miércoles, 6 de junio de 2012

San Marcelino Champagnat


Nació este varón de Dios el 20 de mayo de 1789, en la aldea de Rosey, de la parroquia de Marlhes, departamento de Loira, diócesis, desde 1801, de Lyon. Fueron sus padres Juan Bautista Champagnat y María Chirat; este matrimonio tuvo diez hijos. El padre era hombre recto, bastante instruido, de buen juicio y muy estimado en la comarca; sus convecinos acudían a él para que dirimiera sus diferencias. El aprecio de que gozaba y su relativa buena hacienda le merecieron el nombramiento de jefe del municipio de Marlhes; mantuvo el cargo con rectitud inflexible y protegió decididamente a la Iglesia, por lo cual fue juzgado desafecto a la Revolución, sometido a procesos y vejado con pérdidas cuantiosas.

La madre era muy piadosa, devota ferviente de la Santísima Virgen, solícita con sus hijos, excelente ama de casa y consejera a la que acudían a su vez vecinas y amigas. Llegada la noche rezaba en familia el rosario con las últimas oraciones y daba lectura a Las vidas de los santos. María Chirat ofreció su hijo a la Virgen, y se dispuso a esmerarse en la educación de Marcelino.

El ambiente familiar era propicio por demás para la adecuada formación del alma de nuestro Beato. Tenía la madre un hermano llamado Marcelino, piadoso como ella, y que, alborozado y diligente, apadrinó en la pila a su sobrino y le impuso los nombres de Marcelino, José y Benito. En la misma casa vivía refugiada la tía Rosa, hermana de su padre, expulsada por el Terror de su convento; esta santa mujer ayudó a la madre en la educación cristiana de Marcelino; le hablaba de Dios, de María, de los ángeles custodios y de los estragos de la Revolución. Las instrucciones, consejos y ejemplos de la edificante tía calaron hondo en el alma de Champagnat, como más tarde lo reconocía y comentaba agradecido.

Frutos del cristianismo práctico de aquel hogar fueron, entre otros, el bautismo sin dilación de Marcelino, al día siguiente de nacer, fiesta de la Ascensión; la preparación esmerada de Marcelino a la comunión primera, que recibió a los once años en la primavera de 1800; la mayor frecuencia en comulgar, ya en la casa, ya en el seminario, de lo entonces en uso y que hubo que conceder a Marcelino, y la consagración a Dios de otros hermanos que siguieron el ejemplo de nuestro Beato,

Rosey era un lugarejo situado en la zona elevada y montañosa del sudoeste de Lyon, región agreste de los montes Pilat, donde aún se guardaban costumbres patriarcales; la vida de los Champagnat-Chirat la constituían los deberes religiosos, la atención a los hijos, el cuidado de una granja-molino, la ganadería, la agricultura, en ocasiones la albañilería, la carpintería y el oficio de herrero, y siempre una sobria y prudente administración en la que eran expertos los padres; en todas estas prácticas iba iniciando a sus hijos Juan Bautista, y de todas ellas sacó Marcelino buen provecho para sus empresas posteriores.

Esta fue cortada al talle de la de Nazaret, la primera acreditada escuela cristiana de Marcelino, en, la que aventajó mucho y mereció promoción a más altos destinos.

La Revolución había maltrecho la Iglesia en Francia; era arzobispo de Lyon el insigne y piadoso cardenal Fesch, tío de Napoleón Bonaparte, quien decidió restaurar la vida cristiana en su diócesis y empezó por restablecer y poblar los seminarios; mandó que su vicario general enviase sacerdotes emisarios que hallaran jóvenes aptos para el sacerdocio; el párroco de Marlhes enderezó los pasos del visitante que le correspondió hacia la granja de los Champagnat; no eran llamados por Dios los hermanos mayores de Marcelino, pero éste, que, por muerte del último hijo, había quedado el benjamín, si bien perplejo al pronto, reaccionó en seguida con decisión y aceptó la vocación divina en la que jamás vaciló a pesar de las dificultades muy grandes que tuvo que vencer. La escuela de Cristo en la granja de Rosey había dado su floración esplendente: un sacerdote.

Y pasó Marcelino a la escuela superior de la formación de su alma, el seminario. En octubre de 1805 ingresó en el Seminario Menor de Verriéres, y en él acreció la piedad, ejercitó la fortaleza, aprovechó las humillaciones, fue dechado de paciencia y regularidad y ganó el afecto de sus colegas, el aprecio de sus superiores y maestros y el nombramiento de prefecto de disciplina durante las noches, de las que se sirvió para el estudio, realizando una evolución que sorprendió a profesores y condiscípulos y acortó los cursos de su carrera.

En octubre de 1813 ingresó en el Seminario Conciliar de Lyon. La divina gracia le condujo a perfección más alta; escogió por virtud predilecta la humildad, con la que su santidad resultó hondamente cimentada; gozó en los estudios que le hablaban de Dios; formó parte de un grupo de doce seminaristas resueltos a emplear sus vidas en la restauración cristiana del mundo, por medio de la devoción y culto de María, el apostolado de las misiones y del catecismo, y de su ejemplo; comunicaron sus planes al rector del seminario, subieron con él al santuario de Fouirviére y se consagraron a María; de aquel cenáculo mariano salieron más tarde los padres y los hermanos Maristas, y, entre aquellas almas selectas había un santo, el Cura de Ars; un beato, Marcelino, Champagnat, y un venerable, Juan Claudio Colin, fundador y primer general de la Sociedad de María.

El 22 de julio de 1816 fue ordenado sacerdote en la metropolitana iglesia de Lyon, cuando pasaba poco de los veintisiete años de edad; muy luego subió otra vez a Fourviere y ofreció a María su sacerdocio. Fue nombrado coadjutor de la Valla, pueblo situado en las estribaciones del Pilat, con extensa feligresía diseminada entre montes y comunicada por pésimos caminos; al llegar Marcelino a la vista de la torre de la iglesia de su cargo se arrodilló y, con oración sentida, se dispuso a emprender la etapa de ejercitación heroica de virtudes apostólicas con las que iba a consumar su perfección.

Fue el consuelo del anciano párroco, que le reputó irreprensible; levantó el caído esplendor de su iglesia; cuidó de que ningún enfermo muriera sin sacramentos, sin reparar en la hora, en el rigor de las estaciones, en el cansancio o el desfallecimiento por tiempo transcurrido sin alimento para poder comulgar, ni en la distancia y mal camino. Predicaba con unción; y las notas conservadas de sus sermones y avisos de buen gobierno requieren talento y densa cultura eclesiástica. Se ganó la confianza de los jóvenes, de los ancianos, enfermos y de todos sus feligreses. Acabó con el vicio de la embriaguez, con las fiestas mundanas y las malas lecturas: un día entero se alimentó su hogar con libros esparcidos por la Revolución; fundó una biblioteca y regaló lecturas con prodigalidad. Se granjeó el corazón de los niños, a los que tanto gustó su catequesis que vez hubo en que, engañados por la luna, creyeron que amanecía y los hubo de recoger en la iglesia antes de salir el sol; sus lecciones de catequista eran recordadas treinta años después con agrado por los mayores que le oyeron. La transformación de la Valla fue completa y su buen suceso recuerda el cabal éxito apostólico de su condiscípulo Juan María Vianney.

Y, así preparado por Dios, surgió el fundador que nos presentan sus hijos, los hermanos maristas, como muy joven fundador de la Iglesia, pues contaba algo más de veintisiete años al fundar, y moría a los cincuenta y un años de edad; nos lo describen los maristas diciendo: Fue de elevada estatura, robusto y bien constituido: de carácter enérgico y dulce a la vez. Hombre alto en su aspecto físico y hombre gigante en la virtud ...”.

