viernes, 8 de junio de 2012

San Medardo


San Medardo es un santo merovingio. Un santo de aquella Francia recién convertida al catolicismo por obra del obispo San Remigio, que hizo bautizar en Reims a Clodoveo, bárbaro sicambro.

San Remigio conocía bien a su regio catecúmeno, y, después de prepararle concienzudamente cuanto daba de si la rudeza del belicoso monarca, organizó toda una fiesta en la catedral de Reims. La oportunidad lo demandaba. Tapices, colgaduras, cruces gemadas, lámparas en los intercolumnios, reflejos dorados de los mosaicos, melodías de clérigos y chantres, aclamaciones de los fieles.

Clodoveo se sintió conmovido, transportado. Hombre de guerras y torneos, no conocía las bellezas del culto cristiano.

—Padre —exclamó al penetrar en la basílica deslumbrante—, ¿es esto el cielo de que me tenéis hablado?

—No, hijo —respondió el obispo—, esto es solamente la antesala del cielo.

Esta anécdota nos sirve muy bien para introducirnos en la vida de un santo merovingio. Con aquellos pueblos francos, regidos por Meroveo, que habían estado al servicio de la Roma imperial, a la cual prestaron buena ayuda en la derrota de Atila el año 451, había que proceder así, con suavidad y energía, como con niños grandes, deslumbrándoles con algo que ellos no poseían: tradición y cultura.

Al desaparecer el Imperio de Occidente el rey Childerico comienza a construir el reino franco, aunque el verdadero creador de aquella nacionalidad es Clodoveo, que da a su pueblo la unidad de territorio y de religión.

Por la batalla de Tolbiac (496) vence a los francos ripuarios y a los alamanos, y posteriormente abraza la religión católica por influencia de su esposa, la princesa borgoñona Clotilde, y del obispo San Remigio.

Por otra batalla, la de Vouillé (507), se apodera de los dominios visigóticos, eficazmente apoyado por el clero, que veía con agrado la expulsión de los arrianos de las Galias. Posteriormente, y aplicando toda clase de procedimientos, logró adueñarse de todos los dominios de los demás pueblos francos del Rhin y Cambray.

Clodoveo era un gran político y un gran militar, que recurría a todos los medios para consolidar su poder. La frase que San Remigio pronunciara, al tiempo de administrarle el bautismo: "Adora, sicambro, lo que has quemado, y quema lo que hasta ahora has adorado", la entendió siempre a medias, o, mejor, según le convenía. Su talento político iba por encima de su conciencia, y por eso su reinado, abundante en aciertos de primer orden, lo es también en violencias y desmanes.

Pues en este clima crece San Medardo. Sería ya un adolescente cuando ocurrió la muerte de Clodoveo el año 511, en que su reino fue dividido entre sus cuatro hijos: Tbierry, Clodomiro, Childeberto y Clotario, reino que no volvería a reunirse hasta muchos años después, en 558, en manos de Clotario, cuando a San Medardo sólo le restaban dos años de vida.

Los reyes francos tenían, como los restantes monarcas bárbaros, psicología de ricos nuevos. Todo les venía ancho, en especial el derecho y el respeto hacia los otros. Aquella mesura de los romanos, que con las legiones llevaban las formas jurídicas y la ordenación social, no la poseían los bárbaros pueblos de la selva, gentes en estado tribal. Fueron los monjes y los obispos quienes penosamente hubieron de educarlos en la moderación y el uso ponderado de la fuerza. Y —¡oh maravilla!— el caballero, el hombre que pone su espada al servicio de las más nobles empresas teniendo por norma el honor, es un producto del feudalismo cristianizado. La Edad Media sería el equilibrio entre religión y poder.

San Medardo nació en Salency. Su padre, Néctor, pertenecía a una gran familia franca, y su madre, Protagia, era galorromana. Buena fusión para un santo que habría de influir poderosamente en su pueblo.

De su padre heredaría la fortaleza, la decisión e incluso el prestigio para que nadie le tornara por sospechoso. De su madre mamaría la delicadeza, las finas maneras, el gusto depurado.

Naturalmente, con una madre así había que pensar en una educación esmerada para el hijo; pero seguramente que también el padre apoyaría. Los padres quieren vengarse de su ignorancia dando carrera a sus hijos, sobre todo si ellos prosperaron simplemente por audacia y fortuna.

San Medardo estudió en Augusta Veromanduorum. Esta población del norte de Francia, cerca ya de la actual Bélgica, corresponde hoy a una ciudad que tiene para los españoles recuerdos imperiales y nos valió El Escorial: Saint Quentin.

Allí estudiaría en la escuela episcopal y adelantaría en los estudios; pero más en la virtud.

Tratándose de un santo, y de un santo merovingio, esto es de todo punto imprescindible. No es que estuviera predestinado a la santidad; el joven escolar pondría grandes esfuerzos, derrocharía todo su empeño en los estudios, pero no menos en superarse en el bien.

Desde luego, está probado por los biógrafos primitivos el sentido limosnero del joven Medardo. Compartía con los estudiantes más pobres su comida, socorría largamente a los menesterosos, y en una ocasión dio un caballo a un pobre peregrino a quien los ladrones habían dejado a pie, robándole su cabalgadura. Cuando su padre notó la falta en la caballeriza, se admiraría ante el suceso y presentiría que su hijo, si algún día alcanzaba fama, no sería como guerrero, sino como clérigo.

Efectivamente, el obispo de su diócesis le promovió a las órdenes sagradas, y ascendiendo por los grados de la jerarquía llegó al sacerdocio.

Por entonces debió volver a Salency para hacerse administrador de las propiedades paternas en beneficio de los pobres, aunque no de los ladrones.

Una de las cosas que debían aprender los francos, acostumbrados a la ley de la selva, era el respeto a la propiedad.

Parece que San Medardo tuvo en parte esta misión. Pero el Santo no necesitaba llevar a los rateros a los tribunales civiles. Resolvía él mismo, con milagros y caridad, los casos.

Tres anécdotas, como de Flos sanctorum, han llegado hasta nosotros, y ungidas, además, con su propia moraleja, como los apólogos orientales.

El Santo tenía una viña junto a su casa. Eran los comienzos del otoño cuando un sol en declive va dando toques de oro a los racimos de las cepas. Una noche los ladrones asaltaron la heredad. Llenaron sus capachos y pretendieron huir con el objeto de su depredación. Todo fue inútil; no encontraban la salida de la finca. A la mañana siguiente la aurora y San Medardo, que salía al predio para cantar Ios salmos de su oficio, encontraron a los rateros. El Santo no tuvo reproche alguno para los infelices. Tal vez, con un dejo de ironía, pudo decirles:

—¿Veis? El pecado ciega. ¡Con lo fácil que era dar con la puerta! Podéis marchar, y que os aproveche vuestra vendimia.

Otro día fue un ladrón goloso que asaltó las colmenas de la casa parroquial. Pero tan apurado se vio de las abejas que le picaban implacables, que tuvo que solicitar socorro del Santo.

—Mira, lo mismo ocurre con el pecado. Sus comienzos son dulces, pero las consecuencias tienen veneno y picor de abejas.

Por último, el caso más gracioso y educativo fue el de la vaca.

San Medardo tenía una vaquita. Debía de ser preciosa, como cuidada por un Santo. Y daba mucha leche.

El Santo soltaba su vaquita al prado, y para saber si se alejaba, para conocer sus correrías, San Medardo puso una esquila a su vaca.

