica un cargo oficial de anunciar. Los apóstoles fueron enviados por Cristo que es la persona que envía y está representada por el mensajero: Shalíah en el Nuevo Testamento que significa que el enviado "re"-presenta al que le envía. El diácono participa de ese oficio.
El diácono, desde el momento de su ordenación ya recibe del Obispo sucesor de los apóstoles el mandato de anunciar el Evangelio. Esto conlleva un cambio en lo más profundo de su ser. En la persona del diácono el soplo del Espíritu Santo se une ahora a su aliento físico para que lo que predique y enseñe no sea mera voz humana. Desde ahora la prédica y enseñanza del diácono ha de ser voz de Cristo, Dios y hombre verdadero.
El modo propio de la actividad diaconal, en virtud del sacramento del orden, ya no es el modo propio laical, tampoco es el sacerdotal. Pero no deja de ser sagrado. Es el diaconal: servidor en Cristo-Siervo. Las palabras de su boca proclaman el Evangelio imbuidas en la gracia del sacramento. El aliento ya no sólo es el físico, es también el espiritual, que está renovando la faz de la tierra de una manera distinta y especial a través del diácono. (Cf. Sal. 51[50], 12-14 y Sal 104 [103], 30).
Formación
Desde el punto de vista meramente humano, para que el diácono sea instrumento en que resuene la palabra de Dios es necesario que reciba formación tanto espiritual como teológica y técnica: las artes de hablar en público, de predicar y de enseñar. Como catequista también debe conocer la Biblia, tal vez no como un profesor, pero sí para poder vivirla y aplicarla a los hechos del diario vivir de los fieles. Ciertamente el ministerio de la palabra lleva la implícita obligación de conocer el Evangelio, de proclamarlo, predicarlo, vivirlo y difundirlo.
El Espíritu de los siete dones que se confiere por la ordenación es el de la sabiduría e inteligencia, el de consejo y fortaleza, el de ciencia, el de piedad y del santo temor de Dios (Is. 11, 2-4). El Espíritu obra sobre la naturaleza humana. Por eso la formación es importante para que los dones encuentren terreno fértil en el diácono.
Es de notar, que muchos diáconos trabajan en la catequesis bautismal y matrimonial. Ahí no se acaba la actividad diaconal. El diácono, ministro de la palabra, encarna esa palabra en sus ministerios de la liturgia y de la caridad.
(Fuente: www.vatican.va/roman_curia/congregations/cclergi/documents...)

El Santo del día


SAN JUAN BAUTISTA DE ROSSI
(† 1764)
 
Juan Bautista de Rossi nace el 22 de febrero de 1698 en Voltaggio, pequeña ciudad del arzobispado de Génova.
 Ya desde sus primeros años se le vio inclinado a las cosas de Dios, decididamente llamado al sacerdocio y dotado de no comunes virtudes, que más tarde contrastarían sobremanera con aquella piedad decadente de finales del XVII Y gran parte del XVIII.
 Fue la suya una época de marcado orgullo espiritual y lamentabilísimas desviaciones de la auténtica vida cristiana. Las raíces del jansenismo iban sofocando poco a poco la buena semilla de la sencillez evangélica, de la confianza filial en nuestro Padre del cielo y de la caridad fraterna con sus hijos, los hombres de la tierra.
 En Francia se vivía por entonces el ambiente morboso de las Provinciales, reavivado en parte por las convulsiones y excentricidades del oratoriano P. Quesnel, que posteriormente abrirían camino al humanismo desenfrenado y a la nueva filosofía, abiertamente opuestos al genuino sentido religioso y a la autoridad de los papas.
 No se libraba de estas influencias jansenistas ni la misma Roma, que había de ser el teatro silencioso de las virtudes de nuestro De Rossi. En plena curia romana, con el pretexto de una renovación en el campo de la piedad cristiana y de las nuevas formas de la Iglesia, se urdían maniobras descaminadas.
 Es verdad que la doctrina jansenista en Italia fue más política que teológica. Pero no podían menos de sembrar confusionismos ciertas ideas que poco a poco iban calando en la sencillez del pueblo. Se combatía el absolutismo papal, se proclamaba la autonomía de los obispos, se concedía a los seglares una injerencia indebida en las cosas eclesiásticas, se propugnaban reformas peligrosas en el culto y devociones... Pretendían, en una palabra, dar a la formación cristiana unos módulos demasiado íntimos y personalistas, con innegable desprecio de las obras externas, de la jerarquía y del consiguiente espíritu de sumisión.
 La divina Providencia, sin embargo, siempre solícita por los intereses de su Iglesia, cuidó de suscitar en ella una serie de hombres auténticamente cristianos y evangélicos. Fue éste, sin duda, el mejor y más declarado mentís a estas innovaciones sin camino.