En los coloquios apostólicos marianos decía Marcelino a sus compañeros que necesitaban hermanos que ayudaran a los sacerdotes misioneros y enseñaran el catecismo; insistió reiteradamente en su idea, y sus amigos, al fin, le dijeron que, pues era idea suya, se encargara él de su ejecución; pero tuvo además Marcelino la ratificación del cielo para la empresa de fundación; dice un marista: “... tuvo la personal inspiración de fundar un Instituto de hermanos..., la recibió el año 1816, en una de sus frecuentes visitas al santuario de Nuestra Señora de Fourviére, en Lyon"; una placa de bronce recuerda en el santuario este suceso. Pero el momento escogido por Dios para lanzar a Marcelino a su obra fue a fines de octubre de 1816, cuando fue requerido para asistir en su muerte a un adolescente llamado Francisco Montaigne, que expiraba en total desconocimiento de los rudimentos de la doctrina cristiana; Marcelino, lleno de amor y de celo, le instruyó y dispuso a morir como un ángel, y se retiró con el tiempo justo para haber salvado un alma. Champagnat se conmovió y, meditando en el ingente número de niños y adolescentes que se hallarían en el mismo caso que Montaigne, resolvió proceder a la fundación de sus hermanos.

El Instituto comenzó el 2 de enero de 1817; la primera casa fue, por su pobreza, un auténtico portal de Belén. Animado Marcelino por sus superiores eclesiásticos y probado con la cruz de la adversidad, solicitados sus hermanos por los párrocos que le pedían escuelas, acometió las obras de su Casa en el valle que desciende de La Valla a Saint-Chamond, a las orillas del Gier. El día de la Asunción de 1825 fue bendecida esta Casa, que él denominó Nuestra Señora del Hermitage. Allí murió Marcelino el 6 de junio de 1840, sábado, día de la semana en que deseaba morir, a la hora del amanecer, en que sus hijos, por su mandato, cantan la salve. En el Hermitage dictó su testamento al hermano Luis María y lo hizo leer a sus hijos a su presencia antes de expirar; es modelo de santidad y muestra de talento y buen gobierno; recomienda la obediencia, la caridad, delicada hasta con todos los demás Institutos; la sencillez, la perseverancia marista como prenda de salvación, el oficio de ángeles custodios con los niños y el amor a María, primera Superiora del Instituto. Al morir dejaba Marcelino en Francia 280 hermanos, con 40 Casas.

La pedagogía marista tiene características propias, aprovechamiento de progresos que halló reconocidos, enmienda de fracasos frecuentes en la enseñanza y aciertos de orientación en bien de la Iglesia. Es Instituto dedicado a Dios por el apostolado exclusivo de la enseñanza; muy adicto a la jerarquía eclesiástica; amigo del clero secular desde su comienzo y a lo largo de su historia: el caso del párroco de Saint Chamond, señor Dervieux, ayudando generosamente al fundador en un momento difícil de su incipiente obra, era el preludio de una mutua cooperación entre hermanos y sacerdotes que había de ser nota distintiva de los maristas.

Marcelino padeció un maestro que no supo discernir un retraso mental por falta del cultivo del alma de una inteligencia escasa; no quiso pisar más en una escuela en la que vio maltratar a un niño, y lloró siempre la exasperación y desvío de la Iglesia de un niño al que motejó un sacerdote en la catequesis con tan desgraciada fortuna que los condiscípulos le abochornaban con el apodo molesto. Prohibió para siempre los remoquetes en sus casas; desterró de sus aulas los castigos aflictivos; para estímulo de instrucción y educación se sirvió del canto en la escuela; aprovechó el método simultáneo de enseñanza establecido por Juan Bautista de la Salle; introdujo el uso docente de las consonantes seguidas de vocal, práctica muy suya que se generalizó enseguida en Francia y ha pasado a la pedagogía universal; fue precursor de la escuela activa por la participación de los alumnos de su propia formación; entre los maristas ha habido en este último aspecto aventajados seguidores de Champagnat...; inculcó en sus hijos el cultivo de la intuición; un día explicaba con una manzana la forma de la tierra y la existencia de infieles en apartadas regiones; un niño que le oía con interés fue más tarde monseñor Epalle, misionero de Oceanía y mártir en las islas Salomón. Así quería Champagnat a sus hijos, los hermanos maristas, catequistas perfectos, y para esto les manda: una hora diaria de estudio religioso y que enseñen el catecismo cada día en sus clases y en la primera hora de lección del día...

Pero la quintaesencia de la pedagogía marista es la devoción, culto y amor a María; el lema del Instituto es el de Marcelino: Todo a Jesús por María y todo a María para Jesús; a María llamaba y tenía el fundador por su recurso, ordinario; encarga a sus hijos que den culto brillante al mes de María; decía así Champagnat: "En el Instituto todo pertenece a María; bienes y personas; todo debe emplearse a su gloria; amarla..., inculcar su devoción a los niños... como medio de servir fielmente a Jesucristo... es el fin y el espíritu de la Congregación."

Así se ha podido publicar en la beatificación de Champagnat, 29 de mayo de 1955, que en poco más de un siglo este Instituto ha llegado a 8.500 hermanos con 5.500 formandos o novicios, de 700 colegios en 52 países y más de 250.000 alumnos.
(Fuente: Mercabá.org)


martes, 5 de junio de 2012


Bonifacio o Winfrido es justamente designado como apóstol de Alemania, si bien es verdad que ya antes de él otros misioneros habían predicado el Evangelio en diversas regiones de este territorio, y a pesar de que algunas de estas regiones, como Baviera y Turingia, constituían ya importantes núcleos de cristiandad. A él se debe, en efecto, en primer lugar, el haber generalizado y sistematizado, mucho más que los anteriores misioneros, la evangelización de la mayor parte de Alemania, y, por otra parte, el haber organizado de una manera definitiva la jerarquía de estos vastos territorios, procediendo en toda esta labor en inteligencia con los Romanos Pontífices. Mas con todo este trabajo de evangelización de Alemania y organización de sus iglesias no se agotó la actividad de este grande apóstol. Esta comprende una segunda parte, a la que suelen atender menos los historiadores, pero que tuvo extraordinaria importancia en la vida de San Bonifacio. Es la regeneración y reorganización de la Iglesia de los Francos, que se hallaba en gran decadencia. Así, pues, San Bonifacio es apóstol de Alemania y reorganizador de la Iglesia franca.

Llamábase Winfrido y nació hacia el año 680, según todas las probabilidades, en el territorio de Wessex, de una familia profundamente cristiana. Contando sólo cinco años, atraído por el ejemplo y las palabras de unos monjes, manifestó a sus padres el deseo de seguirlos, y, después de vencer su persistente oposición, pudo dirigirse a la escuela del monasterio de Exeter. Contaba entonces sólo siete años y durante otros siete pudo poner los más sólidos fundamentos a su formación humanística y sacerdotal. A los catorce se trasladó al monasterio de Nursling, de la diócesis de Winchester, donde, ingresado en la Orden, recorrió los estudios superiores del llamado Trivio y Cuatrivio, en los que salió tan aventajado que bien pronto pudo ser allí mismo renombrado maestro. De ello nos dejó una excelente prueba en una gramática latina que compuso en este tiempo.

Pero mucho más que en los estudios profanos, que constituían la base de la formación humanística y filosófica, se aventajó Winfrido en los eclesiásticos, que más directamente debían servirle para los ideales apostólicos que ya entonces acariciaba en su interior. Por esto consta que estudió de un modo especial la Sagrada Escritura y la dogmática o teología, tal como entonces se proponía, al mismo tiempo que realizaba los primeros ensayos de predicación entre la gente humilde y sencilla del pueblo. Todo esto, unido a un espíritu profundamente religioso, a la práctica de todas las virtudes monásticas y a un abrasado amor de Dios y del prójimo, le prepararon convenientemente para la grande obra a que Dios lo destinaba.