La becerra pacía aquí y allí, bajaba hasta la ribera del río, se metía entre los juncos y espadañas de la orilla. El Santo oía la cencerra, escuchaba su sonido, y sabía las andanzas de su vaca. Si alguna vez el animalito se extraviaba demasiado, San Medardo lanzaba un silbido profundo y la vaca volvía a la querencia del establo. El Santo la ordeñaba, la apiensaba, y hasta el día siguiente.

Pero un día la vaca se alejó. Al principio San Medardo oía el cencerro de su vaca. Después sólo muy lejanamente, por último, nada, ni un eco.

San Medardo silbó a su vaca, esperando hallar la respuesta de su esquilita; pero la vaca no contestaba, porque un ladrón la había robado.

San Medardo se acostó triste aquella noche, sin tomarse su cuenco habitual de leche espumante.

Pero a la mañana siguiente se presentó el ladrón solo, por su voluntad, sin que nadie le obligara.

Mejor dicho, venía obligado por la esquila de la vaca.

Cuando la robó, para que no sonara, le quitó el cencerro, y lo escondió en sus alforjas; pero el cencerro sonaba, sonaba y sonaba.

Después lo enterró en el suelo, y el cencerro seguía sonando.

Por fin en su casa lo atascó con paja y lo escondió entre el heno. Mas el cencerro no dejaba de sonar. Aquella noche el hombre no pudo pegar el ojo, oyendo incesantemente la esquila de la vaca de San Medardo.

Cuando a la mañana siguiente le explicó al Santo lo ocurrido, le respondió éste:

—Hijo, eso es la esquila de tu conciencia. El remordimiento no te ha dejado dormir. Es la consecuencia de todo pecado.

Estos hechos y aún otros más portentosos debieron hacer subir el crédito de santidad de Medardo. Y nada puede extrañar que fuera elegido obispo a la muerte de Alomer, que regía la sede de Vermandois. Parece ser que fue consagrado por el propio San Remigio, y para poder seguir atendiendo a sus posesiones familiares, y para enseñar costumbres cívicas a sus cristianos, recién salidos de la idolatría, o, como quieren otros biógrafos más dudosos, porque Noyon ofreciera mejores condiciones de defensa en aquellos tiempos calamitosos de invasiones y guerra, trasladó a esta ciudad la sede episcopal.

Aquí comenzaría su lucha enérgica y suave centra los restos de paganismo que se resistía a cristianizarse, contra las supersticiones, contra las duras costumbres, contra la ignorancia, contra la rapiña y la haraganería, contra la intriga y el asesinato.

Oscura tarea que llevaron a cabo aquellos obispos galos del siglo VI, que lograron cambiar la mentalidad de los francos recién convertidos.

El prestigio de San Medardo aparece en todo su esplendor cuando vemos a la reina Radegunda postrada a sus pies pidiendo con humildad y energía el hábito de diaconisa.

Radegunda era esposa de Clotario, que la había conseguido como botín el año 531, cuando las luchas intestinas de Turingia permitieron a los reyes francos apoderarse de aquel reino. Los hijos de Bertario, hijo del rey derrotado, Hermanfrido, cayeron prisioneros, y entre ellos venía Radegunda, princesa que había recibido una educación refinada en la corte de su tío. Clotario consiguió finalmente casarse con ella, dentro de la legalidad, aunque venciendo la repugnancia natural de la derrotada.

Mucho debió de sufrir ésta al lado de su regio consorte, quien no sabía percibir del cristianismo nada más que el temor del infierno, y las noticias que la historia nos ha dejado de él nos lo presentan como príncipe violento y lujurioso, aunque capaz de arrepentirse de alguna mala decisión si se interponía el gesto enérgico de algún prelado. Así, después de haber decidido apoderarse del tercio de las rentas de las iglesias, renunció a su proyecto ante una simple protesta del obispo de Tours.

Radegunda supo conducir la corte de Clotario dentro de una alta vida religiosa, sin descuidar un momento sus deberes de soberana.

Mas, como dijimos, tenia ella un hermano que había sido hecho prisionero en 531, cuando la destrucción de la Turingia. En 555 esta región se sublevó contra Clotario, y éste hizo asesinar brutalmente al hermano de la reina.

Radegunda pidió y obtuvo permiso de abandonar la corte, y con su ascendiente moral obliga a San Medardo a que le diera el velo de consagrada.

El Santo duda, no por miedo a la cólera del rey o de los presentes que le advierten:

—Obispo, cuida mucho de no arrebatar al rey su legitima esposa, la cual él desposó solemnemente.

Más bien temía ir contra los sagrados cánones, que prohiben la separación de marido y mujer.

Mas, como Radegunda ya había obtenido la autorización del rey, venció los últimos escrúpulos del santo prelado cuando se presentó ante él revestida de los hábitos religiosos y le dijo:

—Si dudas de consagrarme, si tienes miedo de un hombre más que de Dios, sabe, pastor, que él te pedirá cuenta del alma de tus ovejas.

Estas palabras decidieron al buen pastor, que impuso las manos a Radegunda, consagrándola diaconisa. Y no parece que Clotario tomara a mal la conducta del Santo, a pesar de lamentar el haberse quedado sin tan santa esposa. Esta marchó a Poitiers y fundó un monasterio, que puso bajo la regla de San Cesáreo de Arlés, y donde Venancio Fortunato hacía como de capellán y consejero del regio cenobio.

San Medardo murió poco después, avanzado de edad y cargado de méritos, probablemente el año 560. Al siguiente moría también Clotario, y otra vez la dinastía franca se hacía reino cuatripartito en sus hijos.

El cuerpo de San Medardo fue llevado muy pronto a Soissons, donde se levantó un célebre monasterio, comenzado por el propio Clotario.

La fama taumatúrgica del Santo creció tan rápidamente que al año podía escribir San Niceto de Tréveris que era parangonable con la de San Martín de Tours, San Hilario de Poitiers y San Remigio.

Los prisioneros liberados por su intercesión acudían a su templo a dejar sus cadenas como exvotos. Al principio del siglo X los monjes de Soissons, huyendo de los normandos, llevaron sus reliquias de Dijon.

San Medardo es uno de los santos más populares de la Francia de la Edad Media. No es raro que alrededor del mismo hayan proliferado las leyendas. Dom Leclercq, en el Diccionario de Arqueología y Liturgia, tiene un denso artículo sobre las “vidas" de este Santo. La que más fe hace es la escrita el año 600 por un monje merovingio, y que se atribuyó durante muchos siglos a Venancio Fortunato, pero que indudablemente no es suya.

Otra cosa curiosísima es la leyenda que hace hermanos gemelos a San Medardo y San Gildardo, los cuales habrían sido bautizados el mismo día, ordenados sacerdotes y consagrados obispos el mismo día y habrían entrado igualmente en el cielo el mismo día. Un dístico medieval lo dice en latín litúrgico:

Una dies natos utero viditque sacratos,
albis indutos et ab ista carric solutos.

Pero esta leyenda absurda y sin fundamento la refutó el mismo Mabillon en 1668, en carta al prior de San Medardo, demostrando la imposibilidad de coincidencias cronológicas entre el obispo de Noyon y San Gildardo, que es anterior a San Medardo.

San Gregorio de Tours nos dice que ya en su tiempo se representaba a San Medardo con la boca entreabierta y enseñando la dentadura, para significar de esta manera ingenua que era patrón contra los dolores de muelas. Este gesto del Santo ha pasado a la paremiología francesa, en que se dice: Ris qui est de saint Médard —le coeur n'y prend pas grand part (En la risa de San Medardo el corazón no toma mucha parte).