 Contemporáneos de nuestro Santo fueron los grandes fundadores San Alfonso María de Ligorio (1696), San Pablo de la Cruz (1694), San Juan Eúdes (1601), el Venerable Olier (1608), Bérulle, el jesuíta Scaramelli, etc. Poco tiempo después sería discípulo suyo el angelical San Juan Andrés Parisi, a quien nuestro Santo gustaba de comparar con San Luis Gonzaga.
 También reinaba este ambiente de lucha antijansenista en el famoso Colegio Romano de la Ciudad Eterna, donde, a sus trece años, ingresó el pequeño Rossi, para permanecer allí y formarse hasta su ordenación sacerdotal.
 Las sanas doctrinas de maestros tan preclaros como los padres Tolomei, Juan de Ulloa, Giattini, y sobre todo los testimonios vivos de apostolado y virtud que pudo contemplar a su alrededor, fueron sembrando en su alma aquellos genuinos amores que más tarde serán los únicos resortes de su santa vida.
 Precisamente por aquel tiempo era famoso en Roma el rector del Colegio Romano, padre Annibale Miarchetti, devotísimo del Sagrado Corazón y activo promotor de la catequesis entre los niños pobres y la gente más sencilla, a quienes recogía y cuidaba en la iglesia de San Ignacio. Con él, el padre Pompeo de Benedictis († 1715), que componía versos latinos a la vez que mortificaba su cuerpo con ásperas penitencias y gastaba su vida en hacer el bien a los necesitados. Fue el fundador de la Congregación de los Apóstoles, similar a las Congregaciones Marianas, compuesta por jóvenes romanos que aprendían de su director a hacer oración, a visitar casas de beneficencia y hospitales y a hacer el bien y repartir amor entre sus compañeros.
 Enseñanzas, virtudes y ejemplos que había de aprender tan al vivo uno de sus discípulos más aventajados, Juan Bautista de Rossi.
 Para Jesús —y es ésta nota dominante de su Evangelio— la caridad, o amor a Dios y al prójimo (único principio con dos manifestaciones, distintas sólo en apariencia), es la manifestación auténtica de la santidad y la única disposición del alma que dignifica, ennoblece y hace verdaderamente cristianas todas las demás manifestaciones del espíritu.
 Y la prueba inequívoca de nuestro amor a Dios —también es doctrina explícita de Cristo— es el amor al prójimo. Amor que debe extenderse a todos, incluso a los que nos persiguen y calumnian, para así ser verdaderamente hijos del Padre celestial, que hace lucir su sol y envía su lluvia sobre los justos y sobre los pecadores (Mt. 5,45).
 Por eso quiso Jesús hacer de la caridad "su mandamiento" (Jn. 15,22), y el distintivo de sus verdaderos discípulos, más exacto y seguro que cualquiera otra señal externa (Jn. 17,21).
 Y, en el último juicio que Él hará de la conducta de los hombres, será la caridad la norma para distinguir las vidas auténticamente puestas a su servicio: “Venid, benditos de mi Padre, porque tuvisteis caridad con vuestros prójimos" (Mt. 25,34-35).
 Sucede a veces que esta fundamental y primerísima doctrina en la concepción cristiana de la vida queda soterrada bajo el cúmulo de otras normas, fórmulas y prácticas, que nacen más del pensamiento de los hombres que de las fuentes del Evangelio.
 No sucedió así en la vida de San Juan Bautista de Rossi. Aún se recuerda en Roma al "padre de los pobres" y al "amigo de los humildes". Imitador fiel del único Maestro, pudo también sintetizar su vida en aquellas palabras evangélicas: "Pasé por la tierra haciendo el bien". Sin ruidos estridentes ni resonancias aparatosas, pero con toda la imponente fuerza y trascendencia de la verdadera caridad cristiana.
 Ya colegial, y mientras sigue los estudios teológicos en la Minerva, forma parte de la Congregación, y gasta muchas horas en visitar, con los demás congregantes, los hospitales y casas de los pobres. Apostolado oculto y humilde, que no abandonará durante toda su vida, aun después de haber aceptado, contra su voluntad, la canonjía de Santa María in Cosmedín.
 El 8 de marzo de 1721 fue ordenado sacerdote, y aquel mismo día hace voto de no aceptar ninguna prebenda eclesiástica, iniciando su sagrado ministerio en el Hospicio de Pobres de Santa Galla.
 En las actas de beatificación y canonización se da cuenta con detalle del celo, humildad y caridad sorprendentes que logró llevar nuestro Santo hasta el grado máximo de la heroicidad.