Precisamente entonces eran frecuentes las salidas de Inglaterra de monjes misioneros, que partían para el centro y norte de Europa, donde se entregaban con toda su alma a la evangelización de aquellos territorios, todavía paganos. Hallábase entonces en la región de Frisia (la actual Holanda) el gran apóstol San Willibrordo, y continuamente llegaban a los monasterios de Inglaterra e Irlanda voces en demanda de nuevos misioneros. Winfrido, pues, que se hallaba a la sazón en la plenitud de su vida, se sintió llamado por Dios a este inmenso campo de apostolado, y, después de obtener, tras largas luchas, el permiso de su abad, partió para el Continente, junto con otros dos compañeros, el año 716.

Más no había llegado todavía la hora de Dios. La situación del norte de Europa era insegura, por lo cual Winfrido se convenció de que su labor apostólica sería inútil. Así, pues, volvióse a su monasterio de Nursling, donde, a la muerte del abad Wimbert, trataron los monjes de elegirlo a él. No sin mucho esfuerzo consiguió, al fin, verse libre de esta dignidad, pues su única obsesión era volver al Continente para entregarse de lleno a su evangelización. Convencido, pues, de que, para dar verdadera eficacia a su labor, era necesario recibir una comisión directa del Papa, se dirigió el año 718 a Roma.

Era el primer viaje que hacía a la Ciudad Eterna. El papa San Gregorio II le recibió con muestras de extraordinaria satisfacción, le cambió su nombre de Winfrido por el de Bonifacio; lo instruyó ampliamente sobre el modo de introducir en los pueblos germanos la doctrina cristiana, la liturgia y administración romana, y en la primavera de 719 le dio una comisión especial para los pueblos del centro de Europa.

Atravesando, pues, Bonifacio la Baviera y el centro de Alemania se dirigió a Frisia, donde providencialmente había muerto su rey Radbod, y su sucesor, unido con los francos, se mostraba favorable a la predicación del Evangelio. Allí, pues, al lado del veterano apóstol San Willibrordo, pasó el novel misionero Bonifacio tres años. Este aprendizaje fue de grandísima utilidad para él. Sin embargo, resistiendo a las instancias de San Willibrordo, quien, ya anciano, deseaba nombrarle sucesor suyo, y siguiendo las instrucciones del Papa, se dirigió a Hesse, donde inició su primera gran campaña de predicación. En este tiempo se le juntó uno de sus más fieles colaboradores, llamado Gregorio. Para dar más firmeza y regularidad al trabajo misionero estableció pronto su primer monasterio en Amöneburg. El resultado de sus primeros trabajos fueron millares de conversiones y el establecimiento de numerosas cristiandades.

Ante las primeras noticias de los éxitos obtenidos el Papa le llamó a Roma, donde, bien informado de su espíritu y de sus métodos de predicación, así como también de los nuevos campos que se abrían al Evangelio, le consagró obispo el 30 de noviembre, fiesta de San Andrés, del año 722. A esta dignidad, que tanto ascendiente debía dar a Bonifacio, añadió el Papa una carta especial para Carlos Martel, con el objeto de que obtuviera de éste su apoyo oficial para tan importante empresa, y asimismo gran cantidad de reliquias, el Código oficial canónico y otras cosas que contribuían a dar mayor autoridad al misionero.

Armado, pues, Bonifacio de su nueva autoridad episcopal y de todas estas nuevas armas,se dirigió a Carlos Martel, quien, a la vista de la carta pontificia, puso al servicio del misionero todo el apoyo de su poder. En esta forma entró de nuevo Bonifacio en Alemania y se dispuso a continuar la obra comenzada en Hesse. Para ello realizó entonces una de las más sublimes hazañas de su vida misionera, con el objeto de deshacer la superstición pagana, que constituía el principal obstáculo del Evangelio. Efectivamente, en un día señalado con anticipación, para hacer presencia de gran multitud de paganos, dio con sus propias manos algunos golpes de hacha y luego hizo derribar la encina sagrada de Geismar, a la que los gentiles profesaban gran veneración. Al ver, pues, los paganos que sus dioses no hacían nada para vengar aquel ultraje, reconocieron su impotencia, y a partir de este hecho se mostraron mejor dispuestos para recibir el Evangelio. Con la madera de aquella encina hizo Bonifacio construir una iglesia dedicada a San Pedro, y a corta distancia de ella levantó el monasterio de Fritzlar, que fue en adelante uno de los puntos de apoyo de su obra misionera.

Puesta ya en marcha la misión de Hesse, el año 725 pasó a Turingia, donde ya anteriormente había sido introducido, pero no había arraigado el cristianismo, y allí continuó desarrollando su actividad apostólica. En todas partes encontraba al pueblo dispuesto a escuchar la palabra de Dios. Lo único que faltaba eran misioneros. Por esto insistió constantemente a los monasterios ingleses en demanda de nuevas fuerzas, y, en efecto, fueron llegando muchos monjes misioneros durante los años siguientes. Bien pronto fundó en Turingia, cerca de Gotha, el monasterio de Ordruf, que fue su base de operaciones en aquel territorio. Entre los nuevos misioneros son dignos de mención San Lull, que fue el sucesor de San Bonifacio en la sede de Maguncia, y San Esteban, su futuro compañero de martirio. Llegaron asimismo religiosas, que iniciaron la rama femenina del monacato en Turingia y Hesse. Entre ellas se distinguieron Santa Tecla, Santa Walburga y sobre todo la prima del mismo San Bonifacio, Santa Lioba.

Cerca de diez años hacía que trabajaba en estas regiones de Hesse y Turingia, alentado siempre por San Gregorio II, cuando este gran Papa murió en 731. Su sucesor, San Gregorio III (731-741), conociendo perfectamente el celo y la santidad de San Bonifacio, le envió en 732 el palio arzobispal, constituyéndole metropolitano de toda la Alemania al otro lado del Rhin, a lo que añadía una amplia facultad para fundar nuevos obispados en todos aquellos territorios.

Algunos años más tarde, en 737, hizo su tercer viaje a Roma, con el objeto de tratar detenidamente con el Romano Pontífice sobre la organización definitiva de las iglesias germanas. Entonces recibió de Gregorio III el nombramiento de legado apostólico con poder general sobre todos aquellos territorios, y en Montecassino obtuvo uno de sus mejores auxiliares, al monje San Willibald, y otros misioneros. Con estos nuevos poderes y nuevos auxiliares se dirigió, ante todo, a Baviera, cuyas cristiandades reorganizó e introdujo una plena jerarquía con los obispados de Salzburgo, Ratisbona, Freising, Passau y otros.

Una vez organizada la iglesia de Baviera, volvió a su campo de operaciones de Hesse y Turingia, donde creó los obispados de Erfurt para Turingia, Buraburg para Hesse y Wurzburgo para Franconia; algo más tarde organizó el obispado de Eichstätt. El año 741, mientras realizaba esta obra fundamental de estabilización de aquellas iglesias, fundó la abadía de Fulda, tan célebre en lo sucesivo, y donde debían luego descansar sus restos mortales.