La abadía de San Medardo de Soissons llegó a ser famosa y poseer pingües riquezas, jugando un papel importantísimo bajo los reyes merovingios y carolingios.

miércoles, 6 de junio de 2012

San Marcelino Champagnat


Nació este varón de Dios el 20 de mayo de 1789, en la aldea de Rosey, de la parroquia de Marlhes, departamento de Loira, diócesis, desde 1801, de Lyon. Fueron sus padres Juan Bautista Champagnat y María Chirat; este matrimonio tuvo diez hijos. El padre era hombre recto, bastante instruido, de buen juicio y muy estimado en la comarca; sus convecinos acudían a él para que dirimiera sus diferencias. El aprecio de que gozaba y su relativa buena hacienda le merecieron el nombramiento de jefe del municipio de Marlhes; mantuvo el cargo con rectitud inflexible y protegió decididamente a la Iglesia, por lo cual fue juzgado desafecto a la Revolución, sometido a procesos y vejado con pérdidas cuantiosas.

La madre era muy piadosa, devota ferviente de la Santísima Virgen, solícita con sus hijos, excelente ama de casa y consejera a la que acudían a su vez vecinas y amigas. Llegada la noche rezaba en familia el rosario con las últimas oraciones y daba lectura a Las vidas de los santos. María Chirat ofreció su hijo a la Virgen, y se dispuso a esmerarse en la educación de Marcelino.

El ambiente familiar era propicio por demás para la adecuada formación del alma de nuestro Beato. Tenía la madre un hermano llamado Marcelino, piadoso como ella, y que, alborozado y diligente, apadrinó en la pila a su sobrino y le impuso los nombres de Marcelino, José y Benito. En la misma casa vivía refugiada la tía Rosa, hermana de su padre, expulsada por el Terror de su convento; esta santa mujer ayudó a la madre en la educación cristiana de Marcelino; le hablaba de Dios, de María, de los ángeles custodios y de los estragos de la Revolución. Las instrucciones, consejos y ejemplos de la edificante tía calaron hondo en el alma de Champagnat, como más tarde lo reconocía y comentaba agradecido.

Frutos del cristianismo práctico de aquel hogar fueron, entre otros, el bautismo sin dilación de Marcelino, al día siguiente de nacer, fiesta de la Ascensión; la preparación esmerada de Marcelino a la comunión primera, que recibió a los once años en la primavera de 1800; la mayor frecuencia en comulgar, ya en la casa, ya en el seminario, de lo entonces en uso y que hubo que conceder a Marcelino, y la consagración a Dios de otros hermanos que siguieron el ejemplo de nuestro Beato,

Rosey era un lugarejo situado en la zona elevada y montañosa del sudoeste de Lyon, región agreste de los montes Pilat, donde aún se guardaban costumbres patriarcales; la vida de los Champagnat-Chirat la constituían los deberes religiosos, la atención a los hijos, el cuidado de una granja-molino, la ganadería, la agricultura, en ocasiones la albañilería, la carpintería y el oficio de herrero, y siempre una sobria y prudente administración en la que eran expertos los padres; en todas estas prácticas iba iniciando a sus hijos Juan Bautista, y de todas ellas sacó Marcelino buen provecho para sus empresas posteriores.

Esta fue cortada al talle de la de Nazaret, la primera acreditada escuela cristiana de Marcelino, en, la que aventajó mucho y mereció promoción a más altos destinos.

La Revolución había maltrecho la Iglesia en Francia; era arzobispo de Lyon el insigne y piadoso cardenal Fesch, tío de Napoleón Bonaparte, quien decidió restaurar la vida cristiana en su diócesis y empezó por restablecer y poblar los seminarios; mandó que su vicario general enviase sacerdotes emisarios que hallaran jóvenes aptos para el sacerdocio; el párroco de Marlhes enderezó los pasos del visitante que le correspondió hacia la granja de los Champagnat; no eran llamados por Dios los hermanos mayores de Marcelino, pero éste, que, por muerte del último hijo, había quedado el benjamín, si bien perplejo al pronto, reaccionó en seguida con decisión y aceptó la vocación divina en la que jamás vaciló a pesar de las dificultades muy grandes que tuvo que vencer. La escuela de Cristo en la granja de Rosey había dado su floración esplendente: un sacerdote.

Y pasó Marcelino a la escuela superior de la formación de su alma, el seminario. En octubre de 1805 ingresó en el Seminario Menor de Verriéres, y en él acreció la piedad, ejercitó la fortaleza, aprovechó las humillaciones, fue dechado de paciencia y regularidad y ganó el afecto de sus colegas, el aprecio de sus superiores y maestros y el nombramiento de prefecto de disciplina durante las noches, de las que se sirvió para el estudio, realizando una evolución que sorprendió a profesores y condiscípulos y acortó los cursos de su carrera.

En octubre de 1813 ingresó en el Seminario Conciliar de Lyon. La divina gracia le condujo a perfección más alta; escogió por virtud predilecta la humildad, con la que su santidad resultó hondamente cimentada; gozó en los estudios que le hablaban de Dios; formó parte de un grupo de doce seminaristas resueltos a emplear sus vidas en la restauración cristiana del mundo, por medio de la devoción y culto de María, el apostolado de las misiones y del catecismo, y de su ejemplo; comunicaron sus planes al rector del seminario, subieron con él al santuario de Fouirviére y se consagraron a María; de aquel cenáculo mariano salieron más tarde los padres y los hermanos Maristas, y, entre aquellas almas selectas había un santo, el Cura de Ars; un beato, Marcelino, Champagnat, y un venerable, Juan Claudio Colin, fundador y primer general de la Sociedad de María.

El 22 de julio de 1816 fue ordenado sacerdote en la metropolitana iglesia de Lyon, cuando pasaba poco de los veintisiete años de edad; muy luego subió otra vez a Fourviere y ofreció a María su sacerdocio. Fue nombrado coadjutor de la Valla, pueblo situado en las estribaciones del Pilat, con extensa feligresía diseminada entre montes y comunicada por pésimos caminos; al llegar Marcelino a la vista de la torre de la iglesia de su cargo se arrodilló y, con oración sentida, se dispuso a emprender la etapa de ejercitación heroica de virtudes apostólicas con las que iba a consumar su perfección.

Fue el consuelo del anciano párroco, que le reputó irreprensible; levantó el caído esplendor de su iglesia; cuidó de que ningún enfermo muriera sin sacramentos, sin reparar en la hora, en el rigor de las estaciones, en el cansancio o el desfallecimiento por tiempo transcurrido sin alimento para poder comulgar, ni en la distancia y mal camino. Predicaba con unción; y las notas conservadas de sus sermones y avisos de buen gobierno requieren talento y densa cultura eclesiástica. Se ganó la confianza de los jóvenes, de los ancianos, enfermos y de todos sus feligreses. Acabó con el vicio de la embriaguez, con las fiestas mundanas y las malas lecturas: un día entero se alimentó su hogar con libros esparcidos por la Revolución; fundó una biblioteca y regaló lecturas con prodigalidad. Se granjeó el corazón de los niños, a los que tanto gustó su catequesis que vez hubo en que, engañados por la luna, creyeron que amanecía y los hubo de recoger en la iglesia antes de salir el sol; sus lecciones de catequista eran recordadas treinta años después con agrado por los mayores que le oyeron. La transformación de la Valla fue completa y su buen suceso recuerda el cabal éxito apostólico de su condiscípulo Juan María Vianney.

Y, así preparado por Dios, surgió el fundador que nos presentan sus hijos, los hermanos maristas, como muy joven fundador de la Iglesia, pues contaba algo más de veintisiete años al fundar, y moría a los cincuenta y un años de edad; nos lo describen los maristas diciendo: Fue de elevada estatura, robusto y bien constituido: de carácter enérgico y dulce a la vez. Hombre alto en su aspecto físico y hombre gigante en la virtud ...”.

