domingo, 10 de junio de 2012

Corpus Christi - Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo

El presente artículo está escrito con la finalidad de responder a distintas preguntas que por desconocimiento o dudas se hacen algunos cristianos. Estas dudas y estas preguntas son lógicas, por tratarse la Eucaristía de un Misterio, pero un Misterio de Fe. Léalo con detenimiento; al cabo del mismo seguramente tendrá respuestas a sus dudas y en todo caso podrá decir: "Creo, Señor, pero aumenta mi fe"

Es verdad que no se puede amar lo que no se conoce. Y si nos acercamos a la eucaristía sin tener una firme convicción, basada en razones que armonicen con la fe y ayuden a su comprensión, no se puede gozar de la plenitud en Cristo. Trataremos sobre tres interrogantes principales. Primero, si la eucaristía es una realidad o sólo un signo. Después, el modo en que Cristo está presente en el sacramento, y finalmente, el poder que convierte el pan en el cuerpo de Cristo.

Eucaristía: ¿Realidad o sólo un signo?
La eucaristía es sacramento porque es un signo sensible que nos une a la vida divina. Sin embargo, a diferencia de los otros sacramentos, nos une a Dios de manera peculiar, pues en ella se nos da Dios mismo en el cuerpo y la sangre de Cristo bajo las especies de pan y vino.
Es del común conocimiento de los cristianos la presencia real de Cristo, de su cuerpo, alma y divinidad en la eucaristía. Pero las explicaciones de esta presencia no son claras, pues: Si en verdad está presente el cuerpo de Cristo en el sacramento ¿No debiéramos notar esta presencia con toda la naturaleza que un cuerpo humano implica? Es decir, ¿No debiera estar presente un cuerpo orgánico con verdadera sangre y verdadera carne? Se podría pensar que, si no hay tales manifestaciones de un cuerpo vivo, la eucaristía es sólo un signo, pero no la presencia real de Cristo.
Contra esto, sabemos por fe que Jesucristo hace del pan, su carne y del vino su sangre. En este sacramento está el verdadero cuerpo de Cristo y su sangre, no lo pueden verificar los sentidos, sino la sola fe, que se funda en la autoridad divina. En breve podemos decir que Cristo ha querido permanecer con nosotros para fortalecer amorosamente nuestro proceso de optimación. Ha querido permanecer como sacramento para que recurramos constantemente a él, y en él nos perfeccionemos. Cristo, con autoridad, instituyó este sacramento con palabras claras: “Esto es mi cuerpo”, “Este es el cáliz de mi sangre”. Entonces, creemos por la fe basada en la autoridad, que en la eucaristía está realmente presente Cristo.

¿Cómo está Cristo realmente presente en el sacramento?
Lo que inmediatamente podemos preguntarnos es ¿Cómo es que está presente? Algunos dicen: “Yo no lo veo”, y dicen bien, pues no podemos ver a Cristo en el sacramento porque nuestros sentidos no lo perciben. En cambio, por fe sabemos que está presente, y por razón, conocemos que toda la substancia de Cristo está ahí. El modo en que la Iglesia ha tradicionalmente explicitado la presencia de Cristo en el sacramento es la transubstanciación.
Substancia es lo que es por sí mismo. O sea, lo que no necesita de otro para ser ni está en otra cosa. Ahora bien, transubstanciación significa cambiar de substancia, el cambio de una naturaleza determinada por otra. Cristo, al ser un hombre resucitado, está en algún lugar. Y para hacerse presente en sacramento no deja el lugar en donde está, pues no vemos que su cuerpo caiga del cielo o que entre por la puerta. Por tanto, el cambio de pan y vino a cuerpo y sangre de Cristo no ocurre como el cambio de lugar entre dos cosas, sino por cambio substancial. Es decir, el pan deja de ser propiamente pan y se convierte en carne. El vino deja de ser propiamente vino y se convierte en sangre. Es obvio que en la Eucaristía no comemos propiamente carne ni bebemos sangre, pero es verdad que las consumimos, sólo que bajo las especies y accidentes del pan y del vino.
En la transubstanciación no queda nada de la substancia del pan y del vino. Sí en cambio, queda toda la substancia de Cristo, pero no sus propiedades particulares, pues la substancia se entiende, no se ve. Si se nos permite esta expresión digamos que no vemos ni las manos ni los pies de Cristo, pero sabemos, por fe en la autoridad de Jesús, que él mismo está presente en el sacramento.
Bien entonces podríamos pensar que la transubstanciación es un mero juego de palabras, con las que atribuimos a alguna cosa una naturaleza que no le pertenece. Mencionemos a colación que, usando esta falacia, un artista “cambió” un vaso de vidrio a ser un roble.

El poder agente: la caridad divina
La transubstanciación necesita un poder agente. No sólo por atribuir una naturaleza a una cosa, se dará el hecho en la realidad, pues se necesita una mediación a través de un poder. El poder que acciona el cambio de pan a carne y de vino a sangre no es otro sino el de Dios. Cristo, siendo Dios, instituyó el sacramento y lo encomendó a los discípulos. Sin embargo, no son las fuerzas del sacerdote las que convierten los dones eucarísticos en el cuerpo y la sangre de Cristo, sino el poder mismo de Dios, presente por las palabras de consagración que se hace in persona Christi, a nombre de Cristo.
Pero ¿cuál es el poder agente que convierte el pan y vino en cuerpo y sangre de Cristo? Para responder esta pregunta basta recordar que la eucaristía es sacramentum caritatis, sacramento y misterio del amor. Sacramento se puede entender como misterio, pues misterio es lo que une con Dios, y es su misma caridad benevolente la que une a los cristianos en el cuerpo de la Iglesia. El amor de Dios es el poder agente que convierte nuestros dones en el cuerpo y la sangre de Cristo, pues por su amor Dios desea estar entre nosotros para hacernos plenos y participarnos de su vida inmortal.
Finalicemos con una frase de San Cirilo usada por Santo Tomás de Aquino, en cuya doctrina nos hemos basado para aclarar las cuestiones vistas: No dudes de que esto sea verdad, sino recibe con fe las palabras del Salvador, ya que, siendo la verdad, no miente.

(Fuente: encuentra.com)

sábado, 9 de junio de 2012

San Efren - Diácono y Doctor de la Iglesia


La Iglesia estaba todavía en los inicios de su cuarto siglo de vida y las persecuciones no faltaban, cuando en el pueblo de Nisiben, en la Mesopotamia, nacía Efrén, hijo de José, varón piadoso y justo, habiendo conseguido la nobleza más apreciada y alabada entre los cristianos: la de pertenecer a una familia rica en el número de sus miembros martirizados por la fe de Cristo. Erase el año 300 (otros suponen el año 306). Su nombre significa, como el del hijo de Jacob en el libro del Génesis (41,5), Dios me hizo fecundo. Es un nombre, por tanto, auténticamente religioso y bíblico, y por ello nos creemos con derecho a escoger aquellas biografías que hacen de San Efrén hijo de cristianos y no de paganos. Es que muchos escritores tejieron variadísimos y a veces legendarios cuentos sobre su vida, de manera que nos resulta difícil distinguir lo legendario de lo histórico. Es sabido, sin embargo, que los nombres bíblicos no eran adoptados sino por los cristianos en la Mesopotamia, y no por los paganos o por sus hijos convertidos al cristianismo a pesar de sus padres. Es cierto, además, que a Efrén le gustaba realizar en su vida y en sus pensamientos los datos y detalles que leía en la Sagrada Escritura, aplicándose a sí mismo lo que hallaba escrito sobre Efraím, el hijo de Jacob.