Este mismo año 741 entró San Bonifacio en un nuevo campo de su actividad, al que tal vez han prestado menos atención los historiadores, y que da una idea completa de la magnitud de la obra apostólica de San Bonifacio. En efecto, su encendido amor de Dios y su celo por las almas no se contentaron con la evangelización y organización de las iglesias germanas, sino que realizó también una completa regeneración y reorganización de la Iglesia en Francia. Esta se encontraba, en efecto, en un estado de general decadencia. Muerto el año 741 Carlos Martel, su hijo Carlomán heredó los territorios orientales de Austrasia y Pipino los occidentales de Neustria. Entonces, pues, el piadoso Carlomán, que conocía perfectamente el celo apostólico de San Bonifacio, le invitó para que acudiera a sus dominios con el fin de reformar la disciplina eclesiástica. Aceptó Bonifacio la invitación y comenzó al punto su tarea. Esta se dirigió principalmente a los elementos eclesiásticos, los clérigos, obispos y monasterios. Mas, para dar más eficacia a su acción reformadora, apoyada siempre por Carlomán y más tarde por Pipino, celebró una serie de concilios, célebres en la historia de la Iglesia de Francia.

El primero tuvo lugar en Austrasia en 742. Es el primer concilio germánico. Del resultado que con él obtuvo San Bonifacio puede juzgarse por las disposiciones reformadoras que se tomaron. Se atacó a la raíz del mal, ordenando la devolución de los bienes eclesiásticos. Se urgió el derecho de los obispos y se dieron severas disposiciones contra los vicios de simonía e incontinencia del clero. Todas estas disposiciones fueron luego proclamadas como leyes del Estado. En 743 se celebraron otros dos sínodos en Austrasia. El año siguiente solicitó también Pipino la intervención de San Bonifacio en los territorios de Neustria, donde se celebraron dos sínodos y se introdujeron todas las normas reformadoras de Austrasia. El año 745 se pudo celebrar ya un concilio general para ambos territorios. El resultado fue a todas luces visible. A los cinco años de labor de San Bonifacio la Iglesia franca quedaba completamente regenerada.

El concilio general germano del año 747 fue la mejor confirmación de los resultados obtenidos por la grandiosa obra de San Bonifacio. En él todo el episcopado franco firmó la llamada Carta de la verdadera profesión de fe y de la unidad católica y la mandaron a Roma. De este modo toda la Germania y toda Francia quedaban, por la obra de San Bonifacio, íntimamente unidas con Roma.

Pero esto mismo señala otro punto culminante de la vida de San Bonifacio. Hasta este tiempo poseía una comisión general para todos aquellos territorios. El nuevo papa Zacarías juzgó llegado el tiempo de nombrar a San Bonifacio arzobispo de Maguncia, constituyendo esta sede como primada de Alemania y Francia. De este modo se completaba la unidad de la obra de San Bonifacio. Apenas realizado esto, perdió el mismo año 747 a su principal apoyo, Carlomán, quien se retiró a un monasterio. Pero su hermano Pipino el Breve, que unió entonces toda Francia, continuó prestándole el mismo apoyo. La obra de Bonifacio continuó, pues, produciendo los más sazonados frutos, no obstante los disturbios promovidos por algunos caracteres turbulentos.

Pero, entretanto, San Bonifacio, ya de avanzada edad, obtuvo el nombramiento de su discípulo y colaborador Lull como sucesor suyo en la sede de Maguncia. Pero su ardiente espíritu misionero no encontraba mejor descanso que el campo de sus primeros trabajos apostólicos. Se dirigió, entonces, a la región de Frisia, donde con aliento juvenil se entregó de lleno al trabajo misionero entre los gentiles, todavía numerosos en aquel territorio. Los primeros éxitos de esta nueva y última campaña del veterano apóstol le rejuvenecieron extraordinariamente. Sentíase allí como en su propio elemento. Organizaron las cosas para celebrar una confirmación en el campo de Dokkum; y el 5 de junio de 754, cuando esperaba a los nuevos cristianos para administrarles este sacramento, cayeron sobre él unos gentiles fanáticos y le martirizaron junto con cincuenta y dos compañeros. Enterrado primero en Utrecht, más tarde fue trasladado a Maguncia y luego a Fulda.

Con justicia se le ha dado el título de apóstol de Alemania en el más amplio sentido de la palabra. San Bonifacio es uno de los más excelentes ejemplos de los grandes misioneros de la Iglesia católica de todos los tiempos. Su encendido amor de Dios y de las almas le comunicó la fuerza necesaria para vencer las mayores dificultades y trabajar hasta derramar su sangre por la fe que predicaba. El resultado de su obra apostólica, verdaderamente admirable, se extendió a toda Alemania y a Francia.


lunes, 4 de junio de 2012

A modo de aclaración

Queridos amigos: habrán observado que en las referencias al santoral del día, utilizamos generalmente una forma extensa de hacerlo.
De esta manera podrá el lector tener más elementos que lo ayuden en su tarea de valorar las condiciones humanas y espirituales que hicieron de cada santo un verdadero testimonio de vida cristiana y así posibilitar la imitación de sus ejemplos.

San Francisco Caracciolo


San Francisco Caracciolo nace el 13 de octubre de 1563, el mismo año en que se clausura el concilio de Trento. Sus biógrafos toman tal coincidencia por un presagio, pues este Santo está plenamente dentro del espíritu de la reforma tridentina.

Al clausurarse el concilio fue como si la Iglesia hubiera lanzado un suspiro de alivio. Quedaba salvaguardada la integridad del dogma frente a los desvíos protestantes, se había formulado una legislación pastoral capaz de renovar el espíritu del clero y la piedad de los fieles, se habían sentado las bases justas para toda la renovación de la vida cristiana.

A mayor abundamiento Dios había concedido a la cristiandad un Papa santo que la librase de la amenaza turca, y se mostrase decidido a aplicar con toda energía la verdadera reforma. Puso en orden la curia pontificia, exhortó a mayor austeridad a los cardenales, obligó a guardar la residencia a los obispos, envió misioneros a los países recientemente descubiertos, y según escribían los embajadores venecianos Pío V llevaba trazas de hacer de Roma un convento.

Al inflexible dominico sucedieron los papas Gregorio XIII, Sixto V y Clemente VIII, los mismos que llenan el último tercio del siglo XVI y las primeras fechas del XVII, contemporáneos todos de San Francisco Caracciolo.

Estamos en toda la gloria del Barroco, esa manifestación compleja que desborda el arte para afectar la literatura, el teatro y las mismas formas devocionales.

¡Qué diferencia entre los comienzos del siglo XVI y su coronación! La orgía del Renacimiento había sacudido con un viento de locura a la Ciudad Eterna. Fue una fiebre que embotó los sentidos para no ver siquiera el alcance de la rebelión de Lutero. Dios tuvo que enviar contra la urbe distraída el castigo del sacco. Pero, misericordioso también, le envió una racha de santos reformadores. Pudiéramos decir que abren la marcha San Cayetano y San Ignacio; pero después son pelotón, como cuando avanzan juntos los ciclistas de la "vuelta".

Se reforman las Ordenes antiguas y nacen Ordenes religiosas nuevas, atentas a las necesidades de los tiempos y como enfrentándose al protestantismo. Ellos negaban el valor de las buenas obras, el culto a la Eucaristía, la eficacia de la confesión, la veneración a los santos... Las nuevas Ordenes se dedican a la enseñanza, al cuidado de los enfermos, a la educación de la juventud. Se exalta la adoración al Santísimo, hasta llegar a establecerse las Cuarenta Horas, que regula Clemente VIII. La dirección espiritual llena de confesonarios los templos y San Felipe Neri emplea largas horas en este ministerio. El culto llega a fastuosidades no conocidas antes, los templos se hacen hermosos, ricamente decorados, las imágenes inflan sus ropajes desde las altas hornacinas, los cuadros tocan los temas del martirio, de la beneficencia, de los éxtasis milagrosos. El arte se pone en línea de batalla para dar réplica contundente a cada una de las negaciones protestantes.