En los coloquios apostólicos marianos decía Marcelino a sus compañeros que necesitaban hermanos que ayudaran a los sacerdotes misioneros y enseñaran el catecismo; insistió reiteradamente en su idea, y sus amigos, al fin, le dijeron que, pues era idea suya, se encargara él de su ejecución; pero tuvo además Marcelino la ratificación del cielo para la empresa de fundación; dice un marista: “... tuvo la personal inspiración de fundar un Instituto de hermanos..., la recibió el año 1816, en una de sus frecuentes visitas al santuario de Nuestra Señora de Fourviére, en Lyon"; una placa de bronce recuerda en el santuario este suceso. Pero el momento escogido por Dios para lanzar a Marcelino a su obra fue a fines de octubre de 1816, cuando fue requerido para asistir en su muerte a un adolescente llamado Francisco Montaigne, que expiraba en total desconocimiento de los rudimentos de la doctrina cristiana; Marcelino, lleno de amor y de celo, le instruyó y dispuso a morir como un ángel, y se retiró con el tiempo justo para haber salvado un alma. Champagnat se conmovió y, meditando en el ingente número de niños y adolescentes que se hallarían en el mismo caso que Montaigne, resolvió proceder a la fundación de sus hermanos.

El Instituto comenzó el 2 de enero de 1817; la primera casa fue, por su pobreza, un auténtico portal de Belén. Animado Marcelino por sus superiores eclesiásticos y probado con la cruz de la adversidad, solicitados sus hermanos por los párrocos que le pedían escuelas, acometió las obras de su Casa en el valle que desciende de La Valla a Saint-Chamond, a las orillas del Gier. El día de la Asunción de 1825 fue bendecida esta Casa, que él denominó Nuestra Señora del Hermitage. Allí murió Marcelino el 6 de junio de 1840, sábado, día de la semana en que deseaba morir, a la hora del amanecer, en que sus hijos, por su mandato, cantan la salve. En el Hermitage dictó su testamento al hermano Luis María y lo hizo leer a sus hijos a su presencia antes de expirar; es modelo de santidad y muestra de talento y buen gobierno; recomienda la obediencia, la caridad, delicada hasta con todos los demás Institutos; la sencillez, la perseverancia marista como prenda de salvación, el oficio de ángeles custodios con los niños y el amor a María, primera Superiora del Instituto. Al morir dejaba Marcelino en Francia 280 hermanos, con 40 Casas.

La pedagogía marista tiene características propias, aprovechamiento de progresos que halló reconocidos, enmienda de fracasos frecuentes en la enseñanza y aciertos de orientación en bien de la Iglesia. Es Instituto dedicado a Dios por el apostolado exclusivo de la enseñanza; muy adicto a la jerarquía eclesiástica; amigo del clero secular desde su comienzo y a lo largo de su historia: el caso del párroco de Saint Chamond, señor Dervieux, ayudando generosamente al fundador en un momento difícil de su incipiente obra, era el preludio de una mutua cooperación entre hermanos y sacerdotes que había de ser nota distintiva de los maristas.

Marcelino padeció un maestro que no supo discernir un retraso mental por falta del cultivo del alma de una inteligencia escasa; no quiso pisar más en una escuela en la que vio maltratar a un niño, y lloró siempre la exasperación y desvío de la Iglesia de un niño al que motejó un sacerdote en la catequesis con tan desgraciada fortuna que los condiscípulos le abochornaban con el apodo molesto. Prohibió para siempre los remoquetes en sus casas; desterró de sus aulas los castigos aflictivos; para estímulo de instrucción y educación se sirvió del canto en la escuela; aprovechó el método simultáneo de enseñanza establecido por Juan Bautista de la Salle; introdujo el uso docente de las consonantes seguidas de vocal, práctica muy suya que se generalizó enseguida en Francia y ha pasado a la pedagogía universal; fue precursor de la escuela activa por la participación de los alumnos de su propia formación; entre los maristas ha habido en este último aspecto aventajados seguidores de Champagnat...; inculcó en sus hijos el cultivo de la intuición; un día explicaba con una manzana la forma de la tierra y la existencia de infieles en apartadas regiones; un niño que le oía con interés fue más tarde monseñor Epalle, misionero de Oceanía y mártir en las islas Salomón. Así quería Champagnat a sus hijos, los hermanos maristas, catequistas perfectos, y para esto les manda: una hora diaria de estudio religioso y que enseñen el catecismo cada día en sus clases y en la primera hora de lección del día...

Pero la quintaesencia de la pedagogía marista es la devoción, culto y amor a María; el lema del Instituto es el de Marcelino: Todo a Jesús por María y todo a María para Jesús; a María llamaba y tenía el fundador por su recurso, ordinario; encarga a sus hijos que den culto brillante al mes de María; decía así Champagnat: "En el Instituto todo pertenece a María; bienes y personas; todo debe emplearse a su gloria; amarla..., inculcar su devoción a los niños... como medio de servir fielmente a Jesucristo... es el fin y el espíritu de la Congregación."

Así se ha podido publicar en la beatificación de Champagnat, 29 de mayo de 1955, que en poco más de un siglo este Instituto ha llegado a 8.500 hermanos con 5.500 formandos o novicios, de 700 colegios en 52 países y más de 250.000 alumnos.
(Fuente: Mercabá.org)


martes, 5 de junio de 2012


Bonifacio o Winfrido es justamente designado como apóstol de Alemania, si bien es verdad que ya antes de él otros misioneros habían predicado el Evangelio en diversas regiones de este territorio, y a pesar de que algunas de estas regiones, como Baviera y Turingia, constituían ya importantes núcleos de cristiandad. A él se debe, en efecto, en primer lugar, el haber generalizado y sistematizado, mucho más que los anteriores misioneros, la evangelización de la mayor parte de Alemania, y, por otra parte, el haber organizado de una manera definitiva la jerarquía de estos vastos territorios, procediendo en toda esta labor en inteligencia con los Romanos Pontífices. Mas con todo este trabajo de evangelización de Alemania y organización de sus iglesias no se agotó la actividad de este grande apóstol. Esta comprende una segunda parte, a la que suelen atender menos los historiadores, pero que tuvo extraordinaria importancia en la vida de San Bonifacio. Es la regeneración y reorganización de la Iglesia de los Francos, que se hallaba en gran decadencia. Así, pues, San Bonifacio es apóstol de Alemania y reorganizador de la Iglesia franca.

Llamábase Winfrido y nació hacia el año 680, según todas las probabilidades, en el territorio de Wessex, de una familia profundamente cristiana. Contando sólo cinco años, atraído por el ejemplo y las palabras de unos monjes, manifestó a sus padres el deseo de seguirlos, y, después de vencer su persistente oposición, pudo dirigirse a la escuela del monasterio de Exeter. Contaba entonces sólo siete años y durante otros siete pudo poner los más sólidos fundamentos a su formación humanística y sacerdotal. A los catorce se trasladó al monasterio de Nursling, de la diócesis de Winchester, donde, ingresado en la Orden, recorrió los estudios superiores del llamado Trivio y Cuatrivio, en los que salió tan aventajado que bien pronto pudo ser allí mismo renombrado maestro. De ello nos dejó una excelente prueba en una gramática latina que compuso en este tiempo.