En esta perspectiva recogeremos los datos que más se compaginan con la verdad del origen cristiano de San Efrén. En el "testamento" que se le atribuye nos revela el Santo el sueño que le ocurrió en su niñez, diciendo: "Vi aparecer sobre mi lengua una vid que creció tanto hasta que sus ramas cubrieron casi el mundo entero; de sus numerosísimos racimos picoteaban los pájaros del cielo y nunca la uva venía a menos, sino aumentaba a cada picoteo”. Este sueño se realizó proféticamente por la innumerable cantidad de creaciones poéticas cristianas que dejó San Efrén a la posteridad, pues sus obras no tardaron en ser traducidas al griego, armenio, latino, eslavo, etiópico y hasta en varios idiomas modernos, aventajando a cualquier otra época y región cristiana del mundo por el caudal de testimonios a favor de la fe católica encerrados en sus versos y sus ritmos.
Cuenta la tradición que, después de los años de adolescencia, Efrén fue a ver al obispo de Nisiben. San Jacobo, viviendo con él y sirviéndole hasta que llegó la reunión del concilio ecuménico de Nicea en 325 y entonces acompañó a su obispo como diácono y secretario al concilio. De allí volvió con su obispo para realizar públicamente la decisión tomada en el concilio de que cada obispo fundase en su ciudad una escuela episcopal. San Efrén siguió enseñando en esta escuela con todo el empeño de su alma ardiente e iluminada por el Espíritu de sabiduría y caridad hasta la muerte de su obispo en 338. En esto los persas limítrofes empezaban a atacar a los habitantes de Nisiben por despecho a los romano-bizantinos que imperaban en Mesopotamia.
De esta época son conocidas las Carmina Nisibena, donde Efrén canta en términos y figuras bíblicas las gestas y las peripecias ocurridas en la ciudad de Nisiben para defender su fe católica y no caer bajo el dominio de los paganos de la Persia. Por una vez Efrén pudo salvar milagrosamente a la ciudad por sus oraciones: el rey persa Sapor la tenía asediada varios meses y había decidido la muerte de todos sus habitantes, si no por el saqueo, por el hambre. El Señor, escuchando las oraciones de su fiel y confiado siervo, mandó una enorme cantidad de insectos y reptiles, que atacaron a los caballos y ahuyentaron a todo el ejército enemigo, dejando en paz a la ciudad, que se había reunido cerca de su obispo implorando el perdón y la gracia divina. Años más tarde el rey Sapor volvió al ataque saqueando y destruyendo, hasta que en 350 ocupó la ciudad definitivamente, haciendo que clero y cristianos huyesen lejos, prefiriendo el exilio a la esclavitud pagana. También Efrén se fue con ellos, y la Providencia le condujo hasta Edesa, otra ciudad de la Mesopotamia más hacia el interior (llamada también Orfa y al-Rocha en la hodierna nación del Irak).
En Edesa la ciencia bíblica de los siros estaba en su apogeo. Su sede episcopal (tercera entre las doce metrópolis del Oriente) dependía del patriarcado de Antioquía. Allí había estudiado el famoso Taciano, escribiendo luego su obra Diatessaron, resumen sintético de los cuatro evangelios, utilizado muchísimo y comentado por los escritores eclesiásticos posteriores. También San Efrén lo comentará, pero este texto efrenítico nos llegará tan sólo en su versión armena.
Y el discutido Bardesanes, filósofo naturalista de aquella época, se dice que nació en ella (154-222). Hizo escuela, y sus discípulos exageraron tanto sus opiniones científicas, que fueron luego considerados como herejes y combatidos acerbamente como tales por San Efrén. Armonio el Bardesanita había recurrido a las razones astrales para negar la resurrección de los cuerpos, y, empleando una táctica humana de mucho éxito, compuso muchas poesías con ritmo popular, donde inculcaba sus doctrinas erróneas. San Efrén se hizo cargo de la situación y recurrió a la misma arma, combatiendo la secta bardesanita con tanta superioridad en el arte poético y en la ciencia bíblica, que fue posteriormente llamado “cítara del Espíritu Santo" y “magno poeta de los siros". Con cánticos suaves, melodiosos y persuasivos rogaba a sus contemporáneos que dejasen de lado las ciencias de este mundo y meditasen más la Sagrada Biblia y los misterios del cristianismo, considerándolos la fuente de mayor seguridad para una vida intelectual digna de todos los hombres de bien.
En Edesa, pues, San Efrén buscó primero la soledad de los montes vecinos y la vecindad de santos monjes y eremitas, admirando sobre todo la sabiduría del pueblo, que tanto provecho había sacado de la presencia en aquella ciudad de la famosa escuela episcopal "de los siros de Edesa”. Se cuenta que hasta las mujeres iban repitiendo frases inspiradas en la doctrina bíblica, tanto que una de ellas a quien San Efrén reprochaba sus miradas provocativas le contestó: "Yo tengo que mirarte porque de ti he sido tomada, mas tú tienes que rebajar tu mirada hacia la tierra, de donde has sido tomado".
Se decidió, por tanto, Efrén a quedarse en Edesa, pero lejos del remolino de la vida social. En las chozas monacales no dejó, sin embargo, de escribir bajo el empuje y la inspiración de su fe y la gracia del Espíritu Santo, exponiendo y comentando los libros sagrados, y empezando por el Génesis, según el texto de la versión sira llamada Peschitta o "versión llana y simple”. Seguía el método exegético de la "Escuela de Antioquía". Pero en sus cánticos acudía a las alegorías y expresiones místicas, que convienen mejor al cantor de los misterios cristianos.
No tardaron los profesores de la Escuela de Edesa en notar sus dones, y el obispo le ofreció pronto la dirección de la Escuela. Se supone que en este período (350-363) haya sido elevado a la dignidad sacerdotal, según la opinión de los que quieren considerarle como tal. De hecho vemos que toma parte, a pesar de su amor al retiro monástico, en todas las cuestiones pastorales, didácticas y patrióticas de la "cristiana ' ciudad de Edesa”.
Sin embargo, el apostolado didáctico ha sido la mayor labor de San Efrén. En Nisiben, como en Edesa, le encontramos siempre enseñando o dirigiendo en las escuelas episcopales. Sus escritos poéticos, como también los otros en prosa, tienen por blanco principal e inmediato el de exponer los dogmas cristianos, contrarrestar las herejías, desterrar los vicios, mejorar las costumbres, aniquilar las malas influencias de los sectarios y herejes y aumentar la fe en los fieles cristianos. De ahí que actualmente, como hace dieciséis siglos, sus obras sean de grandísima utilidad no sólo para la historia de las herejías y de los dogmas católicos, sino también, y muy en especial, para predicar la doctrina de la Iglesia y sostener la verdad católica. En sus libros, como en su cátedra y desde el púlpito y el altar, San Efrén ha sido siempre "el doctor de la Iglesia" que expone los divinos misterios con la admiración entusiasta del poeta contemplativo y místico, a la vez que con su conducta ascética y austera ejercitaba una influencia preponderante en todo el Oriente siro a través de su fama y sus consideraciones sobre la vida y las virtudes cristianas. Encomendaba para “el combate espiritual” de cada cristiano el ayuno, la oración, lección de los libros sagrados, penitencia y humildad como las mejores armas contra los vicios. Y para la perfección no cesaba de aconsejar la vida de caridad, la virginidad y la filial devoción hacia la “Madre de Dios, purísima y sin mancha alguna”. De ella a la que siempre llama “María Madre de Dios”, afirmaba la perpetua virginidad e inmaculada concepción en varios lugares de sus himnos, particularmente cuando comparaba la santidad de María a la de su Hijo Jesús: "Tú solo, ¡oh Jesús!, y tu Madre sois puros bajo todos los aspectos, y vuestra pureza supera la de cualquier otro, pues en Ti no hay mancha alguna, ni tampoco en tu Madre".
La otra fuente de santidad para los cristianos es la Iglesia misma a través de la vida sacramentaria, y muy particularmente la comunión inquebrantable con la jerarquía, parte esencial del cuerpo místico, exaltando el sacerdocio y la primacía de Pedro, "fuente del sacerdocio y por donde los sacerdotes reciben sus poderes santificadores"; además, no encontraremos quizá en toda la antigüedad un autor patrístico que haya tan categóricamente declarado la presencia real de Cristo en la Eucaristía y demostrado con tanta fe y amor los efectos de la comunión sacramental: "Tu cuerpo, Señor, se ha mezclado con mi cuerpo, y tu sangre con la mía; por eso las llamas del infierno se alejarán de mí y no me quemarán". "Tu cuerpo, que he comido, y tu sangre, que he bebido, resucitarán mis pobres miembros de las tinieblas de la tumba."
En esto, como en otros temas tratados por él, los escritos de Efrén y sus sermones eran "teología viva". Entre las actividades pastorales de San Efrén han de recordarse su celo para la formación de apóstoles, su organización de las funciones litúrgicas, tan útiles en pro de las almas y del culto, y, en fin, su amor a los pobres y enfermos.
En el himno laudatorio que San Jacobo de Sarug (451-521) consagró a la memoria de San Efrén, le comparaba a Moisés, quien, para provecho de las mujeres y para solemnizar el culto divino, había ordenado a su hermana María que cantara los cánticos suyos junto con las demás (Ex. 15,20-21). Así hizo Efrén: para evangelizar a los fieles y catecúmenos reunía un grupo de “vírgenes" que llamábanse "hijas del pacto”, a quienes enseñaba los resúmenes poéticos de la doctrina evangélica y apostólica; y éstas, colocadas a su alrededor en las funciones litúrgicas, le hacían coro. Para cada fiesta del Señor, de los mártires, de los difuntos, como también para las veladas en honor a la Madre de Dios, las voces armoniosas de las “vírgenes" alegraban la comunidad de los fieles asistentes, repitiendo en varios tonos y melodías los conceptos de la fe cristiana, los preceptos de la moral y las reglas de vida honrada en composiciones de estilo piadoso y popular, que se grababan en la memoria y eran repetidas en los hogares y en los campos de trabajo.
Y cuál fue la grandeza de su caridad y la actividad de sus esfuerzos cuando, acudiendo en ayuda de sus compaisanos diezmados por el hambre de un año de mala cosecha y sequía, se enfrentó con la avaricia de los ricos y las lágrimas de los enfermos sin techo y de los harapientos labradores. Con palabras de máxima austeridad hallaba como una llave milagrosa para abrir los corazones y las arcas de los que acaparaban el trigo. Con ejemplar abnegación y a pesar del peso de los años que tenía, logro hacer, bajo los pórticos de Edesa, el primer hospital conocido: camas buscadas por doquier a disposición de pobres, enfermos y hambrientos. Siguió pidiendo él mismo la limosna, mendigando y recogiendo alimentos y abrigos para todo un año, hasta que, acabada la sequía y llegado el momento de nueva y abundante cosecha, se retiró otra vez a su vida de soledad y de oración mezclada con el estudio y el servicio de la Iglesia en su culto y funciones litúrgicas.
Cuando murió dejó dispuesto en su testamento que no le enterrasen en la iglesia debajo del altar (como era costumbre en el Oriente antiguo para con los sacerdotes), sino en el cementerio de los peregrinos y extranjeros, insistiendo tan sólo en que se acordasen de él en los santos sacrificios, "porque los sacerdotes del Hijo de Dios pueden perdonar los pecados de los difuntos por medio de sus sacrificios y sus oraciones". La fecha de su muerte no es muy fija, pero es muy probable que sea la del 18 de junio de 373 (según otros 378), y por eso el papa Benedicto XV, quien le declaró doctor de la Iglesia universal en el año 1920, la designó como día de su fiesta. Sin embargo, los maronitas y otros siros celebran su fiesta el 28 de enero.
Sus restos, distribuidos después en reliquias, llegaron por mano de los cruzados en el siglo XII hasta Roma y varias ciudades europeas.
Que la familia universal de los cristianos en el mundo halle en este Santo el mejor acicate y protector para reunirse y seguir unida "en la misma única barquilla de Pedro".