Y con el arte, la teología en Salamanca y Alcalá, y la historia en los volúmenes de Baronio y la patrística en los de Petavio, y la mística teología en la prosa castellana de Santa Teresa y San Juan de la Cruz.

Ahora los decretos del concilio no serán cánones muertos en las colecciones sinodales. Una pléyade de santos obispos estimulará la reforma con su ejemplo. Giberti y Santo Tomás de Villanueva, San Carlos Borromeo y San Francisco de Sales, fray Bartolomé de los Mártires y el Beato Ribera serán el ejemplo viviente para estímulo de pastores. Podemos decir con plena justicia que la época postridentina es, con el siglo XIII, el momento de mayor eclosión de santidad que ha conocido la Iglesia.

Entonces precisamente nace en un pueblo italiano de los Abruzos, en Villa Santa María, un niño hijo de familia distinguidísima en Italia y enlazada con las principales casas de aquella región y aun del reino de España. Don Francisco Caracciolo y su esposa, la noble dama doña Isabella Baratuchi, tuvieron la dicha de tener cinco hijos, que consagraron al servicio del Señor, excepto el primogénito, que llevó la casa. El segundo fue el Santo a que nos estamos refiriendo, al que dieron en el bautismo el nombre de Ascanio, que después, en decisiva circunstancia, cambiaría por el de Francisco.

Puede suponerse la esmerada educación que tan ilustres progenitores darían a sus hijos. Con Ascanio, además, cualquier esfuerzo rendía copioso fruto. A los seis años le aplicaron al aprendizaje del latín, y por estar dotado de un excelente ingenio, ya a los nueve podía formar discursos y entablar conversaciones en esta lengua. No menos prodigiosos fueron sus progresos en la retórica y en las letras, haciendo su conversación agradable y elocuente, según el gusto depurado de la época.

Llegado a la juventud su padre lo destinó al ejercicio de las armas. Ascanio era un apuesto mancebo, de ojos negros, cabellos ensortijados, piel ligeramente morena. Un joven agraciado, como los italianos del Sur, con la viveza y desenvoltura propia de esta raza de artistas.

Los autores advierten que Ascanio consiguió superar la prueba de la milicia sin menoscabo de su virtud; era un joven piadoso, devotísimo de la Sagrada Eucaristía y de la Santísima Virgen, que diariamente rezaba el oficio parvo y el rosario y ayunaba los sábados. Pero estas devociones eran por entonces patrimonio de muchas almas. Propiamente en Ascanio no había surgido aún el problema vocacional. Fue necesario que Dios le visitase con la enfermedad. A los veinte años se halló cubierto de un mal repugnante que los médicos diagnosticaron como lepra. Sus amigos le desampararon por temor al contagio. En tales circunstancias es cuando hace voto de abrazar el estado religioso si un milagro le devolvía la salud.

Y Ascanio curó. Marchó a Nápoles para estudiar teología. Allí visitaba las iglesias, sobre todo las menos frecuentadas de público, donde le era más fácil entregarse a la oración. Y en 1587 recibió el sacerdocio. Para hacer útil su ministerio se inscribió al año siguiente en la cofradía de los Bianchi, los Blancos, una congregación sita en la iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, que se ejercitaba en oficios de caridad con los enfermos, los presos, los condenados a galeras y aun los ajusticiados. Porque Nápoles es tierra volcánica donde la sangre hierve en las venas, como la lava en el Vesubio, y donde acudían a repostar las naves del rey católico, que sin tregua ni descanso hacían la guerra a turcos y berberiscos. ¿Y quién puede contener en tierra a marinos y soldados dispuestos a compensarse de la dura disciplina del mar? Las pendencias y las reyertas estaban a la orden del día, y frecuentemente acababan en sangre. Recuérdese que Tirso de Molina sitúa en Nápoles las hazañas de Enrico, de su obra El condenado por desconfiado. Siendo entonces los procedimientos judiciales muy expeditivos y el virrey español inflexible en aplicar las sentencias, con esto está dicho que a los hermanos de la Cofradía de los Blancos no les faltaría tarea en que emplearse.

Por entonces vino a Nápoles un genovés, Juan Antonio Adorno, a quien San Luis Beltrán pronosticara en Valencia que había de ser fundador de una nueva religión. Comunicando tal vaticinio con su director espiritual, el padre Basilio Pignatelli, le alentó al cumplimiento de tal aviso, llevándoselo consigo a Nápoles, para que, fuera de su país —Italia estaba entonces dividida en muchos Estados—, pudiera ejecutarlo con menos obstáculos.

Adorno fue ordenado sacerdote y se inscribió también en la Cofradía de los Blancos, y allí conoció a un pariente de Ascanio, don Fabricio Caracciolo, abad de Santa María la Mayor, hombre de mucho mérito, en quien puso los ojos para realizar sus ideas. De común acuerdo determinaron ambos escribir a un tercer pariente de nuestro Santo, llamado también Ascanio, a quien dirigieron una citación. Por error del emisario la carta fue llevada no al verdadero destinatario, sino a su homónimo, quien consideró providencial la equivocación y aceptó complacidísimo intervenir en aquel asunto, viendo el dedo de Dios, que así le indicaba la religión en la cual era gustoso que ingresase.

Reunidos los tres con los vínculos de la más pura caridad, se retiraron a la abadía de los padres camaldulenses, cerca de Nápoles, para redactar en el retiro y la oración las constituciones del futuro instituto, lo que llevaron a cabo en el espacio de cuarenta días.

Pasaron Adorno y Ascanio a Roma para solicitar la aprobación de la Orden del papa Sixto V, quien la reconoció con fecha del 1 de julio de 1588, dándoles el nombre de "clérigos menores". A los tres votos habituales añadían un cuarto de no aceptar dignidades eclesiásticas. Vueltos a Nápoles hicieron su profesión en manos del vicario del arzobispado en el oratorio de la Virgen del Socorro el día 9 de abril de 1589, en cuyo acto se mudó Caracciolo el nombre de Ascanio por el de Francisco, por la gran devoción que profesaba al seráfico patriarca, a quien se propondría imitar en toda su vida.

En Nápoles se les agregaron diez clérigos, completando así el número de doce, como en el Colegio Apostólico. Para atraer hacia el nuevo instituto las bendiciones de lo alto, ayunarían por turno a pan y agua una vez a la semana y se relevarían de hora en hora junto al Santísimo, a fin de que la adoración fuese perpetua.

Adorno pensó marchar a España para recabar de Felipe II permiso para establecer en sus reinos la nueva Congregación, pues un decreto reciente del Consejo de Estado prohibía admitir nuevas religiones, por la exuberancia de fundaciones que en todas partes se llevaban a cabo. Francisco Caracciolo le acompañó, y después de un viaje penosísimo por mar llegaron a Madrid, donde les colmaron de honores, pero no encontraron solución favorable en la corte a sus demandas. Vueltos a Italia obtuvieron nueva confirmación del instituto del papa Gregorio XVI. Adorno, después de grave enfermedad, fallecía en Nápoles el 18 de febrero de 1591. Entonces fue elegido Caracciolo para sucederle en la congregación general que se celebró el día 9 de marzo de 1593, poniendo él como condición que dicho cargo sólo durase un trienio. Contaba entonces Francisco treinta años, edad considerada entonces como demasiado juvenil para tareas de tan grave responsabilidad, pero su eminente virtud y consumada prudencia decidió la elección.