Pero mucho más que en los estudios profanos, que constituían la base de la formación humanística y filosófica, se aventajó Winfrido en los eclesiásticos, que más directamente debían servirle para los ideales apostólicos que ya entonces acariciaba en su interior. Por esto consta que estudió de un modo especial la Sagrada Escritura y la dogmática o teología, tal como entonces se proponía, al mismo tiempo que realizaba los primeros ensayos de predicación entre la gente humilde y sencilla del pueblo. Todo esto, unido a un espíritu profundamente religioso, a la práctica de todas las virtudes monásticas y a un abrasado amor de Dios y del prójimo, le prepararon convenientemente para la grande obra a que Dios lo destinaba.

Precisamente entonces eran frecuentes las salidas de Inglaterra de monjes misioneros, que partían para el centro y norte de Europa, donde se entregaban con toda su alma a la evangelización de aquellos territorios, todavía paganos. Hallábase entonces en la región de Frisia (la actual Holanda) el gran apóstol San Willibrordo, y continuamente llegaban a los monasterios de Inglaterra e Irlanda voces en demanda de nuevos misioneros. Winfrido, pues, que se hallaba a la sazón en la plenitud de su vida, se sintió llamado por Dios a este inmenso campo de apostolado, y, después de obtener, tras largas luchas, el permiso de su abad, partió para el Continente, junto con otros dos compañeros, el año 716.

Más no había llegado todavía la hora de Dios. La situación del norte de Europa era insegura, por lo cual Winfrido se convenció de que su labor apostólica sería inútil. Así, pues, volvióse a su monasterio de Nursling, donde, a la muerte del abad Wimbert, trataron los monjes de elegirlo a él. No sin mucho esfuerzo consiguió, al fin, verse libre de esta dignidad, pues su única obsesión era volver al Continente para entregarse de lleno a su evangelización. Convencido, pues, de que, para dar verdadera eficacia a su labor, era necesario recibir una comisión directa del Papa, se dirigió el año 718 a Roma.

Era el primer viaje que hacía a la Ciudad Eterna. El papa San Gregorio II le recibió con muestras de extraordinaria satisfacción, le cambió su nombre de Winfrido por el de Bonifacio; lo instruyó ampliamente sobre el modo de introducir en los pueblos germanos la doctrina cristiana, la liturgia y administración romana, y en la primavera de 719 le dio una comisión especial para los pueblos del centro de Europa.

Atravesando, pues, Bonifacio la Baviera y el centro de Alemania se dirigió a Frisia, donde providencialmente había muerto su rey Radbod, y su sucesor, unido con los francos, se mostraba favorable a la predicación del Evangelio. Allí, pues, al lado del veterano apóstol San Willibrordo, pasó el novel misionero Bonifacio tres años. Este aprendizaje fue de grandísima utilidad para él. Sin embargo, resistiendo a las instancias de San Willibrordo, quien, ya anciano, deseaba nombrarle sucesor suyo, y siguiendo las instrucciones del Papa, se dirigió a Hesse, donde inició su primera gran campaña de predicación. En este tiempo se le juntó uno de sus más fieles colaboradores, llamado Gregorio. Para dar más firmeza y regularidad al trabajo misionero estableció pronto su primer monasterio en Amöneburg. El resultado de sus primeros trabajos fueron millares de conversiones y el establecimiento de numerosas cristiandades.

Ante las primeras noticias de los éxitos obtenidos el Papa le llamó a Roma, donde, bien informado de su espíritu y de sus métodos de predicación, así como también de los nuevos campos que se abrían al Evangelio, le consagró obispo el 30 de noviembre, fiesta de San Andrés, del año 722. A esta dignidad, que tanto ascendiente debía dar a Bonifacio, añadió el Papa una carta especial para Carlos Martel, con el objeto de que obtuviera de éste su apoyo oficial para tan importante empresa, y asimismo gran cantidad de reliquias, el Código oficial canónico y otras cosas que contribuían a dar mayor autoridad al misionero.

Armado, pues, Bonifacio de su nueva autoridad episcopal y de todas estas nuevas armas,se dirigió a Carlos Martel, quien, a la vista de la carta pontificia, puso al servicio del misionero todo el apoyo de su poder. En esta forma entró de nuevo Bonifacio en Alemania y se dispuso a continuar la obra comenzada en Hesse. Para ello realizó entonces una de las más sublimes hazañas de su vida misionera, con el objeto de deshacer la superstición pagana, que constituía el principal obstáculo del Evangelio. Efectivamente, en un día señalado con anticipación, para hacer presencia de gran multitud de paganos, dio con sus propias manos algunos golpes de hacha y luego hizo derribar la encina sagrada de Geismar, a la que los gentiles profesaban gran veneración. Al ver, pues, los paganos que sus dioses no hacían nada para vengar aquel ultraje, reconocieron su impotencia, y a partir de este hecho se mostraron mejor dispuestos para recibir el Evangelio. Con la madera de aquella encina hizo Bonifacio construir una iglesia dedicada a San Pedro, y a corta distancia de ella levantó el monasterio de Fritzlar, que fue en adelante uno de los puntos de apoyo de su obra misionera.

Puesta ya en marcha la misión de Hesse, el año 725 pasó a Turingia, donde ya anteriormente había sido introducido, pero no había arraigado el cristianismo, y allí continuó desarrollando su actividad apostólica. En todas partes encontraba al pueblo dispuesto a escuchar la palabra de Dios. Lo único que faltaba eran misioneros. Por esto insistió constantemente a los monasterios ingleses en demanda de nuevas fuerzas, y, en efecto, fueron llegando muchos monjes misioneros durante los años siguientes. Bien pronto fundó en Turingia, cerca de Gotha, el monasterio de Ordruf, que fue su base de operaciones en aquel territorio. Entre los nuevos misioneros son dignos de mención San Lull, que fue el sucesor de San Bonifacio en la sede de Maguncia, y San Esteban, su futuro compañero de martirio. Llegaron asimismo religiosas, que iniciaron la rama femenina del monacato en Turingia y Hesse. Entre ellas se distinguieron Santa Tecla, Santa Walburga y sobre todo la prima del mismo San Bonifacio, Santa Lioba.

Cerca de diez años hacía que trabajaba en estas regiones de Hesse y Turingia, alentado siempre por San Gregorio II, cuando este gran Papa murió en 731. Su sucesor, San Gregorio III (731-741), conociendo perfectamente el celo y la santidad de San Bonifacio, le envió en 732 el palio arzobispal, constituyéndole metropolitano de toda la Alemania al otro lado del Rhin, a lo que añadía una amplia facultad para fundar nuevos obispados en todos aquellos territorios.

Algunos años más tarde, en 737, hizo su tercer viaje a Roma, con el objeto de tratar detenidamente con el Romano Pontífice sobre la organización definitiva de las iglesias germanas. Entonces recibió de Gregorio III el nombramiento de legado apostólico con poder general sobre todos aquellos territorios, y en Montecassino obtuvo uno de sus mejores auxiliares, al monje San Willibald, y otros misioneros. Con estos nuevos poderes y nuevos auxiliares se dirigió, ante todo, a Baviera, cuyas cristiandades reorganizó e introdujo una plena jerarquía con los obispados de Salzburgo, Ratisbona, Freising, Passau y otros.

Una vez organizada la iglesia de Baviera, volvió a su campo de operaciones de Hesse y Turingia, donde creó los obispados de Erfurt para Turingia, Buraburg para Hesse y Wurzburgo para Franconia; algo más tarde organizó el obispado de Eichstätt. El año 741, mientras realizaba esta obra fundamental de estabilización de aquellas iglesias, fundó la abadía de Fulda, tan célebre en lo sucesivo, y donde debían luego descansar sus restos mortales.