viernes, 8 de junio de 2012

San Medardo


San Medardo es un santo merovingio. Un santo de aquella Francia recién convertida al catolicismo por obra del obispo San Remigio, que hizo bautizar en Reims a Clodoveo, bárbaro sicambro.

San Remigio conocía bien a su regio catecúmeno, y, después de prepararle concienzudamente cuanto daba de si la rudeza del belicoso monarca, organizó toda una fiesta en la catedral de Reims. La oportunidad lo demandaba. Tapices, colgaduras, cruces gemadas, lámparas en los intercolumnios, reflejos dorados de los mosaicos, melodías de clérigos y chantres, aclamaciones de los fieles.

Clodoveo se sintió conmovido, transportado. Hombre de guerras y torneos, no conocía las bellezas del culto cristiano.

—Padre —exclamó al penetrar en la basílica deslumbrante—, ¿es esto el cielo de que me tenéis hablado?

—No, hijo —respondió el obispo—, esto es solamente la antesala del cielo.

Esta anécdota nos sirve muy bien para introducirnos en la vida de un santo merovingio. Con aquellos pueblos francos, regidos por Meroveo, que habían estado al servicio de la Roma imperial, a la cual prestaron buena ayuda en la derrota de Atila el año 451, había que proceder así, con suavidad y energía, como con niños grandes, deslumbrándoles con algo que ellos no poseían: tradición y cultura.

Al desaparecer el Imperio de Occidente el rey Childerico comienza a construir el reino franco, aunque el verdadero creador de aquella nacionalidad es Clodoveo, que da a su pueblo la unidad de territorio y de religión.

Por la batalla de Tolbiac (496) vence a los francos ripuarios y a los alamanos, y posteriormente abraza la religión católica por influencia de su esposa, la princesa borgoñona Clotilde, y del obispo San Remigio.

Por otra batalla, la de Vouillé (507), se apodera de los dominios visigóticos, eficazmente apoyado por el clero, que veía con agrado la expulsión de los arrianos de las Galias. Posteriormente, y aplicando toda clase de procedimientos, logró adueñarse de todos los dominios de los demás pueblos francos del Rhin y Cambray.

Clodoveo era un gran político y un gran militar, que recurría a todos los medios para consolidar su poder. La frase que San Remigio pronunciara, al tiempo de administrarle el bautismo: "Adora, sicambro, lo que has quemado, y quema lo que hasta ahora has adorado", la entendió siempre a medias, o, mejor, según le convenía. Su talento político iba por encima de su conciencia, y por eso su reinado, abundante en aciertos de primer orden, lo es también en violencias y desmanes.

Pues en este clima crece San Medardo. Sería ya un adolescente cuando ocurrió la muerte de Clodoveo el año 511, en que su reino fue dividido entre sus cuatro hijos: Tbierry, Clodomiro, Childeberto y Clotario, reino que no volvería a reunirse hasta muchos años después, en 558, en manos de Clotario, cuando a San Medardo sólo le restaban dos años de vida.

Los reyes francos tenían, como los restantes monarcas bárbaros, psicología de ricos nuevos. Todo les venía ancho, en especial el derecho y el respeto hacia los otros. Aquella mesura de los romanos, que con las legiones llevaban las formas jurídicas y la ordenación social, no la poseían los bárbaros pueblos de la selva, gentes en estado tribal. Fueron los monjes y los obispos quienes penosamente hubieron de educarlos en la moderación y el uso ponderado de la fuerza. Y —¡oh maravilla!— el caballero, el hombre que pone su espada al servicio de las más nobles empresas teniendo por norma el honor, es un producto del feudalismo cristianizado. La Edad Media sería el equilibrio entre religión y poder.