El 10 de abril de 1594 se le presentó nuevamente ocasión favorable de volver a España. Pasando de Nápoles a Madrid don Juan Bautista de Aponte, nombrado presidente del Supremo Consejo de las Indias, le invitó a acompañarle, costeándole los gastos del viaje. Sin embargo, no consiguió que se hospedase en su casa de Madrid, haciéndolo en el hospital de los italianos, con objeto de poder asistir a los pobres enfermos, en cuyo oficio y en otros no menos admirables brilló su heroica caridad para edificación de todos.

Fue al Escorial para entrevistarse con Felipe II y lograr despacho favorable a su demanda, pero halló la más tenaz oposición entre los miembros del Consejo, no logrando resultados positivos.

Sin embargo, como se agravasen los dolores de gota del rey, dio en pensar Felipe II si eran consecuencia de la negativa dada a Caracciolo, haciéndole llamar al instante para que se cumplimentase su solicitud; hecho esto, al punto cesaron los dolores. Entonces, agradecido, le remitió al arzobispo de Toledo, con orden de que se apoyase el establecimiento en España del nuevo Instituto, lo que logró con la ayuda de un caballero principal que le cedió una casa para ello. Allí se recogió el Santo con algunos compañeros, ejercitándose en las funciones del confesonario y púlpito con tanto celo y notorio aprovechamiento de las almas, que mereció el nombre de predicador del amor de Dios, conciliándose con esto y su virtud la veneración de toda la corte.

Pero la persecución es patrimonio de las obras de Dios, y el mismo caballero que le protegía iba a ser el origen de la tempestad que se levantó en contra de los clérigos menores. Porque dicho señor comenzó a mezclarse en los asuntos privados de la Congregación, y como Francisco resistiese a semejante abuso, tomó tal inquina al Santo que comenzó a propalar contra él y sus compañeros tal suerte de calumnias que, informado siniestramente el Consejo, dio orden de que se cerrase la iglesia y que saliesen los religiosos de la corte en el espacio de seis días.

Recibió Caracciolo con su acostumbrada mansedumbre tan terrible determinación, y pasando al Escorial logró que se suspendiese la ejecución de lo mandado; pero, como los enemigos no desistiesen de molestarle, sufrió por espacio de dos años otras muchas contradicciones con admirable paciencia.

En medio de estas tribulaciones le fue preciso pasar a Italia a establecer su instituto en varias partes que lo deseaban con vivas ansias, y en Roma logró, con el favor del cardenal Montalvo, protector de la Orden, informar al papa Clemente VIII, quien, condolido de los sucesos de Madrid, le dio la más expresiva recomendación para el rey católico, que fue capaz de sosegar todas las contradicciones.

De allí volvió a Nápoles, donde la ciudad le hizo un honorífico recibimiento, arrodillándose los fieles a su paso y besándole las manos. Esto era demasiado para su humildad. Tomando el crucifijo, se hincó de rodillas en la plaza pública y pidió perdón a todos por los escándalos de su juventud.

En Nápoles le esperaba una gran alegría. Su pariente Fabricio Caracciolo, que había alentado la fundación de la nueva Orden sin decidirse a ingresar en ella, lo hizo finalmente con fecha del 15 de agosto de 1596.

En el capítulo de 1597 Francisco fue reelegido nuevamente general. Las cosas se habían sosegado en España y a Felipe II le sucedió su hijo Felipe III, que se mostró más favorable a los clérigos menores que su padre. Entonces Francisco partió por tercera vez a esta nación con cuatro de los suyos. Fundó una casa en Valladolid, donde se hallaba la corte, merced a una cuantiosa limosna que recibiera del rey. Esto fue en 1601. También fundó un colegio en Alcalá, para que sus religiosos pudieran seguir los cursos de aquella célebre universidad.

Es admirable cómo un hombre solo pudo desplegar tan asombrosa actividad y llevar a cabo tal número de fundaciones privado de recursos. Pero todavía es objeto de mayor sensación su inalterable conformidad con la voluntad divina entre tantas contradicciones como padeció, sin que saliera de sus labios la más mínima queja contra sus opositores. Aunque agasajado en medio de las cortes supo conservarse pobre y humilde. En este punto están concordes todos los que le conocieron. Se tenía por el más despreciable de los pecadores y nada le ofendía tanto como la estimación y aplauso que hacían de su persona.

De aquí resultaba aquella caridad sin límites para con los prójimos, por cuya salvación suspiraba incesantemente, tomando sobre sí rigurosas penitencias para satisfacer por sus pecados, pidiendo limosnas por las calles para socorrer a los pobres, privándose no pocas veces de lo necesario para socorrerlos, brillando su piedad con los enfermos que visitaba en sus casas y en los hospitales.

Su devoción a la Santísima Virgen era tal que sólo oír su dulce nombre le producía una emoción que se desbordaba en lágrimas. Fue propagador incansable de las glorias de Nuestra Señora, a la que llamaba con ternura su piadosa madre.

Después de nuevas fundaciones en Roma, donde le fue concedida la iglesia de San Lorenzo in Lucina y la de Santa Inés en la plaza Navona, consiguió de su Orden que se le exonerase del cargo de general, para mejor entregarse al retiro y a la oración. Eligió para habitación un hueco de la escalera del convento, donde se ocupaba día y noche en altísima contemplación y ejercicios de penitencia, acreditando Dios su eminente santidad con los dones de profecía, discreción de espíritus, lágrimas y milagros.

Era feliz en su nuevo género de vida cuando en 1608 fue requerido para marchar en Agnone, en el reino de Nápoles, por ofrecerle a la Orden una iglesia y casa los padres de San Felipe Neri, a fin de que estableciese allí el nuevo Instituto. Expuesto el caso al nuevo general, le ordenó que fuera personalmente, lo que hizo al punto; pero apenas llegado a aquella tierra, presintiendo que su fin estaba próximo, pronunció estas palabras de la Escritura: "Aquí será mi descanso por los siglos". Y, en efecto, a los pocos días de su estancia en Agnone una fiebre altísima le obligó a guardar cama. En estas disposiciones escribió a los cardenales Gimnasio y Montalvo encargándoles encarecidamente la protección de su religión. Al traerle el viático se levantó del lecho para recibirlo de rodillas, y al punto entró en agonía. No cesaba de pronunciar los nombres de Jesús y de María. Sus últimas palabras fueron: "Vamos, vamos". Y como uno de los asistentes le preguntara adónde quería ir, contestó: "¡Al cielo, al cielo!". Eran las siete de la tarde del 4 de junio de 1608 cuando entregó su alma al Creador. Tenía cuarenta y cuatro años.

Su cuerpo, que desde el instante de expirar despedía una suave fragancia, fue expuesto por tres días a la veneración de los fieles, sin que durante los mismos, aun siendo riguroso verano, se notasen síntomas de descomposición. Más tarde, en 1629, fue transportado a la iglesia de Santa María la Mayor, de Nápoles, cuna de su Orden, donde se conserva. San Francisco Caracciolo fue beatificado por el papa Clemente XIV en 1769 y canonizado por Pío VII en 1807, quien mandó incluir su oficio en el breviario romano. Se le representa con una custodia en la mano, para resaltar la devoción que tuvo su Orden al Santísimo Sacramento.

(Fuente: Mercaba.org)


sábado, 2 de junio de 2012

Santos Marcelino y Pedro - Mártires

El primero de estos dos santos mártires era un sacerdote muy estimado en Roma, y el segundo era un fervoroso cristiano que tenía el poder especial de expulsar demonios. Fueron llevados a prisión por los enemigos de la religión, pero en la cárcel se dedicaron a predicar con tal entusiasmo que lograron convertir al carcelero y a su mujer y a sus hijos, y a varios prisioneros que antes no eran creyentes. Disgustados por esto los gobernantes les decretaron pena de muerte.