Este mismo año 741 entró San Bonifacio en un nuevo campo de su actividad, al que tal vez han prestado menos atención los historiadores, y que da una idea completa de la magnitud de la obra apostólica de San Bonifacio. En efecto, su encendido amor de Dios y su celo por las almas no se contentaron con la evangelización y organización de las iglesias germanas, sino que realizó también una completa regeneración y reorganización de la Iglesia en Francia. Esta se encontraba, en efecto, en un estado de general decadencia. Muerto el año 741 Carlos Martel, su hijo Carlomán heredó los territorios orientales de Austrasia y Pipino los occidentales de Neustria. Entonces, pues, el piadoso Carlomán, que conocía perfectamente el celo apostólico de San Bonifacio, le invitó para que acudiera a sus dominios con el fin de reformar la disciplina eclesiástica. Aceptó Bonifacio la invitación y comenzó al punto su tarea. Esta se dirigió principalmente a los elementos eclesiásticos, los clérigos, obispos y monasterios. Mas, para dar más eficacia a su acción reformadora, apoyada siempre por Carlomán y más tarde por Pipino, celebró una serie de concilios, célebres en la historia de la Iglesia de Francia.

El primero tuvo lugar en Austrasia en 742. Es el primer concilio germánico. Del resultado que con él obtuvo San Bonifacio puede juzgarse por las disposiciones reformadoras que se tomaron. Se atacó a la raíz del mal, ordenando la devolución de los bienes eclesiásticos. Se urgió el derecho de los obispos y se dieron severas disposiciones contra los vicios de simonía e incontinencia del clero. Todas estas disposiciones fueron luego proclamadas como leyes del Estado. En 743 se celebraron otros dos sínodos en Austrasia. El año siguiente solicitó también Pipino la intervención de San Bonifacio en los territorios de Neustria, donde se celebraron dos sínodos y se introdujeron todas las normas reformadoras de Austrasia. El año 745 se pudo celebrar ya un concilio general para ambos territorios. El resultado fue a todas luces visible. A los cinco años de labor de San Bonifacio la Iglesia franca quedaba completamente regenerada.

El concilio general germano del año 747 fue la mejor confirmación de los resultados obtenidos por la grandiosa obra de San Bonifacio. En él todo el episcopado franco firmó la llamada Carta de la verdadera profesión de fe y de la unidad católica y la mandaron a Roma. De este modo toda la Germania y toda Francia quedaban, por la obra de San Bonifacio, íntimamente unidas con Roma.

Pero esto mismo señala otro punto culminante de la vida de San Bonifacio. Hasta este tiempo poseía una comisión general para todos aquellos territorios. El nuevo papa Zacarías juzgó llegado el tiempo de nombrar a San Bonifacio arzobispo de Maguncia, constituyendo esta sede como primada de Alemania y Francia. De este modo se completaba la unidad de la obra de San Bonifacio. Apenas realizado esto, perdió el mismo año 747 a su principal apoyo, Carlomán, quien se retiró a un monasterio. Pero su hermano Pipino el Breve, que unió entonces toda Francia, continuó prestándole el mismo apoyo. La obra de Bonifacio continuó, pues, produciendo los más sazonados frutos, no obstante los disturbios promovidos por algunos caracteres turbulentos.

Pero, entretanto, San Bonifacio, ya de avanzada edad, obtuvo el nombramiento de su discípulo y colaborador Lull como sucesor suyo en la sede de Maguncia. Pero su ardiente espíritu misionero no encontraba mejor descanso que el campo de sus primeros trabajos apostólicos. Se dirigió, entonces, a la región de Frisia, donde con aliento juvenil se entregó de lleno al trabajo misionero entre los gentiles, todavía numerosos en aquel territorio. Los primeros éxitos de esta nueva y última campaña del veterano apóstol le rejuvenecieron extraordinariamente. Sentíase allí como en su propio elemento. Organizaron las cosas para celebrar una confirmación en el campo de Dokkum; y el 5 de junio de 754, cuando esperaba a los nuevos cristianos para administrarles este sacramento, cayeron sobre él unos gentiles fanáticos y le martirizaron junto con cincuenta y dos compañeros. Enterrado primero en Utrecht, más tarde fue trasladado a Maguncia y luego a Fulda.

Con justicia se le ha dado el título de apóstol de Alemania en el más amplio sentido de la palabra. San Bonifacio es uno de los más excelentes ejemplos de los grandes misioneros de la Iglesia católica de todos los tiempos. Su encendido amor de Dios y de las almas le comunicó la fuerza necesaria para vencer las mayores dificultades y trabajar hasta derramar su sangre por la fe que predicaba. El resultado de su obra apostólica, verdaderamente admirable, se extendió a toda Alemania y a Francia.


lunes, 4 de junio de 2012

A modo de aclaración

Queridos amigos: habrán observado que en las referencias al santoral del día, utilizamos generalmente una forma extensa de hacerlo.
De esta manera podrá el lector tener más elementos que lo ayuden en su tarea de valorar las condiciones humanas y espirituales que hicieron de cada santo un verdadero testimonio de vida cristiana y así posibilitar la imitación de sus ejemplos.

San Francisco Caracciolo


San Francisco Caracciolo nace el 13 de octubre de 1563, el mismo año en que se clausura el concilio de Trento. Sus biógrafos toman tal coincidencia por un presagio, pues este Santo está plenamente dentro del espíritu de la reforma tridentina.

Al clausurarse el concilio fue como si la Iglesia hubiera lanzado un suspiro de alivio. Quedaba salvaguardada la integridad del dogma frente a los desvíos protestantes, se había formulado una legislación pastoral capaz de renovar el espíritu del clero y la piedad de los fieles, se habían sentado las bases justas para toda la renovación de la vida cristiana.

A mayor abundamiento Dios había concedido a la cristiandad un Papa santo que la librase de la amenaza turca, y se mostrase decidido a aplicar con toda energía la verdadera reforma. Puso en orden la curia pontificia, exhortó a mayor austeridad a los cardenales, obligó a guardar la residencia a los obispos, envió misioneros a los países recientemente descubiertos, y según escribían los embajadores venecianos Pío V llevaba trazas de hacer de Roma un convento.

Al inflexible dominico sucedieron los papas Gregorio XIII, Sixto V y Clemente VIII, los mismos que llenan el último tercio del siglo XVI y las primeras fechas del XVII, contemporáneos todos de San Francisco Caracciolo.

Estamos en toda la gloria del Barroco, esa manifestación compleja que desborda el arte para afectar la literatura, el teatro y las mismas formas devocionales.

¡Qué diferencia entre los comienzos del siglo XVI y su coronación! La orgía del Renacimiento había sacudido con un viento de locura a la Ciudad Eterna. Fue una fiebre que embotó los sentidos para no ver siquiera el alcance de la rebelión de Lutero. Dios tuvo que enviar contra la urbe distraída el castigo del sacco. Pero, misericordioso también, le envió una racha de santos reformadores. Pudiéramos decir que abren la marcha San Cayetano y San Ignacio; pero después son pelotón, como cuando avanzan juntos los ciclistas de la "vuelta".