San Medardo nació en Salency. Su padre, Néctor, pertenecía a una gran familia franca, y su madre, Protagia, era galorromana. Buena fusión para un santo que habría de influir poderosamente en su pueblo.

De su padre heredaría la fortaleza, la decisión e incluso el prestigio para que nadie le tornara por sospechoso. De su madre mamaría la delicadeza, las finas maneras, el gusto depurado.

Naturalmente, con una madre así había que pensar en una educación esmerada para el hijo; pero seguramente que también el padre apoyaría. Los padres quieren vengarse de su ignorancia dando carrera a sus hijos, sobre todo si ellos prosperaron simplemente por audacia y fortuna.

San Medardo estudió en Augusta Veromanduorum. Esta población del norte de Francia, cerca ya de la actual Bélgica, corresponde hoy a una ciudad que tiene para los españoles recuerdos imperiales y nos valió El Escorial: Saint Quentin.

Allí estudiaría en la escuela episcopal y adelantaría en los estudios; pero más en la virtud.

Tratándose de un santo, y de un santo merovingio, esto es de todo punto imprescindible. No es que estuviera predestinado a la santidad; el joven escolar pondría grandes esfuerzos, derrocharía todo su empeño en los estudios, pero no menos en superarse en el bien.

Desde luego, está probado por los biógrafos primitivos el sentido limosnero del joven Medardo. Compartía con los estudiantes más pobres su comida, socorría largamente a los menesterosos, y en una ocasión dio un caballo a un pobre peregrino a quien los ladrones habían dejado a pie, robándole su cabalgadura. Cuando su padre notó la falta en la caballeriza, se admiraría ante el suceso y presentiría que su hijo, si algún día alcanzaba fama, no sería como guerrero, sino como clérigo.

Efectivamente, el obispo de su diócesis le promovió a las órdenes sagradas, y ascendiendo por los grados de la jerarquía llegó al sacerdocio.

Por entonces debió volver a Salency para hacerse administrador de las propiedades paternas en beneficio de los pobres, aunque no de los ladrones.

Una de las cosas que debían aprender los francos, acostumbrados a la ley de la selva, era el respeto a la propiedad.

Parece que San Medardo tuvo en parte esta misión. Pero el Santo no necesitaba llevar a los rateros a los tribunales civiles. Resolvía él mismo, con milagros y caridad, los casos.

Tres anécdotas, como de Flos sanctorum, han llegado hasta nosotros, y ungidas, además, con su propia moraleja, como los apólogos orientales.

El Santo tenía una viña junto a su casa. Eran los comienzos del otoño cuando un sol en declive va dando toques de oro a los racimos de las cepas. Una noche los ladrones asaltaron la heredad. Llenaron sus capachos y pretendieron huir con el objeto de su depredación. Todo fue inútil; no encontraban la salida de la finca. A la mañana siguiente la aurora y San Medardo, que salía al predio para cantar Ios salmos de su oficio, encontraron a los rateros. El Santo no tuvo reproche alguno para los infelices. Tal vez, con un dejo de ironía, pudo decirles:

—¿Veis? El pecado ciega. ¡Con lo fácil que era dar con la puerta! Podéis marchar, y que os aproveche vuestra vendimia.

Otro día fue un ladrón goloso que asaltó las colmenas de la casa parroquial. Pero tan apurado se vio de las abejas que le picaban implacables, que tuvo que solicitar socorro del Santo.

—Mira, lo mismo ocurre con el pecado. Sus comienzos son dulces, pero las consecuencias tienen veneno y picor de abejas.

Por último, el caso más gracioso y educativo fue el de la vaca.

San Medardo tenía una vaquita. Debía de ser preciosa, como cuidada por un Santo. Y daba mucha leche.

El Santo soltaba su vaquita al prado, y para saber si se alejaba, para conocer sus correrías, San Medardo puso una esquila a su vaca.

La becerra pacía aquí y allí, bajaba hasta la ribera del río, se metía entre los juncos y espadañas de la orilla. El Santo oía la cencerra, escuchaba su sonido, y sabía las andanzas de su vaca. Si alguna vez el animalito se extraviaba demasiado, San Medardo lanzaba un silbido profundo y la vaca volvía a la querencia del establo. El Santo la ordeñaba, la apiensaba, y hasta el día siguiente.

Pero un día la vaca se alejó. Al principio San Medardo oía el cencerro de su vaca. Después sólo muy lejanamente, por último, nada, ni un eco.

San Medardo silbó a su vaca, esperando hallar la respuesta de su esquilita; pero la vaca no contestaba, porque un ladrón la había robado.

San Medardo se acostó triste aquella noche, sin tomarse su cuenco habitual de leche espumante.

Pero a la mañana siguiente se presentó el ladrón solo, por su voluntad, sin que nadie le obligara.

Mejor dicho, venía obligado por la esquila de la vaca.

Cuando la robó, para que no sonara, le quitó el cencerro, y lo escondió en sus alforjas; pero el cencerro sonaba, sonaba y sonaba.

Después lo enterró en el suelo, y el cencerro seguía sonando.

Por fin en su casa lo atascó con paja y lo escondió entre el heno. Mas el cencerro no dejaba de sonar. Aquella noche el hombre no pudo pegar el ojo, oyendo incesantemente la esquila de la vaca de San Medardo.

Cuando a la mañana siguiente le explicó al Santo lo ocurrido, le respondió éste:

—Hijo, eso es la esquila de tu conciencia. El remordimiento no te ha dejado dormir. Es la consecuencia de todo pecado.

Estos hechos y aún otros más portentosos debieron hacer subir el crédito de santidad de Medardo. Y nada puede extrañar que fuera elegido obispo a la muerte de Alomer, que regía la sede de Vermandois. Parece ser que fue consagrado por el propio San Remigio, y para poder seguir atendiendo a sus posesiones familiares, y para enseñar costumbres cívicas a sus cristianos, recién salidos de la idolatría, o, como quieren otros biógrafos más dudosos, porque Noyon ofreciera mejores condiciones de defensa en aquellos tiempos calamitosos de invasiones y guerra, trasladó a esta ciudad la sede episcopal.

Aquí comenzaría su lucha enérgica y suave centra los restos de paganismo que se resistía a cristianizarse, contra las supersticiones, contra las duras costumbres, contra la ignorancia, contra la rapiña y la haraganería, contra la intriga y el asesinato.

Oscura tarea que llevaron a cabo aquellos obispos galos del siglo VI, que lograron cambiar la mentalidad de los francos recién convertidos.

El prestigio de San Medardo aparece en todo su esplendor cuando vemos a la reina Radegunda postrada a sus pies pidiendo con humildad y energía el hábito de diaconisa.

Radegunda era esposa de Clotario, que la había conseguido como botín el año 531, cuando las luchas intestinas de Turingia permitieron a los reyes francos apoderarse de aquel reino. Los hijos de Bertario, hijo del rey derrotado, Hermanfrido, cayeron prisioneros, y entre ellos venía Radegunda, princesa que había recibido una educación refinada en la corte de su tío. Clotario consiguió finalmente casarse con ella, dentro de la legalidad, aunque venciendo la repugnancia natural de la derrotada.

Mucho debió de sufrir ésta al lado de su regio consorte, quien no sabía percibir del cristianismo nada más que el temor del infierno, y las noticias que la historia nos ha dejado de él nos lo presentan como príncipe violento y lujurioso, aunque capaz de arrepentirse de alguna mala decisión si se interponía el gesto enérgico de algún prelado. Así, después de haber decidido apoderarse del tercio de las rentas de las iglesias, renunció a su proyecto ante una simple protesta del obispo de Tours.

Radegunda supo conducir la corte de Clotario dentro de una alta vida religiosa, sin descuidar un momento sus deberes de soberana.