A Marcelino y Pedro los llevaron a un bosque llamado "la selva negra", y allá los mataron cortándoles la cabeza y los sepultaron en el más profundo secreto, para que nadie supiera dónde estaban enterrados. Pero el verdugo, al ver lo santamente que habían muerto se convirtió al cristianismo y contó dónde estaban sepultados, y los cristianos fueron y sacaron los restos de los dos santos, y les dieron honrosa sepultura. Después el emperador Constantino construyó una basílica sobre la tumba de los dos mártires, y quiso que en ese sitio fuera sepultada su santa madre, Santa Elena.

Las crónicas antiguas narran que ante los restos de los santos Marcelino y Pedro, se obraron numerosos milagros. Y que las gentes repetían: "Marcelino y Pedro poderosos protectores, escuchad nuestros clamores".

(Fuente Mercabá.org)


viernes, 1 de junio de 2012

San Justino, hombre de su tiempo, fue filósofo, santo y mártir. Tres dimensiones de la vida humana, cada una de las cuales es suficiente para dignificarla si se realiza con plenitud, conciencia y autenticidad. San Justino cumplió con las tres. Como filósofo, amó la verdad y se entregó a su estudio; como santo, respondió con virtudes a la gracia suficiente, difundiendo la verdad con el ejemplo de su vida tanto o más pulcramente que con sus escritos, con ser éstos, en la opinión de algunos críticos, muy bellos. Su estilo literario es, a decir verdad, harto discutible; su estilo de vida es, sin lugar a dudas, admirable. Como mártir, confesó con valentía y serenidad, pero sin jactancia, su fe en Jesucristo, negándose a sacrificar a los ídolos.

Había nacido en Flavia Neápolis, en los primeros años del siglo II. Flavia Neápolis es la moderna Naplusa, Nabulus o Nablus. El nombre se lo dio a la ciudad Flavio Vespasiano al apoderarse de ella el año 72. El nombre samaritano primitivo fue Siquem; estaba considerada corno uno de los puntos más fértiles y hermosos de la Palestina central. Ciudad ancha y fecunda, centro de heredades bíblicas, granero y fortaleza. Veinticinco mil habitantes cuenta. En el siglo II, cuando San Justino nace, se mezclan judíos de origen, resentidos y torvos, con colonos paganos, orgullosos, privilegiados y en expectativa.

El nombre Justino, aunque de clara ascendencia samaritana, no engaña a los naturales. Denuncia el origen de la tierra, pero no supone ascendencia judía del linaje. Abuelo y padre de Justino fueron, a buen seguro, gentiles. Nuestro Santo parece tenerlo a gala, fundándose en la mejor disposición que muestran los paganos en abrazar la fe de Cristo y en la más firme voluntad para defenderla que la que demostraban los judíos.

San Justino parece como un primer anuncio de San Agustín. Su itinerario intelectual es muy semejante, y representa entre los apologetas lo que San Agustín significará, con majestad, entre los Padres de la Iglesia.

De la corteza de la lengua griega pasa, afilándola, al corazón de las ideas, sin que las bellezas literarias, que le cantan al oído, le encanten o detengan en la penetración de la verdad,
Sigue en el estudio y en la persecución de la verdad el camino que le señala la sinceridad de la búsqueda. Lee y escucha a los estoicos, porque es el sosiego del alma lo que busca, y en ellos parece que podrá encontrarlo; pero no alcanza la paz consigo mismo porque algo más hondo le grita. Es el primer destello de Dios en el alma de Justino. Un Dios presentido y querido, que los estoicos no aciertan a escuchar. Después asistirá a las lecciones de los peripatéticos, pitagóricos y platónicos, sin que la inteligencia de sus textos ofrezcan al corazón de Justino el fervor que el corazón le pide, y sin que el corazón entregue a la inteligencia la claridad y el amor que solicita.

Lo que no consigue la ciencia de los sabios lo logrará el ejemplo, la constancia y la fortaleza de los humildes. Justino advierte en los mártires cristianos cómo la ciencia vana se transforma en sabiduría plena. Al profundizar en las razones misteriosas que ordenan la formación de ejércitos de mártires y la sucesión de los tiranos en los primeros siglos del cristianismo convendrá no echar nunca en olvido la gracia santificadora de los tormentos, derramándose por todos los miembros de los que buscan la verdad por caminos de buena voluntad. La persecución de Adriano y la divinización de Antinoo pudieron abrir, en invitación sobrenatural, los portones del alma de Justino a la recepción de la gracia de la fe. "Cuanto más se nos persigue —dice en el Diálogo con Trifón— tanto mas crece el número de los que se convierten a la fe por el nombre de Jesús. Nos sucede como con la cepa, a la que se podan los sarmientos que han dado ya fruto para que broten otros más vigorosos y lozanos. La viña plantada por Dios y por nuestro Salvador Jesucristo es su pueblo. No hay quien amedrente o reduzca a servidumbre a los que por todo el ámbito de la tierra creemos en Jesucristo."

El fenómeno de la conversión del hijo de Presco a la gracia sobrenatural del cristianismo, algunos años antes de cumplir los cuarenta, la edad de la gracia natural del filósofo, que diría Platón, sólo se explica suficientemente por la virtud y eficacia misteriosa de la gracia divina, es cierto; pero en las galerías del alma de Justino oímos cómo discurren los pasos de la sinceridad, de la inteligencia, del ejemplo de los mártires en vida y en muerte, de la meditación silenciosa, de la vigilancia de las pasiones y, finalmente, de la lectura de los profetas. Estos pasos andados con humildad ensanchan su mirada y ahondan sus ecos hasta llegar a la fuente divina de la voz primera y esencial. En efecto, Justino abraza el cristianismo sin tener por ello que abandonar la filosofía, sin apagar sus fervores didascálicos, sin renunciar su pujante vitalidad, sin contradecir a la fe con la razón ni humillar a la razón con la fe.

Justino, convertido al cristianismo, no desfallece en la búsqueda iniciada de la verdad —conviene repetirlo— ni abandona la filosofía. Este es el alcance que hay que dar a muchas de sus frases entusiásticas y que, lejos de racionalizar la fe, lo que señalan es la posibilidad racional de alcanzarla y la injusticia que supone atacarla. La filosofía no depone contra la fe, sino que el vivir en la fe delata una excelsitud sobre el mero pensar filosófico. En San Justino la fe es siempre un don de Dios, original y sobrenatural. Se opera en Justino una transformación. Es como una elevación del sentido, como un ahondamiento por profundidades, como una transverberación de luces inéditas y sobrenaturales en la constelación intelectual de sus conocimientos anteriores. La conversión al cristianismo le ha enseñado para qué sirve la vida, le ha descubierto una nueva faz de la verdad, le ha iluminado y enfervorizado el anhelo. Lejos de despreciar lo sabido, lo tiene en más, como si el cristianismo fuera la coronación de todos los saberes, por su superación sobrenatural. "He procurado —dice al prefecto Rústico-- adquirir conocimiento de todo linaje de doctrinas, pero sólo me he adherido a las doctrinas de los cristianos, que son las verdaderas, aunque no sean gratas a quienes siguen falsas opiniones."

Antes de convertirse su alma era como un desierto, ahora es como una antorcha; y abre escuela en Roma para mostrar y demostrar que la filosofía o conduce a la fe en Jesucristo, Verdad verdadera, voz entre los ecos, plenitud de tiempo y verdades, o se convierte en retórica vana. Para nuestro Santo la verdad que persigue la filosofía es una fuerza luminosa y penetrante. Pero no por ello le entregará las llaves de la fe. Grande es, ciertamente, Sócrates —nos dice—; pero a Sócrates nadie le ha creído hasta el punto de dar su vida por mantener esta doctrina. Por la de Cristo, sí; dan su vida los filósofos, los sabios, los artesanos y los humildes. Y ésta es la doctrina a que aspiran los hombres: una verdad por la que valga la pena morir, si llega el caso.