Se reforman las Ordenes antiguas y nacen Ordenes religiosas nuevas, atentas a las necesidades de los tiempos y como enfrentándose al protestantismo. Ellos negaban el valor de las buenas obras, el culto a la Eucaristía, la eficacia de la confesión, la veneración a los santos... Las nuevas Ordenes se dedican a la enseñanza, al cuidado de los enfermos, a la educación de la juventud. Se exalta la adoración al Santísimo, hasta llegar a establecerse las Cuarenta Horas, que regula Clemente VIII. La dirección espiritual llena de confesonarios los templos y San Felipe Neri emplea largas horas en este ministerio. El culto llega a fastuosidades no conocidas antes, los templos se hacen hermosos, ricamente decorados, las imágenes inflan sus ropajes desde las altas hornacinas, los cuadros tocan los temas del martirio, de la beneficencia, de los éxtasis milagrosos. El arte se pone en línea de batalla para dar réplica contundente a cada una de las negaciones protestantes.

Y con el arte, la teología en Salamanca y Alcalá, y la historia en los volúmenes de Baronio y la patrística en los de Petavio, y la mística teología en la prosa castellana de Santa Teresa y San Juan de la Cruz.

Ahora los decretos del concilio no serán cánones muertos en las colecciones sinodales. Una pléyade de santos obispos estimulará la reforma con su ejemplo. Giberti y Santo Tomás de Villanueva, San Carlos Borromeo y San Francisco de Sales, fray Bartolomé de los Mártires y el Beato Ribera serán el ejemplo viviente para estímulo de pastores. Podemos decir con plena justicia que la época postridentina es, con el siglo XIII, el momento de mayor eclosión de santidad que ha conocido la Iglesia.

Entonces precisamente nace en un pueblo italiano de los Abruzos, en Villa Santa María, un niño hijo de familia distinguidísima en Italia y enlazada con las principales casas de aquella región y aun del reino de España. Don Francisco Caracciolo y su esposa, la noble dama doña Isabella Baratuchi, tuvieron la dicha de tener cinco hijos, que consagraron al servicio del Señor, excepto el primogénito, que llevó la casa. El segundo fue el Santo a que nos estamos refiriendo, al que dieron en el bautismo el nombre de Ascanio, que después, en decisiva circunstancia, cambiaría por el de Francisco.

Puede suponerse la esmerada educación que tan ilustres progenitores darían a sus hijos. Con Ascanio, además, cualquier esfuerzo rendía copioso fruto. A los seis años le aplicaron al aprendizaje del latín, y por estar dotado de un excelente ingenio, ya a los nueve podía formar discursos y entablar conversaciones en esta lengua. No menos prodigiosos fueron sus progresos en la retórica y en las letras, haciendo su conversación agradable y elocuente, según el gusto depurado de la época.

Llegado a la juventud su padre lo destinó al ejercicio de las armas. Ascanio era un apuesto mancebo, de ojos negros, cabellos ensortijados, piel ligeramente morena. Un joven agraciado, como los italianos del Sur, con la viveza y desenvoltura propia de esta raza de artistas.

Los autores advierten que Ascanio consiguió superar la prueba de la milicia sin menoscabo de su virtud; era un joven piadoso, devotísimo de la Sagrada Eucaristía y de la Santísima Virgen, que diariamente rezaba el oficio parvo y el rosario y ayunaba los sábados. Pero estas devociones eran por entonces patrimonio de muchas almas. Propiamente en Ascanio no había surgido aún el problema vocacional. Fue necesario que Dios le visitase con la enfermedad. A los veinte años se halló cubierto de un mal repugnante que los médicos diagnosticaron como lepra. Sus amigos le desampararon por temor al contagio. En tales circunstancias es cuando hace voto de abrazar el estado religioso si un milagro le devolvía la salud.

Y Ascanio curó. Marchó a Nápoles para estudiar teología. Allí visitaba las iglesias, sobre todo las menos frecuentadas de público, donde le era más fácil entregarse a la oración. Y en 1587 recibió el sacerdocio. Para hacer útil su ministerio se inscribió al año siguiente en la cofradía de los Bianchi, los Blancos, una congregación sita en la iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, que se ejercitaba en oficios de caridad con los enfermos, los presos, los condenados a galeras y aun los ajusticiados. Porque Nápoles es tierra volcánica donde la sangre hierve en las venas, como la lava en el Vesubio, y donde acudían a repostar las naves del rey católico, que sin tregua ni descanso hacían la guerra a turcos y berberiscos. ¿Y quién puede contener en tierra a marinos y soldados dispuestos a compensarse de la dura disciplina del mar? Las pendencias y las reyertas estaban a la orden del día, y frecuentemente acababan en sangre. Recuérdese que Tirso de Molina sitúa en Nápoles las hazañas de Enrico, de su obra El condenado por desconfiado. Siendo entonces los procedimientos judiciales muy expeditivos y el virrey español inflexible en aplicar las sentencias, con esto está dicho que a los hermanos de la Cofradía de los Blancos no les faltaría tarea en que emplearse.

Por entonces vino a Nápoles un genovés, Juan Antonio Adorno, a quien San Luis Beltrán pronosticara en Valencia que había de ser fundador de una nueva religión. Comunicando tal vaticinio con su director espiritual, el padre Basilio Pignatelli, le alentó al cumplimiento de tal aviso, llevándoselo consigo a Nápoles, para que, fuera de su país —Italia estaba entonces dividida en muchos Estados—, pudiera ejecutarlo con menos obstáculos.

Adorno fue ordenado sacerdote y se inscribió también en la Cofradía de los Blancos, y allí conoció a un pariente de Ascanio, don Fabricio Caracciolo, abad de Santa María la Mayor, hombre de mucho mérito, en quien puso los ojos para realizar sus ideas. De común acuerdo determinaron ambos escribir a un tercer pariente de nuestro Santo, llamado también Ascanio, a quien dirigieron una citación. Por error del emisario la carta fue llevada no al verdadero destinatario, sino a su homónimo, quien consideró providencial la equivocación y aceptó complacidísimo intervenir en aquel asunto, viendo el dedo de Dios, que así le indicaba la religión en la cual era gustoso que ingresase.

Reunidos los tres con los vínculos de la más pura caridad, se retiraron a la abadía de los padres camaldulenses, cerca de Nápoles, para redactar en el retiro y la oración las constituciones del futuro instituto, lo que llevaron a cabo en el espacio de cuarenta días.

Pasaron Adorno y Ascanio a Roma para solicitar la aprobación de la Orden del papa Sixto V, quien la reconoció con fecha del 1 de julio de 1588, dándoles el nombre de "clérigos menores". A los tres votos habituales añadían un cuarto de no aceptar dignidades eclesiásticas. Vueltos a Nápoles hicieron su profesión en manos del vicario del arzobispado en el oratorio de la Virgen del Socorro el día 9 de abril de 1589, en cuyo acto se mudó Caracciolo el nombre de Ascanio por el de Francisco, por la gran devoción que profesaba al seráfico patriarca, a quien se propondría imitar en toda su vida.

En Nápoles se les agregaron diez clérigos, completando así el número de doce, como en el Colegio Apostólico. Para atraer hacia el nuevo instituto las bendiciones de lo alto, ayunarían por turno a pan y agua una vez a la semana y se relevarían de hora en hora junto al Santísimo, a fin de que la adoración fuese perpetua.

Adorno pensó marchar a España para recabar de Felipe II permiso para establecer en sus reinos la nueva Congregación, pues un decreto reciente del Consejo de Estado prohibía admitir nuevas religiones, por la exuberancia de fundaciones que en todas partes se llevaban a cabo. Francisco Caracciolo le acompañó, y después de un viaje penosísimo por mar llegaron a Madrid, donde les colmaron de honores, pero no encontraron solución favorable en la corte a sus demandas. Vueltos a Italia obtuvieron nueva confirmación del instituto del papa Gregorio XVI. Adorno, después de grave enfermedad, fallecía en Nápoles el 18 de febrero de 1591. Entonces fue elegido Caracciolo para sucederle en la congregación general que se celebró el día 9 de marzo de 1593, poniendo él como condición que dicho cargo sólo durase un trienio. Contaba entonces Francisco treinta años, edad considerada entonces como demasiado juvenil para tareas de tan grave responsabilidad, pero su eminente virtud y consumada prudencia decidió la elección.