Mas, como dijimos, tenia ella un hermano que había sido hecho prisionero en 531, cuando la destrucción de la Turingia. En 555 esta región se sublevó contra Clotario, y éste hizo asesinar brutalmente al hermano de la reina.

Radegunda pidió y obtuvo permiso de abandonar la corte, y con su ascendiente moral obliga a San Medardo a que le diera el velo de consagrada.

El Santo duda, no por miedo a la cólera del rey o de los presentes que le advierten:

—Obispo, cuida mucho de no arrebatar al rey su legitima esposa, la cual él desposó solemnemente.

Más bien temía ir contra los sagrados cánones, que prohiben la separación de marido y mujer.

Mas, como Radegunda ya había obtenido la autorización del rey, venció los últimos escrúpulos del santo prelado cuando se presentó ante él revestida de los hábitos religiosos y le dijo:

—Si dudas de consagrarme, si tienes miedo de un hombre más que de Dios, sabe, pastor, que él te pedirá cuenta del alma de tus ovejas.

Estas palabras decidieron al buen pastor, que impuso las manos a Radegunda, consagrándola diaconisa. Y no parece que Clotario tomara a mal la conducta del Santo, a pesar de lamentar el haberse quedado sin tan santa esposa. Esta marchó a Poitiers y fundó un monasterio, que puso bajo la regla de San Cesáreo de Arlés, y donde Venancio Fortunato hacía como de capellán y consejero del regio cenobio.

San Medardo murió poco después, avanzado de edad y cargado de méritos, probablemente el año 560. Al siguiente moría también Clotario, y otra vez la dinastía franca se hacía reino cuatripartito en sus hijos.

El cuerpo de San Medardo fue llevado muy pronto a Soissons, donde se levantó un célebre monasterio, comenzado por el propio Clotario.

La fama taumatúrgica del Santo creció tan rápidamente que al año podía escribir San Niceto de Tréveris que era parangonable con la de San Martín de Tours, San Hilario de Poitiers y San Remigio.

Los prisioneros liberados por su intercesión acudían a su templo a dejar sus cadenas como exvotos. Al principio del siglo X los monjes de Soissons, huyendo de los normandos, llevaron sus reliquias de Dijon.

San Medardo es uno de los santos más populares de la Francia de la Edad Media. No es raro que alrededor del mismo hayan proliferado las leyendas. Dom Leclercq, en el Diccionario de Arqueología y Liturgia, tiene un denso artículo sobre las “vidas" de este Santo. La que más fe hace es la escrita el año 600 por un monje merovingio, y que se atribuyó durante muchos siglos a Venancio Fortunato, pero que indudablemente no es suya.

Otra cosa curiosísima es la leyenda que hace hermanos gemelos a San Medardo y San Gildardo, los cuales habrían sido bautizados el mismo día, ordenados sacerdotes y consagrados obispos el mismo día y habrían entrado igualmente en el cielo el mismo día. Un dístico medieval lo dice en latín litúrgico:

Una dies natos utero viditque sacratos,
albis indutos et ab ista carric solutos.

Pero esta leyenda absurda y sin fundamento la refutó el mismo Mabillon en 1668, en carta al prior de San Medardo, demostrando la imposibilidad de coincidencias cronológicas entre el obispo de Noyon y San Gildardo, que es anterior a San Medardo.

San Gregorio de Tours nos dice que ya en su tiempo se representaba a San Medardo con la boca entreabierta y enseñando la dentadura, para significar de esta manera ingenua que era patrón contra los dolores de muelas. Este gesto del Santo ha pasado a la paremiología francesa, en que se dice: Ris qui est de saint Médard —le coeur n'y prend pas grand part (En la risa de San Medardo el corazón no toma mucha parte).

La abadía de San Medardo de Soissons llegó a ser famosa y poseer pingües riquezas, jugando un papel importantísimo bajo los reyes merovingios y carolingios.

miércoles, 6 de junio de 2012

San Marcelino Champagnat


Nació este varón de Dios el 20 de mayo de 1789, en la aldea de Rosey, de la parroquia de Marlhes, departamento de Loira, diócesis, desde 1801, de Lyon. Fueron sus padres Juan Bautista Champagnat y María Chirat; este matrimonio tuvo diez hijos. El padre era hombre recto, bastante instruido, de buen juicio y muy estimado en la comarca; sus convecinos acudían a él para que dirimiera sus diferencias. El aprecio de que gozaba y su relativa buena hacienda le merecieron el nombramiento de jefe del municipio de Marlhes; mantuvo el cargo con rectitud inflexible y protegió decididamente a la Iglesia, por lo cual fue juzgado desafecto a la Revolución, sometido a procesos y vejado con pérdidas cuantiosas.

La madre era muy piadosa, devota ferviente de la Santísima Virgen, solícita con sus hijos, excelente ama de casa y consejera a la que acudían a su vez vecinas y amigas. Llegada la noche rezaba en familia el rosario con las últimas oraciones y daba lectura a Las vidas de los santos. María Chirat ofreció su hijo a la Virgen, y se dispuso a esmerarse en la educación de Marcelino.

El ambiente familiar era propicio por demás para la adecuada formación del alma de nuestro Beato. Tenía la madre un hermano llamado Marcelino, piadoso como ella, y que, alborozado y diligente, apadrinó en la pila a su sobrino y le impuso los nombres de Marcelino, José y Benito. En la misma casa vivía refugiada la tía Rosa, hermana de su padre, expulsada por el Terror de su convento; esta santa mujer ayudó a la madre en la educación cristiana de Marcelino; le hablaba de Dios, de María, de los ángeles custodios y de los estragos de la Revolución. Las instrucciones, consejos y ejemplos de la edificante tía calaron hondo en el alma de Champagnat, como más tarde lo reconocía y comentaba agradecido.

Frutos del cristianismo práctico de aquel hogar fueron, entre otros, el bautismo sin dilación de Marcelino, al día siguiente de nacer, fiesta de la Ascensión; la preparación esmerada de Marcelino a la comunión primera, que recibió a los once años en la primavera de 1800; la mayor frecuencia en comulgar, ya en la casa, ya en el seminario, de lo entonces en uso y que hubo que conceder a Marcelino, y la consagración a Dios de otros hermanos que siguieron el ejemplo de nuestro Beato,

Rosey era un lugarejo situado en la zona elevada y montañosa del sudoeste de Lyon, región agreste de los montes Pilat, donde aún se guardaban costumbres patriarcales; la vida de los Champagnat-Chirat la constituían los deberes religiosos, la atención a los hijos, el cuidado de una granja-molino, la ganadería, la agricultura, en ocasiones la albañilería, la carpintería y el oficio de herrero, y siempre una sobria y prudente administración en la que eran expertos los padres; en todas estas prácticas iba iniciando a sus hijos Juan Bautista, y de todas ellas sacó Marcelino buen provecho para sus empresas posteriores.

Esta fue cortada al talle de la de Nazaret, la primera acreditada escuela cristiana de Marcelino, en, la que aventajó mucho y mereció promoción a más altos destinos.

La Revolución había maltrecho la Iglesia en Francia; era arzobispo de Lyon el insigne y piadoso cardenal Fesch, tío de Napoleón Bonaparte, quien decidió restaurar la vida cristiana en su diócesis y empezó por restablecer y poblar los seminarios; mandó que su vicario general enviase sacerdotes emisarios que hallaran jóvenes aptos para el sacerdocio; el párroco de Marlhes enderezó los pasos del visitante que le correspondió hacia la granja de los Champagnat; no eran llamados por Dios los hermanos mayores de Marcelino, pero éste, que, por muerte del último hijo, había quedado el benjamín, si bien perplejo al pronto, reaccionó en seguida con decisión y aceptó la vocación divina en la que jamás vaciló a pesar de las dificultades muy grandes que tuvo que vencer. La escuela de Cristo en la granja de Rosey había dado su floración esplendente: un sacerdote.