San Justino sabe muy bien que no ha sido la filosofía la que le ha abierto el cielo de su alma, pero no ignora tampoco que la filosofía no es obstáculo para abrazar la fe, y defiende que una filosofía con fe es una filosofía auténticamente humana. San Justino se percató de que cabe hablar de una filosofía cristiana, pues la razón sólo engendra monstruos cuando con ella se comete la monstruosidad de oponerla a la fe en Cristo. Tan fuerte es esta convicción en San Justino que llega a considerar como un deber de filósofo cristiano el predicar la fe con los medios de expresión de que cada uno dispone y que resulten inteligibles y comprensibles. El se vale de expresiones platónicas. Sólo si algún filósofo arremete contra la fe en nombre de la filosofía impugnará al filósofo y a su filosofía. Justino es antes que nada el filósofo de la sinceridad en la búsqueda, de la autenticidad en la conducta, de la humildad en el hallazgo, del fervor en la predicación de su fe, del heroísmo en el testimonio de su creencia.

La vida de San Justino es un testimonio palpitante de cómo ha de vivir su fe un filósofo cristiano. Cierto que su tiempo no es el nuestro, ni su circunstancia la que hoy nos rodea, ni su estadio es como nuestro anfiteatro; pero no es menos cierto que la situación radical es y seguirá siendo análoga o muy semejante hasta el final de los tiempos. Más aún: San Justino conserva un no sé qué de modernidad palpitante para esta Europa lacerada.

San Justino despliega sus actividades con una sencillez, entusiasmo y sinceridad que sorprende. Como la bondad y la verdad son difusivas, y el consejo evangélico señala que la luz de la inteligencia ha de manifestarse en público y en privado, San Justino escribe, habla, predica y peregrina. Suena un filósofo cínico, enemigo del cristianismo, y Justino entabla polémica pública en términos filosóficos. Surge un judío recalcitrante, y Justino abre diálogo en términos de milagros y profecías cumplidas por Cristo. Arrecian las persecuciones, y Justino alza solemne su voz, proclamando directa y audazmente la verdad y la seguridad de su fe en un Dios vivo y viviente, creador, conservador, redentor y juez. No hay en San Justino impertinencia, no hay tampoco imprudencia, pero jamás cederá en la defensa de la verdad ni celará su fervor. Su presencia intelectual, moral y religiosa se multiplica oportuna e importunamente, porque los tiempos exigían esta presencia en la importunidad. Resuena en él San Pablo como un eco potente.

San Justino está todo él, de cuerpo entero, en las llamadas Apologías y en el Diálogo con Trifón. Es de lamentar que otros escritos suyos se hayan perdido, pero sólo con lo que nos resta San Justino queda retratado maravillosamente. Dedica sus Apologías a Antonino Pío y a Marco Aurelio. Les imputa error, debilidad, cobardía e injusticia, basando la acusación en pruebas morales y en el influjo maléfico de los demonios. Las Apologías están esmaltadas de pensamientos luminosos y eficaces, relieves de sus lecturas platónicas, purificadas por la sinceridad de su fe cristiana. Conservan hoy su validez intacta. Son los hechos —alega San Justino— los que reflejan la piedad o la iniquidad, el amor o el odio que se esconde en los pensamientos y en el corazón de los hombres. El que acusa al cristianismo de iniquidad bastante castigo tiene con el delito que comete con la acusación. El que castiga a un cristiano quebranta la paz, porque el cristiano, por serlo, la busca y la defiende para él y para los demás. El que, conocida la verdad, la persigue comete iniquidad. Vosotros —dirá en los comienzos de la Apología— os oís llamar por doquiera piadosos y filósofos, guardianes de la justicia y amantes de la instrucción; pero que realmente lo seáis es cosa que tendrá que demostrarse. Vosotros —añadirá— matarnos sí podéis; pero dañarnos, no. Instruidos como estáis, no tendréis excusa delante de Dios si no obráis según la justicia.

En San Justino adquieren relieve expositivo los puntos fundamentales de la teología dogmática, de la moral y de la liturgia. Alcanzan un valor superior al meramente apologético. En él se lee con claridad la divinidad de Jesucristo Y su misión redentora. Cristo ha muerto para librarnos de la esclavitud de los demonios que rondan por el mundo desde el pecado del Paraíso. La madre virginal de Cristo aparece vinculada a la obra redentora. En la unidad de todos los cristianos se aprecia la comunión de los santos, mantenida por la fe. El valor de la tradición es claramente expuesto y defendido. La Eucaristía es el misterio en el que “no tomamos el pan consagrado como un pan común, ni el cáliz consagrado como bebida común, sino que sabemos que son el cuerpo y la sangre del mismo Jesucristo, que se encarnó por nosotros". Es quizá el testimonio más expresivo y terminante si se advierte que una confesión tan explícita no podía resultar grata a los paganos ni a los judíos. El testimonio de San Justino sobre la Eucaristía, como transustanciación del pan y del vino en cuerpo y sangre de Cristo, revela la doctrina creída y defendida por todos los cristianos a los que nuestro Santo sirve y expresa. Aunque sus Apologías sólo nos hubieran legado las reuniones de los cristianos y la liturgia del sacramento, serían un documento maravilloso. Y aunque el Diálogo con Trifón se hubiera reducido a los pasajes en los que desarrolla el sacrificio de la misa, ya merecería la honra de todos los cristianos.

San Justino presiente el martirio, porque sabe que los demonios acechan, y ha podido comprobar cómo los enemigos de la fe son por naturaleza calumniadores. Una descripción de las reuniones cristianas como la que San Justino había escrito, y la exposición de la verdad eucarística, no podían menos que armar el brazo de los amigos y confidentes del emperador Marco Aurelio. Ante la doctrina expuesta por San Justino sobraban los testigos. El discípulo era tratado como el maestro, una vez confesada la divinidad. La fecunda semilla del Verbo Divino fecundó en sangre, que es una de las ramas en que maduran sus frutos cuando la persecución arrecia.

No hubo en la gracia del martirio de San Justino necesidad de purificación de errores doctrinales, pues los que pueden atribuírsele se desvanecen si se atiende bien al siglo en que vivió o se leen las páginas con benevolencia crítica. Que los filósofos griegos bebieran o no aguas de inspiración en lecturas y tradiciones del Antiguo Testamento no es asunto que inquiete demasiado al que lo asegure con denuedo, sobre todo si la convicción esconde una toma de posición subjetiva. Este convencimiento es el que permite al filósofo cristiano asegurar que en Platón o en los estoicos se descubren resplandores anunciadores de verdades más altas y sublimes. La concordia de verdades cristianas con sentencias estoicas no supone una dependencia de los dogmas cristianos, sino una proclamación, por diversos caminos, de la verdad divina. Es a las sentencias estoicas a las que San Justino obliga a descubrir sentidos que no pueden tener, no es a los dogmas cristianos a los que arrodillará ante la adivinación estoica o platónica. El panteísmo de los estoicos es algo que no cabe en la doctrina de San Justino. Todo aparece claro cuando leemos en San Justino que la fe es un don de Dios que se conquista con la plegaria humilde, y que es la oración la que nos descubre el significado y la inteligencia de las Sagradas Escrituras.

El apostolado seglar —seglar fue nuestro Santo— tiene en San Justino un buen maestro. El santo patrono de los filósofos se presenta a su vez, y con los mismos títulos, como el santo abogado de los creyentes humildes y sencillos. Todo un símbolo para nuestra época.
(Fuente: Mercabá.org)