 Fue el sacerdote De Rossi varón ejemplar, modelo acabado de ministro evangélico, hecho todo para todos para ganarlos a todos en Dios.
 Pero lo que más llama la atención en su vida fue aquella predilección constante, afectiva y efectiva, que mostró siempre por los más desatendidos y sin relieve en la sociedad. Los hospicianos, los presos, los vagos de profesión, los ignorantes y analfabetos, los niños harapientos y pillastres, fueron sus mejores compañeros por aquellas calles de Roma,
 A imitación de San Felipe de Neri, a quien profesaba por su parte una devoción entrañable, fue en su tiempo San Juan Bautista de Rossi el protector de pobres y afligidos, el consejero, abogado, amigo y maestro de todos. Sacerdote entrañablemente enamorado de Dios y de los hombres, no aguantó el espectáculo de un amor incomprendido y supo clavar en las carnes de sus hermanos el grito de salvación y de carida.
En 1731, imitando los célebres hospicios romanos, funda uno parecido para mujeres sin casa y desamparadas. Él mismo las recogía y las cuidaba espiritual y temporalmente, hasta conseguir colocarlas y proporcionarles un medio de vida digna y cristiana.
Unos años más tarde, en 1737, muere un primo suyo, Lorenzo, canónigo de la basílica de Santa María in Cosmedín, de Roma. Y Juan bautista, a pesar de su voto y de la abierta repugnancia que siempre experimentó hacia toda clase de cargos honoríficos, no tuvo más remedio que aceptar, bajo obediencia, este que quedaba vacante. Fue un mero cambio de ambiente, que en nada había de afectar a su camino trazado.
En su nueva condición seguirá siendo el sacerdote ejemplar y fiel cumplidor de sus deberes. El servicio del coro, el confesonario, el púlpito, la enseñanza del catecismo... llenarán todas las horas de sus días.
Su fama de santidad y de caridad alcanza los últimos rincones de la Ciudad Eterna. No hay cárcel, hospicio u hospital que no sea testigo de su celo, de su cariño y de su comprensión. Diligente, infatigable, siempre dispuesto, no descansó hasta convertir el fuego del amor que le abrasaba el alma en grito constante de su garganta y en entrega martirial de su vida.
Tal vez no se pueda decir mucho más de la vida de San Juan Bautista de Rossi. Ni casi sus mismos contemporáneos se dieron cuenta del hombre de Dios que estaba conviviendo con ellos con un corazón muy grande, doblemente apasionado por Dios y por sus hijos, los hombres.
Así suele ser siempre de sencilla y natural la auténtica santidad. Como el Evangelio, Como María, la Madre de Jesús, y José, el Esposo de María. Como el mismo Cristo, de quien casi sólo pudieron decir sus contemporáneos que pasó por la vida haciendo el bien,
Juan Bautista de Rossi, formado en la mejor Universidad eclesiástica del mundo, educado en un famoso Colegio, con una Roma delante, donde era tan fácil la lisonja y los puestos de grandeza, lo deja todo para entregarse a quienes necesitaban su vida y su caridad. Creyó en la palabra de Cristo y supo ser el buen pastor que pierde su vida para ganarla.
Pobre vino al mundo. Pobre vivió entre los pobres. Y muy pobre murió el 23 de mayo de 1764. Espléndido epitafio para su tumba de sacerdote.
Su tumba se conserva en la iglesia de Santa Trinidad del Pellegrini.
Y aún se recuerda en Roma al "padre de los pobres" y al "amigo de los humildes".
Pero nuestro Dios, el buen Padre de los cielos, que tanto se complace en levantar a los humildes y sencillos, quiso bien pronto darle a conocer entre las gentes.
Fue en tiempos de Pío IX cuando se inició la causa de beatificación de este escondido sacerdote y canónigo romano.
Confirmados al fin unos milagros, excepcionalmente sorprendentes por las circunstancias que los acompañaron, fue beatificado el 13 de mayo de 1860.
En 1879 vuelve a hablarse de nuevos milagros obrados por la intercesión de nuestro Santo. Y ese mismo año se da el decreto que los aprueba, y con ello un paso decisivo para la canonización del sacerdote romano Juan Bautista de Rossi.
Por otro decreto de abril de 1881, siendo relator de la causa el cardenal Miecislao Leodochowski y promotor de la fe el padre Salviati, se da permiso para que se proceda a ella.
Y al fin, el 8 de diciembre de este mismo año, juntamente con los Beatos José de Labre, Lorenzo de Brindis y Clara de Montefalco, fue elevado a la Gloria de Bernini por Su Santidad León XIII.
El Papa de los obreros había servido a la Providencia para glorificar al Santo escondido de los pobres y de los humildes, San Juan Bautista de Rossi.
(Fuente: Mercaba.org)