Y pasó Marcelino a la escuela superior de la formación de su alma, el seminario. En octubre de 1805 ingresó en el Seminario Menor de Verriéres, y en él acreció la piedad, ejercitó la fortaleza, aprovechó las humillaciones, fue dechado de paciencia y regularidad y ganó el afecto de sus colegas, el aprecio de sus superiores y maestros y el nombramiento de prefecto de disciplina durante las noches, de las que se sirvió para el estudio, realizando una evolución que sorprendió a profesores y condiscípulos y acortó los cursos de su carrera.

En octubre de 1813 ingresó en el Seminario Conciliar de Lyon. La divina gracia le condujo a perfección más alta; escogió por virtud predilecta la humildad, con la que su santidad resultó hondamente cimentada; gozó en los estudios que le hablaban de Dios; formó parte de un grupo de doce seminaristas resueltos a emplear sus vidas en la restauración cristiana del mundo, por medio de la devoción y culto de María, el apostolado de las misiones y del catecismo, y de su ejemplo; comunicaron sus planes al rector del seminario, subieron con él al santuario de Fouirviére y se consagraron a María; de aquel cenáculo mariano salieron más tarde los padres y los hermanos Maristas, y, entre aquellas almas selectas había un santo, el Cura de Ars; un beato, Marcelino, Champagnat, y un venerable, Juan Claudio Colin, fundador y primer general de la Sociedad de María.

El 22 de julio de 1816 fue ordenado sacerdote en la metropolitana iglesia de Lyon, cuando pasaba poco de los veintisiete años de edad; muy luego subió otra vez a Fourviere y ofreció a María su sacerdocio. Fue nombrado coadjutor de la Valla, pueblo situado en las estribaciones del Pilat, con extensa feligresía diseminada entre montes y comunicada por pésimos caminos; al llegar Marcelino a la vista de la torre de la iglesia de su cargo se arrodilló y, con oración sentida, se dispuso a emprender la etapa de ejercitación heroica de virtudes apostólicas con las que iba a consumar su perfección.

Fue el consuelo del anciano párroco, que le reputó irreprensible; levantó el caído esplendor de su iglesia; cuidó de que ningún enfermo muriera sin sacramentos, sin reparar en la hora, en el rigor de las estaciones, en el cansancio o el desfallecimiento por tiempo transcurrido sin alimento para poder comulgar, ni en la distancia y mal camino. Predicaba con unción; y las notas conservadas de sus sermones y avisos de buen gobierno requieren talento y densa cultura eclesiástica. Se ganó la confianza de los jóvenes, de los ancianos, enfermos y de todos sus feligreses. Acabó con el vicio de la embriaguez, con las fiestas mundanas y las malas lecturas: un día entero se alimentó su hogar con libros esparcidos por la Revolución; fundó una biblioteca y regaló lecturas con prodigalidad. Se granjeó el corazón de los niños, a los que tanto gustó su catequesis que vez hubo en que, engañados por la luna, creyeron que amanecía y los hubo de recoger en la iglesia antes de salir el sol; sus lecciones de catequista eran recordadas treinta años después con agrado por los mayores que le oyeron. La transformación de la Valla fue completa y su buen suceso recuerda el cabal éxito apostólico de su condiscípulo Juan María Vianney.

Y, así preparado por Dios, surgió el fundador que nos presentan sus hijos, los hermanos maristas, como muy joven fundador de la Iglesia, pues contaba algo más de veintisiete años al fundar, y moría a los cincuenta y un años de edad; nos lo describen los maristas diciendo: Fue de elevada estatura, robusto y bien constituido: de carácter enérgico y dulce a la vez. Hombre alto en su aspecto físico y hombre gigante en la virtud ...”.

En los coloquios apostólicos marianos decía Marcelino a sus compañeros que necesitaban hermanos que ayudaran a los sacerdotes misioneros y enseñaran el catecismo; insistió reiteradamente en su idea, y sus amigos, al fin, le dijeron que, pues era idea suya, se encargara él de su ejecución; pero tuvo además Marcelino la ratificación del cielo para la empresa de fundación; dice un marista: “... tuvo la personal inspiración de fundar un Instituto de hermanos..., la recibió el año 1816, en una de sus frecuentes visitas al santuario de Nuestra Señora de Fourviére, en Lyon"; una placa de bronce recuerda en el santuario este suceso. Pero el momento escogido por Dios para lanzar a Marcelino a su obra fue a fines de octubre de 1816, cuando fue requerido para asistir en su muerte a un adolescente llamado Francisco Montaigne, que expiraba en total desconocimiento de los rudimentos de la doctrina cristiana; Marcelino, lleno de amor y de celo, le instruyó y dispuso a morir como un ángel, y se retiró con el tiempo justo para haber salvado un alma. Champagnat se conmovió y, meditando en el ingente número de niños y adolescentes que se hallarían en el mismo caso que Montaigne, resolvió proceder a la fundación de sus hermanos.

El Instituto comenzó el 2 de enero de 1817; la primera casa fue, por su pobreza, un auténtico portal de Belén. Animado Marcelino por sus superiores eclesiásticos y probado con la cruz de la adversidad, solicitados sus hermanos por los párrocos que le pedían escuelas, acometió las obras de su Casa en el valle que desciende de La Valla a Saint-Chamond, a las orillas del Gier. El día de la Asunción de 1825 fue bendecida esta Casa, que él denominó Nuestra Señora del Hermitage. Allí murió Marcelino el 6 de junio de 1840, sábado, día de la semana en que deseaba morir, a la hora del amanecer, en que sus hijos, por su mandato, cantan la salve. En el Hermitage dictó su testamento al hermano Luis María y lo hizo leer a sus hijos a su presencia antes de expirar; es modelo de santidad y muestra de talento y buen gobierno; recomienda la obediencia, la caridad, delicada hasta con todos los demás Institutos; la sencillez, la perseverancia marista como prenda de salvación, el oficio de ángeles custodios con los niños y el amor a María, primera Superiora del Instituto. Al morir dejaba Marcelino en Francia 280 hermanos, con 40 Casas.

La pedagogía marista tiene características propias, aprovechamiento de progresos que halló reconocidos, enmienda de fracasos frecuentes en la enseñanza y aciertos de orientación en bien de la Iglesia. Es Instituto dedicado a Dios por el apostolado exclusivo de la enseñanza; muy adicto a la jerarquía eclesiástica; amigo del clero secular desde su comienzo y a lo largo de su historia: el caso del párroco de Saint Chamond, señor Dervieux, ayudando generosamente al fundador en un momento difícil de su incipiente obra, era el preludio de una mutua cooperación entre hermanos y sacerdotes que había de ser nota distintiva de los maristas.

Marcelino padeció un maestro que no supo discernir un retraso mental por falta del cultivo del alma de una inteligencia escasa; no quiso pisar más en una escuela en la que vio maltratar a un niño, y lloró siempre la exasperación y desvío de la Iglesia de un niño al que motejó un sacerdote en la catequesis con tan desgraciada fortuna que los condiscípulos le abochornaban con el apodo molesto. Prohibió para siempre los remoquetes en sus casas; desterró de sus aulas los castigos aflictivos; para estímulo de instrucción y educación se sirvió del canto en la escuela; aprovechó el método simultáneo de enseñanza establecido por Juan Bautista de la Salle; introdujo el uso docente de las consonantes seguidas de vocal, práctica muy suya que se generalizó enseguida en Francia y ha pasado a la pedagogía universal; fue precursor de la escuela activa por la participación de los alumnos de su propia formación; entre los maristas ha habido en este último aspecto aventajados seguidores de Champagnat...; inculcó en sus hijos el cultivo de la intuición; un día explicaba con una manzana la forma de la tierra y la existencia de infieles en apartadas regiones; un niño que le oía con interés fue más tarde monseñor Epalle, misionero de Oceanía y mártir en las islas Salomón. Así quería Champagnat a sus hijos, los hermanos maristas, catequistas perfectos, y para esto les manda: una hora diaria de estudio religioso y que enseñen el catecismo cada día en sus clases y en la primera hora de lección del día...