El 10 de abril de 1594 se le presentó nuevamente ocasión favorable de volver a España. Pasando de Nápoles a Madrid don Juan Bautista de Aponte, nombrado presidente del Supremo Consejo de las Indias, le invitó a acompañarle, costeándole los gastos del viaje. Sin embargo, no consiguió que se hospedase en su casa de Madrid, haciéndolo en el hospital de los italianos, con objeto de poder asistir a los pobres enfermos, en cuyo oficio y en otros no menos admirables brilló su heroica caridad para edificación de todos.

Fue al Escorial para entrevistarse con Felipe II y lograr despacho favorable a su demanda, pero halló la más tenaz oposición entre los miembros del Consejo, no logrando resultados positivos.

Sin embargo, como se agravasen los dolores de gota del rey, dio en pensar Felipe II si eran consecuencia de la negativa dada a Caracciolo, haciéndole llamar al instante para que se cumplimentase su solicitud; hecho esto, al punto cesaron los dolores. Entonces, agradecido, le remitió al arzobispo de Toledo, con orden de que se apoyase el establecimiento en España del nuevo Instituto, lo que logró con la ayuda de un caballero principal que le cedió una casa para ello. Allí se recogió el Santo con algunos compañeros, ejercitándose en las funciones del confesonario y púlpito con tanto celo y notorio aprovechamiento de las almas, que mereció el nombre de predicador del amor de Dios, conciliándose con esto y su virtud la veneración de toda la corte.

Pero la persecución es patrimonio de las obras de Dios, y el mismo caballero que le protegía iba a ser el origen de la tempestad que se levantó en contra de los clérigos menores. Porque dicho señor comenzó a mezclarse en los asuntos privados de la Congregación, y como Francisco resistiese a semejante abuso, tomó tal inquina al Santo que comenzó a propalar contra él y sus compañeros tal suerte de calumnias que, informado siniestramente el Consejo, dio orden de que se cerrase la iglesia y que saliesen los religiosos de la corte en el espacio de seis días.

Recibió Caracciolo con su acostumbrada mansedumbre tan terrible determinación, y pasando al Escorial logró que se suspendiese la ejecución de lo mandado; pero, como los enemigos no desistiesen de molestarle, sufrió por espacio de dos años otras muchas contradicciones con admirable paciencia.

En medio de estas tribulaciones le fue preciso pasar a Italia a establecer su instituto en varias partes que lo deseaban con vivas ansias, y en Roma logró, con el favor del cardenal Montalvo, protector de la Orden, informar al papa Clemente VIII, quien, condolido de los sucesos de Madrid, le dio la más expresiva recomendación para el rey católico, que fue capaz de sosegar todas las contradicciones.

De allí volvió a Nápoles, donde la ciudad le hizo un honorífico recibimiento, arrodillándose los fieles a su paso y besándole las manos. Esto era demasiado para su humildad. Tomando el crucifijo, se hincó de rodillas en la plaza pública y pidió perdón a todos por los escándalos de su juventud.

En Nápoles le esperaba una gran alegría. Su pariente Fabricio Caracciolo, que había alentado la fundación de la nueva Orden sin decidirse a ingresar en ella, lo hizo finalmente con fecha del 15 de agosto de 1596.

En el capítulo de 1597 Francisco fue reelegido nuevamente general. Las cosas se habían sosegado en España y a Felipe II le sucedió su hijo Felipe III, que se mostró más favorable a los clérigos menores que su padre. Entonces Francisco partió por tercera vez a esta nación con cuatro de los suyos. Fundó una casa en Valladolid, donde se hallaba la corte, merced a una cuantiosa limosna que recibiera del rey. Esto fue en 1601. También fundó un colegio en Alcalá, para que sus religiosos pudieran seguir los cursos de aquella célebre universidad.

Es admirable cómo un hombre solo pudo desplegar tan asombrosa actividad y llevar a cabo tal número de fundaciones privado de recursos. Pero todavía es objeto de mayor sensación su inalterable conformidad con la voluntad divina entre tantas contradicciones como padeció, sin que saliera de sus labios la más mínima queja contra sus opositores. Aunque agasajado en medio de las cortes supo conservarse pobre y humilde. En este punto están concordes todos los que le conocieron. Se tenía por el más despreciable de los pecadores y nada le ofendía tanto como la estimación y aplauso que hacían de su persona.

De aquí resultaba aquella caridad sin límites para con los prójimos, por cuya salvación suspiraba incesantemente, tomando sobre sí rigurosas penitencias para satisfacer por sus pecados, pidiendo limosnas por las calles para socorrer a los pobres, privándose no pocas veces de lo necesario para socorrerlos, brillando su piedad con los enfermos que visitaba en sus casas y en los hospitales.

Su devoción a la Santísima Virgen era tal que sólo oír su dulce nombre le producía una emoción que se desbordaba en lágrimas. Fue propagador incansable de las glorias de Nuestra Señora, a la que llamaba con ternura su piadosa madre.

Después de nuevas fundaciones en Roma, donde le fue concedida la iglesia de San Lorenzo in Lucina y la de Santa Inés en la plaza Navona, consiguió de su Orden que se le exonerase del cargo de general, para mejor entregarse al retiro y a la oración. Eligió para habitación un hueco de la escalera del convento, donde se ocupaba día y noche en altísima contemplación y ejercicios de penitencia, acreditando Dios su eminente santidad con los dones de profecía, discreción de espíritus, lágrimas y milagros.

Era feliz en su nuevo género de vida cuando en 1608 fue requerido para marchar en Agnone, en el reino de Nápoles, por ofrecerle a la Orden una iglesia y casa los padres de San Felipe Neri, a fin de que estableciese allí el nuevo Instituto. Expuesto el caso al nuevo general, le ordenó que fuera personalmente, lo que hizo al punto; pero apenas llegado a aquella tierra, presintiendo que su fin estaba próximo, pronunció estas palabras de la Escritura: "Aquí será mi descanso por los siglos". Y, en efecto, a los pocos días de su estancia en Agnone una fiebre altísima le obligó a guardar cama. En estas disposiciones escribió a los cardenales Gimnasio y Montalvo encargándoles encarecidamente la protección de su religión. Al traerle el viático se levantó del lecho para recibirlo de rodillas, y al punto entró en agonía. No cesaba de pronunciar los nombres de Jesús y de María. Sus últimas palabras fueron: "Vamos, vamos". Y como uno de los asistentes le preguntara adónde quería ir, contestó: "¡Al cielo, al cielo!". Eran las siete de la tarde del 4 de junio de 1608 cuando entregó su alma al Creador. Tenía cuarenta y cuatro años.

Su cuerpo, que desde el instante de expirar despedía una suave fragancia, fue expuesto por tres días a la veneración de los fieles, sin que durante los mismos, aun siendo riguroso verano, se notasen síntomas de descomposición. Más tarde, en 1629, fue transportado a la iglesia de Santa María la Mayor, de Nápoles, cuna de su Orden, donde se conserva. San Francisco Caracciolo fue beatificado por el papa Clemente XIV en 1769 y canonizado por Pío VII en 1807, quien mandó incluir su oficio en el breviario romano. Se le representa con una custodia en la mano, para resaltar la devoción que tuvo su Orden al Santísimo Sacramento.

(Fuente: Mercaba.org)