Pero la quintaesencia de la pedagogía marista es la devoción, culto y amor a María; el lema del Instituto es el de Marcelino: Todo a Jesús por María y todo a María para Jesús; a María llamaba y tenía el fundador por su recurso, ordinario; encarga a sus hijos que den culto brillante al mes de María; decía así Champagnat: "En el Instituto todo pertenece a María; bienes y personas; todo debe emplearse a su gloria; amarla..., inculcar su devoción a los niños... como medio de servir fielmente a Jesucristo... es el fin y el espíritu de la Congregación."

Así se ha podido publicar en la beatificación de Champagnat, 29 de mayo de 1955, que en poco más de un siglo este Instituto ha llegado a 8.500 hermanos con 5.500 formandos o novicios, de 700 colegios en 52 países y más de 250.000 alumnos.
(Fuente: Mercabá.org)


martes, 5 de junio de 2012


Bonifacio o Winfrido es justamente designado como apóstol de Alemania, si bien es verdad que ya antes de él otros misioneros habían predicado el Evangelio en diversas regiones de este territorio, y a pesar de que algunas de estas regiones, como Baviera y Turingia, constituían ya importantes núcleos de cristiandad. A él se debe, en efecto, en primer lugar, el haber generalizado y sistematizado, mucho más que los anteriores misioneros, la evangelización de la mayor parte de Alemania, y, por otra parte, el haber organizado de una manera definitiva la jerarquía de estos vastos territorios, procediendo en toda esta labor en inteligencia con los Romanos Pontífices. Mas con todo este trabajo de evangelización de Alemania y organización de sus iglesias no se agotó la actividad de este grande apóstol. Esta comprende una segunda parte, a la que suelen atender menos los historiadores, pero que tuvo extraordinaria importancia en la vida de San Bonifacio. Es la regeneración y reorganización de la Iglesia de los Francos, que se hallaba en gran decadencia. Así, pues, San Bonifacio es apóstol de Alemania y reorganizador de la Iglesia franca.

Llamábase Winfrido y nació hacia el año 680, según todas las probabilidades, en el territorio de Wessex, de una familia profundamente cristiana. Contando sólo cinco años, atraído por el ejemplo y las palabras de unos monjes, manifestó a sus padres el deseo de seguirlos, y, después de vencer su persistente oposición, pudo dirigirse a la escuela del monasterio de Exeter. Contaba entonces sólo siete años y durante otros siete pudo poner los más sólidos fundamentos a su formación humanística y sacerdotal. A los catorce se trasladó al monasterio de Nursling, de la diócesis de Winchester, donde, ingresado en la Orden, recorrió los estudios superiores del llamado Trivio y Cuatrivio, en los que salió tan aventajado que bien pronto pudo ser allí mismo renombrado maestro. De ello nos dejó una excelente prueba en una gramática latina que compuso en este tiempo.

Pero mucho más que en los estudios profanos, que constituían la base de la formación humanística y filosófica, se aventajó Winfrido en los eclesiásticos, que más directamente debían servirle para los ideales apostólicos que ya entonces acariciaba en su interior. Por esto consta que estudió de un modo especial la Sagrada Escritura y la dogmática o teología, tal como entonces se proponía, al mismo tiempo que realizaba los primeros ensayos de predicación entre la gente humilde y sencilla del pueblo. Todo esto, unido a un espíritu profundamente religioso, a la práctica de todas las virtudes monásticas y a un abrasado amor de Dios y del prójimo, le prepararon convenientemente para la grande obra a que Dios lo destinaba.

Precisamente entonces eran frecuentes las salidas de Inglaterra de monjes misioneros, que partían para el centro y norte de Europa, donde se entregaban con toda su alma a la evangelización de aquellos territorios, todavía paganos. Hallábase entonces en la región de Frisia (la actual Holanda) el gran apóstol San Willibrordo, y continuamente llegaban a los monasterios de Inglaterra e Irlanda voces en demanda de nuevos misioneros. Winfrido, pues, que se hallaba a la sazón en la plenitud de su vida, se sintió llamado por Dios a este inmenso campo de apostolado, y, después de obtener, tras largas luchas, el permiso de su abad, partió para el Continente, junto con otros dos compañeros, el año 716.

Más no había llegado todavía la hora de Dios. La situación del norte de Europa era insegura, por lo cual Winfrido se convenció de que su labor apostólica sería inútil. Así, pues, volvióse a su monasterio de Nursling, donde, a la muerte del abad Wimbert, trataron los monjes de elegirlo a él. No sin mucho esfuerzo consiguió, al fin, verse libre de esta dignidad, pues su única obsesión era volver al Continente para entregarse de lleno a su evangelización. Convencido, pues, de que, para dar verdadera eficacia a su labor, era necesario recibir una comisión directa del Papa, se dirigió el año 718 a Roma.

Era el primer viaje que hacía a la Ciudad Eterna. El papa San Gregorio II le recibió con muestras de extraordinaria satisfacción, le cambió su nombre de Winfrido por el de Bonifacio; lo instruyó ampliamente sobre el modo de introducir en los pueblos germanos la doctrina cristiana, la liturgia y administración romana, y en la primavera de 719 le dio una comisión especial para los pueblos del centro de Europa.

Atravesando, pues, Bonifacio la Baviera y el centro de Alemania se dirigió a Frisia, donde providencialmente había muerto su rey Radbod, y su sucesor, unido con los francos, se mostraba favorable a la predicación del Evangelio. Allí, pues, al lado del veterano apóstol San Willibrordo, pasó el novel misionero Bonifacio tres años. Este aprendizaje fue de grandísima utilidad para él. Sin embargo, resistiendo a las instancias de San Willibrordo, quien, ya anciano, deseaba nombrarle sucesor suyo, y siguiendo las instrucciones del Papa, se dirigió a Hesse, donde inició su primera gran campaña de predicación. En este tiempo se le juntó uno de sus más fieles colaboradores, llamado Gregorio. Para dar más firmeza y regularidad al trabajo misionero estableció pronto su primer monasterio en Amöneburg. El resultado de sus primeros trabajos fueron millares de conversiones y el establecimiento de numerosas cristiandades.

Ante las primeras noticias de los éxitos obtenidos el Papa le llamó a Roma, donde, bien informado de su espíritu y de sus métodos de predicación, así como también de los nuevos campos que se abrían al Evangelio, le consagró obispo el 30 de noviembre, fiesta de San Andrés, del año 722. A esta dignidad, que tanto ascendiente debía dar a Bonifacio, añadió el Papa una carta especial para Carlos Martel, con el objeto de que obtuviera de éste su apoyo oficial para tan importante empresa, y asimismo gran cantidad de reliquias, el Código oficial canónico y otras cosas que contribuían a dar mayor autoridad al misionero.

Armado, pues, Bonifacio de su nueva autoridad episcopal y de todas estas nuevas armas,se dirigió a Carlos Martel, quien, a la vista de la carta pontificia, puso al servicio del misionero todo el apoyo de su poder. En esta forma entró de nuevo Bonifacio en Alemania y se dispuso a continuar la obra comenzada en Hesse. Para ello realizó entonces una de las más sublimes hazañas de su vida misionera, con el objeto de deshacer la superstición pagana, que constituía el principal obstáculo del Evangelio. Efectivamente, en un día señalado con anticipación, para hacer presencia de gran multitud de paganos, dio con sus propias manos algunos golpes de hacha y luego hizo derribar la encina sagrada de Geismar, a la que los gentiles profesaban gran veneración. Al ver, pues, los paganos que sus dioses no hacían nada para vengar aquel ultraje, reconocieron su impotencia, y a partir de este hecho se mostraron mejor dispuestos para recibir el Evangelio. Con la madera de aquella encina hizo Bonifacio construir una iglesia dedicada a San Pedro, y a corta distancia de ella levantó el monasterio de Fritzlar, que fue en adelante uno de los puntos de apoyo de su obra misionera.

Puesta ya en marcha la misión de Hesse, el año 725 pasó a Turingia, donde ya anteriormente había sido introducido, pero no había arraigado el cristianismo, y allí continuó desarrollando su actividad apostólica. En todas partes encontraba al pueblo dispuesto a escuchar la palabra de Dios. Lo único que faltaba eran misioneros. Por esto insistió constantemente a los monasterios ingleses en demanda de nuevas fuerzas, y, en efecto, fueron llegando muchos monjes misioneros durante los años siguientes. Bien pronto fundó en Turingia, cerca de Gotha, el monasterio de Ordruf, que fue su base de operaciones en aquel territorio. Entre los nuevos misioneros son dignos de mención San Lull, que fue el sucesor de San Bonifacio en la sede de Maguncia, y San Esteban, su futuro compañero de martirio. Llegaron asimismo religiosas, que iniciaron la rama femenina del monacato en Turingia y Hesse. Entre ellas se distinguieron Santa Tecla, Santa Walburga y sobre todo la prima del mismo San Bonifacio, Santa Lioba.

Cerca de diez años hacía que trabajaba en estas regiones de Hesse y Turingia, alentado siempre por San Gregorio II, cuando este gran Papa murió en 731. Su sucesor, San Gregorio III (731-741), conociendo perfectamente el celo y la santidad de San Bonifacio, le envió en 732 el palio arzobispal, constituyéndole metropolitano de toda la Alemania al otro lado del Rhin, a lo que añadía una amplia facultad para fundar nuevos obispados en todos aquellos territorios.

Algunos años más tarde, en 737, hizo su tercer viaje a Roma, con el objeto de tratar detenidamente con el Romano Pontífice sobre la organización definitiva de las iglesias germanas. Entonces recibió de Gregorio III el nombramiento de legado apostólico con poder general sobre todos aquellos territorios, y en Montecassino obtuvo uno de sus mejores auxiliares, al monje San Willibald, y otros misioneros. Con estos nuevos poderes y nuevos auxiliares se dirigió, ante todo, a Baviera, cuyas cristiandades reorganizó e introdujo una plena jerarquía con los obispados de Salzburgo, Ratisbona, Freising, Passau y otros.

Una vez organizada la iglesia de Baviera, volvió a su campo de operaciones de Hesse y Turingia, donde creó los obispados de Erfurt para Turingia, Buraburg para Hesse y Wurzburgo para Franconia; algo más tarde organizó el obispado de Eichstätt. El año 741, mientras realizaba esta obra fundamental de estabilización de aquellas iglesias, fundó la abadía de Fulda, tan célebre en lo sucesivo, y donde debían luego descansar sus restos mortales.

Este mismo año 741 entró San Bonifacio en un nuevo campo de su actividad, al que tal vez han prestado menos atención los historiadores, y que da una idea completa de la magnitud de la obra apostólica de San Bonifacio. En efecto, su encendido amor de Dios y su celo por las almas no se contentaron con la evangelización y organización de las iglesias germanas, sino que realizó también una completa regeneración y reorganización de la Iglesia en Francia. Esta se encontraba, en efecto, en un estado de general decadencia. Muerto el año 741 Carlos Martel, su hijo Carlomán heredó los territorios orientales de Austrasia y Pipino los occidentales de Neustria. Entonces, pues, el piadoso Carlomán, que conocía perfectamente el celo apostólico de San Bonifacio, le invitó para que acudiera a sus dominios con el fin de reformar la disciplina eclesiástica. Aceptó Bonifacio la invitación y comenzó al punto su tarea. Esta se dirigió principalmente a los elementos eclesiásticos, los clérigos, obispos y monasterios. Mas, para dar más eficacia a su acción reformadora, apoyada siempre por Carlomán y más tarde por Pipino, celebró una serie de concilios, célebres en la historia de la Iglesia de Francia.

El primero tuvo lugar en Austrasia en 742. Es el primer concilio germánico. Del resultado que con él obtuvo San Bonifacio puede juzgarse por las disposiciones reformadoras que se tomaron. Se atacó a la raíz del mal, ordenando la devolución de los bienes eclesiásticos. Se urgió el derecho de los obispos y se dieron severas disposiciones contra los vicios de simonía e incontinencia del clero. Todas estas disposiciones fueron luego proclamadas como leyes del Estado. En 743 se celebraron otros dos sínodos en Austrasia. El año siguiente solicitó también Pipino la intervención de San Bonifacio en los territorios de Neustria, donde se celebraron dos sínodos y se introdujeron todas las normas reformadoras de Austrasia. El año 745 se pudo celebrar ya un concilio general para ambos territorios. El resultado fue a todas luces visible. A los cinco años de labor de San Bonifacio la Iglesia franca quedaba completamente regenerada.

El concilio general germano del año 747 fue la mejor confirmación de los resultados obtenidos por la grandiosa obra de San Bonifacio. En él todo el episcopado franco firmó la llamada Carta de la verdadera profesión de fe y de la unidad católica y la mandaron a Roma. De este modo toda la Germania y toda Francia quedaban, por la obra de San Bonifacio, íntimamente unidas con Roma.

Pero esto mismo señala otro punto culminante de la vida de San Bonifacio. Hasta este tiempo poseía una comisión general para todos aquellos territorios. El nuevo papa Zacarías juzgó llegado el tiempo de nombrar a San Bonifacio arzobispo de Maguncia, constituyendo esta sede como primada de Alemania y Francia. De este modo se completaba la unidad de la obra de San Bonifacio. Apenas realizado esto, perdió el mismo año 747 a su principal apoyo, Carlomán, quien se retiró a un monasterio. Pero su hermano Pipino el Breve, que unió entonces toda Francia, continuó prestándole el mismo apoyo. La obra de Bonifacio continuó, pues, produciendo los más sazonados frutos, no obstante los disturbios promovidos por algunos caracteres turbulentos.

Pero, entretanto, San Bonifacio, ya de avanzada edad, obtuvo el nombramiento de su discípulo y colaborador Lull como sucesor suyo en la sede de Maguncia. Pero su ardiente espíritu misionero no encontraba mejor descanso que el campo de sus primeros trabajos apostólicos. Se dirigió, entonces, a la región de Frisia, donde con aliento juvenil se entregó de lleno al trabajo misionero entre los gentiles, todavía numerosos en aquel territorio. Los primeros éxitos de esta nueva y última campaña del veterano apóstol le rejuvenecieron extraordinariamente. Sentíase allí como en su propio elemento. Organizaron las cosas para celebrar una confirmación en el campo de Dokkum; y el 5 de junio de 754, cuando esperaba a los nuevos cristianos para administrarles este sacramento, cayeron sobre él unos gentiles fanáticos y le martirizaron junto con cincuenta y dos compañeros. Enterrado primero en Utrecht, más tarde fue trasladado a Maguncia y luego a Fulda.

Con justicia se le ha dado el título de apóstol de Alemania en el más amplio sentido de la palabra. San Bonifacio es uno de los más excelentes ejemplos de los grandes misioneros de la Iglesia católica de todos los tiempos. Su encendido amor de Dios y de las almas le comunicó la fuerza necesaria para vencer las mayores dificultades y trabajar hasta derramar su sangre por la fe que predicaba. El resultado de su obra apostólica, verdaderamente admirable, se extendió a toda Alemania y a Francia.